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lunes, 31 de enero de 2011

Bordas y Martín de Pozuelo novelan el asesinato en Iraq de siete agentes del CNI


"Aznar dio un hachazo con el que se cargó años de trabajo entre España y otros países islámicos"


Manel Haro. Barcelona (Texto y foto)


Los periodistas Eduardo Martín de Pozuelo y Jordi Bordas han unido esfuerzos para escribir Sin cobertura (RBA, 2010), un thriller que desvela la trastienda de la guerra contra Saddam Husein y que pone el punto de mira en el asesinato en noviembre de 2003 de siete agentes del CNI en el sur de Iraq. A pesar de que tras el ataque, Federico Trillo, entonces ministro de Defensa del gobierno de Aznar, dijera que la muerte de los siete miembros del CNI se debía a una emboscada cuyo único objetivo era matar población occidental, lo cierto es que tras el ataque había un elaborado plan de venganza contra los agentes de la Inteligencia española.

Sin cobertura muestra cómo diversos agentes dobles iraquíes facilitaban información al CNI y a su propio gobierno y fueron precisamente estos quienes más lucharon para hacer entender a los servicios secretos españoles que en Iraq ni había armas de destrucción masiva ni contactos con organizaciones terroristas. Pero el Gobierno de España no solo desoyó esta información sino que también negó la ayuda a sus fieles colaboradores iraquíes para salir del país y poder velar por su seguridad. Todas estas acciones provocaron que España se buscara enemigos allí donde antes tenía aliados: "Aznar dio un hachazo con el que se cargó años de trabajo entre España y otros países islámicos", apunta Martín de Pozuelo con un golpe seco a la mesa.

"Cuando nos llegó la información de que siete agentes del CNI habían muerto en Iraq, Jordi [Bordas] me dijo inmediatamente que teníamos que escribir una novela porque el tema daba de sí", explica Martín de Pozuelo. Los autores puntualizan que no han tenido que investigar específicamente para escribir Sin cobertura, sino simplemente organizar el material que ya tenían tras treinta años de dedicación y contactos en el CNI, aunque reconocen que "si no hubiera habido disensiones entre algunos miembros del CNI y el Gobierno en relación a Iraq, no hubiese sido tan fácil conseguir información". No obstante, Martín de Pozuelo detiene la conversación para matizar que "eso no significa que alguien del CNI nos llamase para darnos datos confidenciales, pero no todo el que ha estado en Iraq debe guardar el secreto profesional".

Sin cobertura es la primera novela de ficción de ambos periodistas, aunque ya escribieron juntos otros libros de investigación. Bordas no duda en matizar que "aunque es novela, todo el libro está impregnado de realidad y de datos contrastables". La obra, que juega desde el principio con la realidad y la ficción, tiene como objetivo que el lector se mantenga en vilo hasta la última página y que, tras acabarla, le quede la sensación de haber disfrutado de una trepidante novela de espionaje a la vez de indagar en la trastienda de la guerra de Iraq: saber qué motivó realmente el inicio de la acción armada y averiguar quiénes salieron beneficiados de ella.

jueves, 7 de octubre de 2010

'Rebeldía de Nobel: Conversaciones con 16 premios Nobel de literatura', Xavi Ayén y Kim Manresa

Rebeldía de Nobel: Conversaciones con 16 premios Nobel de literatura
Xavi Ayén (texto) y Kim Manresa (fotografías)
Editorial El Aleph
1ª edición, noviembre de 2009
Género: Reportajes / Literatura / Entrevistas
175 páginas
ISBN: 9788476698914


Esta reseña no podía salir otro día que no fuese hoy, cuando la Academia Sueca anuncia quién es el nuevo Premio Nobel de Literatura. Había muchas maneras de hablar de los Nobel, pero el periodista de La Vanguardia Xavi Ayén y el fotógrafo Kim Manresa nos sirven una oportunidad inmejorable para llevar a cabo nuestro homenaje. Hasta 16 nombres son los que contiene este volumen; 16 autores a los que Ayén ha entrevistado durante los últimos cuatro años y a los que ha convertido en personas accesibles y humanas.

Wole Soyinka, Doris Lessing, José Saramago, Nadine Gordimer, Gao Xingjian, Toni Morrison, Naguib Mahfuz, Günter Grass, Gabriel García Márquez, V.S. Nipaul, Imre Kertész, Kenzaburo Oé, Derek Walcott, Orhan Pamuk, Wislawa Szymborska y Darío Fo son captados por la doble mirada de Ayén y Manresa. Lo que presenta este libro en gran formato son exhaustivos retratos de los Nobel más allá de formalismos y fuera de los ambientes académicos a los que parecen estar anclados los galardonados con el premio gordo de Estocolmo.

La Doris Lessing de Ayén y Manresa es una autora como cualquier otra que vive en una casa desordenada por centenares de libros; el José Saramago es un hombre de barrio que pasea con su mujer como si de un desconocido se tratase; y el Imre Kertész es uno de tantos comensales de cualquier restaurante de Budapest. Este resultado tiene el mérito del trabajo bien coordinado entre un periodista que se mueve como pez en el agua ante los grandes de la literatura y un gran fotógrafo que hace más cercanos a quienes retrata (un Kenzaburo Oé viajando en metro o un Darío Fo besando a su mujer en una esquina).

Pero no se confundan, cada uno de los 16 reportajes no olvida su misión: la de exprimir cada rincón de la vida y la obra de estos Nobel. Si les gusta la fotografía o les apasiona la literatura, acérquense a este libro lo antes posible, porque tiene toda la pinta de ser el típico volumen que por no querer comprarlo ahora, uno acaba pagando cantidades desorbitadas cuando dentro de diez años sea difícil de encontrar. Es un aviso y una recomendación de la que no se arrepentirán.

martes, 28 de septiembre de 2010

Vuelve el 'periodista indeseable'

"Seguiré investigando las injusticias en Alemania mientras me queden fuerzas"


Manel Haro. Barcelona (Texto y foto) [Publicado en Llegir en cas d'incendi]

Sólo quien ha leído a Günter Wallraff puede entender lo que uno siente cuando se sitúa a su lado y le oye hablar. Ese hombre, más bien introvertido, que pasaría por un completo desconocido en cualquier rincón de España, es el reportero alemán que en los años 60 se hizo pasar por turco para demostrar al mundo las duras condiciones de explotación laboral que sufrían estos inmigrantes en Alemania, donde trabajaban sin derechos y sin garantías de seguridad por sueldos bajísimos. Wallraff fue, durante un tiempo, un turco más que trabajó en diversas empresas y destapó a gigantes como Thyssen o McDonalds y cuyos resultados pueden leerse en su libro Cabeza de turco.

Tras la publicación de El periodista indeseable (Anagrama), Wallraff pasó a ser conocido precisamente con este apodo, ya que se infiltró como redactor en la publicación amarillista Das Bild con el objetivo de denunciar la manipulación de la información en este tipo de prensa. Ahora, Anagrama publica Con los perdedores del mejor de los mundos, un volumen que recoge diversos reportajes de investigación que ponen en jaque a parte de la sociedad, la administración y las empresas alemanas.


Y es que Wallraff se hace pasar por un inmigrante negro para demostrar que el racismo en Alemania todavía es muy latente; se viste de indigente y muestra las infrahumanas condiciones en las que viven los vagabundos en determinados albergues; entra en la plantilla de la empresa que fabrica los panecillos para los supermercados Lidl y acaba con quemaduras para disgusto de unos empresarios que someten a sus empleados a una situación laboral "precapitalista"; incluso trabaja en un call center de teleoperador vendiendo carísimos productos y servicios a los sectores más débiles de la sociedad para denunciar que quienes llaman a los domicilios para ofrecer tarifas telefónicas supuestamente más rentables u otros productos, en realidad ni tienen escrúpulos ni cumplen con la ley.

Wallraff aseguró esta mañana en la presentación del libro en Barcelona que su trabajo "no acaba con la publicación de los reportajes, sino que después hay un seguimiento exhaustivo para que se solucionen este tipo de situaciones". De ese modo, el periodista consiguió que se cerrasen dos albergues para indigentes (uno era un viejo búnker de la Segunda Guerra Mundial y el otro un parque con contenedores que recordaban a los campos de concentración), que se aplicasen multas a empresas de marketing telefónico y que el dueño de la empresa que hacía los panecillos para Lidl responda ante un juez, entre otras acciones.

"Antes tenía que enfrentarme a juicios que me costaban tiempo y dinero, pero ahora las empresas saben que si me denuncian, levantan más polvareda y eso no les conviene, por lo que ya no tengo problemas legales", asegura Wallraff que asegura que "antes, gracias a que mis libros se vendían con éxito, podía seguir pagando a mis abogados". El compromiso de Wallraff con la sociedad va tan en serio que atiende sin descanso las cartas de los ciudadanos alemanes que le escriben para denunciar las injusticias que sufren, además de invertir 750.000 euros en una fundación para la integración de los hijos de inmigrantes en las escuelas.

Pero Wallraff no deja a un lado el sentido del humor cuando recuerda que constantemente le comparan con Borat, el personaje ficticio interpretado por Sacha Baron Cohen, cuya película (Borat) ironizaba sobre los valores de la sociedad conservadora americana. Wallraff asegura que seguirá investigando mientras le queden fuerzas y ríe cuando afirma que su último papel de periodista infiltrado será cuando entre en una residencia de ancianos.

'Cabeza de turco', Günter Wallraff

Cabeza de turco
Günter Wallraff
Editorial Anagrama
Colección Compactos
1ª edición, 1999
Género: Reportajes
234 páginas
ISBN: 9788433966445


Aprovechando que acaba de publicarse en Anagrama el nuevo libro de Günter Wallraff, Con los perdedores del mejor de los mundos, que hoy se presenta en Barcelona, recupero la reseña del libro que lo hizo famoso, Cabeza de turco, un clásico en cualquier bibliografía sobre reporterismo y periodismo de investigación.

Cabeza de turco
es el exhaustivo reportaje de un periodista alemán que se hace pasar por turco en la década de los 80 para demostrar la persecución y la explotación laboral que sufrían los turcos en Alemania: no cobraban sus sueldos, les obligaban a trabajar demasiadas horas seguidas (a veces más de un día entero sin pausa), no tienían cobertura sanitaria y no disfrutaban de ningún descanso. Wallraff destapó algunas empresas, como Thyssen o McDonalds, por sus malas condiciones laborales. Bajo el nombre ficticio de Alí, el periodista trabajó en diversos sitios, como en una central nuclear, donde para arreglar peligrosos problemas mecánicos, los turcos eran los requeridos para el trabajo, aunque ello significase, con un 100% de probabilidades, acabar desarrollando enfermedades irreversibles y mortales.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, Alemania se encontraba destrozada. Las infraestructuras estaban realmente mermadas, debido a los efectos de la guerra. El país necesitaba reconstruir las calles, los edificios, pero la mano de obra que necesaria para la reconstrucción superaba con creces la demanda. Hay que tener en cuenta, obviamente, que Alemania había sufrido muchas bajas civiles durante los años anteriores, por lo que la demografía del país se había resentido claramente. Por esa razón, era necesaria mano de obra extranjera. Se firmaron acuerdos con otros países -entre ellos, España- para que algunos europeos fueran a trabajar a Alemania. Este país era la oportunidad para evolucionar profesional y personalmente para muchas personas que vivían en países pobres. Uno de ellos era Turquía.

El trato no incluía, no obstante, que los turcos se quedaran permanentemente en Alemania, sino que el acuerdo era solamente un contrato temporal para asegurarse unos ahorros y volver al país de origen para montar un pequeño negocio. Pero dos circunstancias provocaron que esto no ocurriera según lo pensado. Las empresas eran reacias a renunciar a la mano de obra extranjera -después de leer el libro de Wallraff entendemos que obtenían altos beneficios por un bajo coste en sueldos- y además los turcos tenían miedo de volver porque sabían que otros compatriotas suyos habían fracasado en su intento de rehacer sus vidas en Turquía*. Miles de inmigrantes decidieron permanecer en Alemania y asegurarse una estabilidad económica en este país. Muchos de ellos, como ya queda claro en el libro, eran prácticamente esclavizados.

Cabeza de turco es un buen libro. Muestra claramente cuáles son las precariedades por las que pasa Alí (el falso inmigrante turco) para conseguir un trabajo digno. Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania abrió sus puertas a la esperanza de miles de europeos, que buscaron un método eficaz para conseguir la estabilidad económica ansiada, pero salieron del purgatorio en el que se encontraban para darse de morros con el infierno más dantealigheriano, ese de "vosotros, los que entráis aquí, dejad toda esperanza". Günter Wallraff no buscaba salir del purgatorio, sino que pretendía limpiar el infierno en el que se encontraban miles de turcos para que los empresarios explotadores salieran del paraíso empresarial en el que se encontraban. Lean Cabeza de turco y déjense sorprender; Wallraff es un buen ejemplo de implicación con el periodismo de investigación y de compromiso con la sociedad.

* Para la documentación de esta reseña, se ha consultado el libro La inmigración musulmana en Europa, de Víctor Pérez-Díaz, Berta Álvarez-Miranda y Elisa Chuliá, de la Colección Estudios Sociales de la Fundación La Caixa. Otro libro muy recomendable.

jueves, 8 de abril de 2010

¿Qué valor tiene una vida en una guerra?

Partamos de una evidencia: lo que el ciudadano sabe de las guerras que hay actualmente en el mundo lo conoce a través de la mediación de las imágenes que nos llegan a través de los medios de comunicación. Si tenemos en cuenta que cada imagen es la representación de una parte de la realidad, entonces parece pertinente plantearse si esa imagen tiene una función puramente informativa o bien es parcial, interesada o demasiado mediatizada. ¿Nos volvemos insensibles ante la lluvia de imágenes que nos llegan de la guerra hasta el punto de restarle valor a las vidas civiles perdidas? Cuando nos llega una imagen especialmente dolorosa de determinados crímenes de guerra, ¿hay detrás intereses políticos que pretenden movilizar a la sociedad? Estas son algunas de las reflexiones que Judith Butler, catedrática de retórica y literatura comparada de la Universidad de California (Berkeley), se planteó ayer en el CCCB de Barcelona.

Butler, que acaba de publicar el libro Marcos de guerra en la editorial Paidós, explicó que "la imagen regula el ámbito de la violencia" y se preguntó que, si bien las bombas son violentas, si también lo es la representación que muestra sus efectos. "La violencia -puntualizó Butler- se encuentra dentro de un marco y la representación de esa violencia provoca la comprensión e intelegibilidad de las guerras". Sin embargo, insistió, "el marco reproduce de forma selectiva la representación de la realidad y aumenta el nivel de destrucción de la guerra". El más claro ejemplo son la fotografías de las torturas que soldados estadounidenses infligieron a iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib. Cualquier ciudadano puede intuir los efectos de los conflictos bélicos, pero hasta que no llegan determinadas imágenes, no somos capaces de entender hasta qué punto se cometen "crímenes de guerra".

Precisamente este último aspecto sirvió a Butler para reflexionar largamente sobre qué es considerado delito dentro de una guerra cuando hay tanta destrucción y muerte. "Que una guerra sea justa o legal -dijo- depende de la capacidad de controlabilidad de la maquinaria de guerra y si una guerra es inevitable, entonces parece que no hay tanto nivel de criminalidad". En este sentido reflexionó sobre el valor que tiene una vida en la guerra y si es variable dependiendo de si quien muere es civil, una mujer o un niño y remarcó lo engañoso de dar cifras de muertos en un conflicto, ya que en una situación de destrucción es difícil concretar qué muerte es resultado directo de las armas y cuál no.

Butler se mostró especialmente sensible con los niños que son utilizados por Hamás como escudos humanos en Gaza y remarcó que "algunos niños palestinos no nacen humanos, sino que nacen como instrumentos de guerra y mucho antes de morir no son más que metal y maquinaria bélica" y recordó que "puede creerse que matar una vida para defender otra es digno, pero no hay que olvidar que en una guerra la vida de una persona está siempre ligada a la vida de otra".

sábado, 28 de marzo de 2009

'Emboscada en Fago', Jesús Duva

Emboscada en Fago
Subtítulo: ¿Quién asesinó al alcalde Miguel Grima?
Jesus Duva
Editorial Debate
1ª edición, septiembre de 2008
Género: Reportaje / Periodismo
ISBN: 978-84-8306-796-3
190 Páginas

El 12 de enero de 2007, el alcalde del pequeño municipio de Fago, Miguel Grima, fue asesinado en una emboscada en la carretera, cuando regresaba a su casa tras una reunión en Jaca. Rápidamente los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia y fueron a Fago para informar de lo sucedido. En los sucesivos días nos enterábamos de que este pequeño pueblo de menos de treinta habitantes era un polvorín a punto de estallar. Algunos vecinos de Fago odiaban al alcalde, porque lo consideraban un cacique y un tirano; otros, en cambio, le apoyaban y decían que estaba llevando a cabo un brillante mandato.

Uno de los habitantes de Fago que más habló con la prensa fue Santiago Mainar, declarado enemigo de Miguel Grima y opositor a la alcaldía por el PSOE. Mainar aseguraba desconocer el autor o los autores del asesinado, pero no le extrañaba lo sucedido porque Grima era –según él- un dictador. Unas semanas después, Santiago Mainar era detenido como presunto autor de la muerte de Miguel Grima. En un principio describió a la Guardia Civil, con todo lujo de detalles, cómo acometió el asesinato. Pero ante la juez se retractó y aseguró haberse inventado lo de su culpabilidad. Actualmente está en la cárcel a la espera de juicio.

¿Quién asesinó al alcalde Miguel Grima? Esta, además del subtítulo del libro, es una de las preguntas que nos planteamos cuando nos acercamos a este caso. ¿Fue solamente Santiago Mainar quien acabó con la vida del alcalde de Fago? ¿Cometió el crimen con alguien más? ¿O es Santiago Mainar inocente como él mismo acabó afirmando ante la juez?

Lo cierto es que son innumerables las preguntas que surgen: ¿quién era en el fondo Miguel Grima? ¿Era tan cacique como decían sus enemigos? ¿O era una persona comprometida con Fago, que solamente quería el bien de su pueblo, tal y como aseguran sus familiares y amigos? Quizá una de las quejas más amargas que la familia de Miguel Grima ha lanzado ha sido que se ha distorsionado la imagen del alcalde, a causa de que muchos periodistas dieron por válidas las palabras de los vecinos de Fago que odiaban al alcalde. Tampoco ayudó la emisión de la miniserie Fago en TVE, en la que Jordi Rebellón encarnaba a Mateo Ibarra –trasunto de Miguel Grima-, un alcalde tiránico y obsesivo.

Jesús Duva, que ya publicó en su momento en El País algunos artículos y reportajes sobre el asesinato de Grima, ha escrito este libro en el que hace una completa reconstrucción de los hechos. Desde la llegada del alcalde a Fago hasta la detención de Santiago Mainar como presunto autor del asesinato de Grima, pasando por el acceso de éste a la alcaldía y sus posteriores riñas con los vecinos. Emboscada en Fago es un exhaustivo trabajo que ayuda a comprender cómo en un pequeño pueblo de no más de treinta habitantes, acabó llegando la sangre al río.

Después de la rápida aparición en librerías de El crimen de Fago, de Eduardo Bayona (La Esfera de los Libros), éste es el segundo título que se publica sobre el asesinato de Miguel Grima. No serán los únicos, dado que Carles Porta –autor de Tor: la montaña maldita- anda todavía investigando el caso. ¿Logrará este periodista averiguar algo que los otros no hayan podido conseguir?

De momento, Jesús Duva consigue despejarnos muchas dudas sobre los hechos. Y lo más difícil todavía: logra que, después de leer Emboscada en Fago, nos quede todavía el gran interrogante: ¿quién era realmente Miguel Grima? Síntoma éste de que el libro ha sido escrito con la suficiente distancia y rigor como para no dejarse convencer por las amistades o enemistades del alcalde. Nos queda el dulce sabor de la duda.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

'Memorias de un espectador', Carles Sentís

Memorias de un espectador
(Memòries d'un espectador)
Carles Sentís
Traducción de Germán Cánovas Hernández
Editorial Destino
Colección: Imago Mundi (124)
1ª edición, septiembre de 2007
Género: Memorias
352 páginas
ISBN: 978-84-233-3962-4

Podríamos decir que es un privilegio para los lectores del siglo XXI que gente como Carles Sentís siga, a sus 97 años, teniendo la mente tan lúcida, como para publicar sus memorias. Es una buena oportunidad, qué duda cabe, que un testimonio de la primera mitad del siglo XX siga vivo y quiera contarnos lo que se cocía en el periodismo catalán de aquellos tiempos y, de paso, en la sociedad barcelonesa de Cambó, de las revoluciones anarquistas y, más tarde, de Franco.

Sentís titula su odisea biográfica Memorias de un espectador, queriéndose situar detrás de la barrera para mirar el mundo con cierta distancia, aunque resulte difícil de conseguir si tenemos en cuenta que él es el protagonista del relato.

Es una delicia que este veterano periodista nos recupere nombres como Eugenio Xammar o Josep Pla y, de paso, es divertido que aproveche para defenderse de los ataques que antaño le hizo Xammar (por ejemplo, que era espía de Franco) y que hasta ahora el autor no había desmentido públicamente. Sentís intenta callar otros viejos rumores, como que fue uno de los saqueadores de la biblioteca personal de Juan Ramón Jiménez en Madrid.

Sentís está en su legítimo derecho de negar su participación en el saqueo de la biblioteca de Juan Ramón Jiménez y que fuese espía de Franco (como afirmaba Xammar). Pero no olvidemos que juega ahora con la ventaja de que Xammar y compañía andan, hace tiempo, muertos y no pueden rebatirlo. Así que nos quedamos con la duda.

En un artículo que publicó el lúcido Jordi Gracia en El País en enero de 2006, decía: “Carlos Sentís, neto franquista, uno de los saqueadores de la biblioteca personal de Juan Ramón Jiménez, en Madrid, periodista destacadamente estelar por razones políticas y no sólo profesionales desde la guerra (había ejercido también de espía, y seguramente de modo más fiable que Josep Pla), y secretario personal del héroe de guerra Rafael Sánchez Mazas mientras fue ministro sin cartera”.

Sentís reconoce abiertamente en el libro que estuvo al lado de Franco, aunque él dice que se debió más bien a la búsqueda de una vía de escape ante la antigua situación política que vivía Cataluña. También era un modo de acercarse a la vuelta de la monarquía, que deseaba.

Eso plantea una interesante pregunta: ¿una persona que ha estado al lado de Franco es franquista enteramente o podemos decir que algunos fueron víctima de las circunstancias? ¿Era Carlos Sentís, por tanto, un "neto franquista" como afirma Jordi Gracia? Nos queda la duda.

De cualquier modo, este volumen es interesante para enterarnos de curiosos detalles como cuando Gaziel –que dirigía La Vanguardia- le dijo que mejor siguiera con su carrera de abogado, que era más segura que la de periodismo. Además, podemos ver también la vida agitada de los periodistas de aquella época, que incluso podían ver su integridad en peligro, como Josep Maria Planas, que fue asesinado cuando dio a entender en un artículo que la FAI había matado al jefe de la policía de la Generalitat.

Que cada lector saque de estas Memorias de un espectador las conclusiones que crea oportunas, pero que ningún periodista se las pierda.

sábado, 31 de mayo de 2008

'Cabeza de turco', Günter Wallraff

Cabeza de turco
Günter Wallraff
Editorial Anagrama
Colección Compactos
1ª edición, 1999
Género: Reportajes
234 páginas
ISBN: 9788433966445


Aprovechando que acaba de publicarse en Anagrama el nuevo libro de Günter Wallraff, Con los perdedores del mejor de los mundos, que hoy se presenta en Barcelona, reseñamos el libro que lo hizo famoso, Cabeza de turco, un clásico en cualquier bibliografía sobre reporterismo y periodismo de investigación.

Cabeza de turco
es el exhaustivo reportaje de un periodista alemán que se hace pasar por turco en la década de los 80 para demostrar la persecución y la explotación laboral que sufrían los turcos en Alemania: no cobraban sus sueldos, les obligaban a trabajar demasiadas horas seguidas (a veces más de un día entero sin pausa), no tienían cobertura sanitaria y no disfrutaban de ningún descanso. Wallraff destapó algunas empresas, como Thyssen o McDonalds, por sus malas condiciones laborales. Bajo el nombre ficticio de Alí, el periodista trabajó en diversos sitios, como en una central nuclear, donde para arreglar peligrosos problemas mecánicos, los turcos eran los requeridos para el trabajo, aunque ello significase, con un 100% de probabilidades, acabar desarrollando enfermedades irreversibles y mortales.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, Alemania se encontraba destrozada. Las infraestructuras estaban realmente mermadas, debido a los efectos de la guerra. El país necesitaba reconstruir las calles, los edificios, pero la mano de obra que necesaria para la reconstrucción superaba con creces la demanda. Hay que tener en cuenta, obviamente, que Alemania había sufrido muchas bajas civiles durante los años anteriores, por lo que la demografía del país se había resentido claramente. Por esa razón, era necesaria mano de obra extranjera. Se firmaron acuerdos con otros países -entre ellos, España- para que algunos europeos fueran a trabajar a Alemania. Este país era la oportunidad para evolucionar profesional y personalmente para muchas personas que vivían en países pobres. Uno de ellos era Turquía.

El trato no incluía, no obstante, que los turcos se quedaran permanentemente en Alemania, sino que el acuerdo era solamente un contrato temporal para asegurarse unos ahorros y volver al país de origen para montar un pequeño negocio. Pero dos circunstancias provocaron que esto no ocurriera según lo pensado. Las empresas eran reacias a renunciar a la mano de obra extranjera -después de leer el libro de Wallraff entendemos que obtenían altos beneficios por un bajo coste en sueldos- y además los turcos tenían miedo de volver porque sabían que otros compatriotas suyos habían fracasado en su intento de rehacer sus vidas en Turquía*. Miles de inmigrantes decidieron permanecer en Alemania y asegurarse una estabilidad económica en este país. Muchos de ellos, como ya queda claro en el libro, eran prácticamente esclavizados.

Cabeza de turco es un buen libro. Muestra claramente cuáles son las precariedades por las que pasa Alí (el falso inmigrante turco) para conseguir un trabajo digno. Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania abrió sus puertas a la esperanza de miles de europeos, que buscaron un método eficaz para conseguir la estabilidad económica ansiada, pero salieron del purgatorio en el que se encontraban para darse de morros con el infierno más dantealigheriano, ese de "vosotros, los que entráis aquí, dejad toda esperanza". Günter Wallraff no buscaba salir del purgatorio, sino que pretendía limpiar el infierno en el que se encontraban miles de turcos para que los empresarios explotadores salieran del paraíso empresarial en el que se encontraban. Lean Cabeza de turco y déjense sorprender; Wallraff es un buen ejemplo de implicación con el periodismo de investigación y de compromiso con la sociedad.

* Para la documentación de esta reseña, se ha consultado el libro La inmigración musulmana en Europa, de Víctor Pérez-Díaz, Berta Álvarez-Miranda y Elisa Chuliá, de la Colección Estudios Sociales de la Fundación La Caixa. Otro libro muy recomendable.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Fernando Sánchez Dragó: "Tengo el título de licenciado encima del retrete"

Claro y contundente. Fernando Sánchez Dragó me lo volvió a repetir este fin de semana en la Feria del Libro de Valencia: "Manel, deja la carrera, que la universidad no te enseñará nada; para ser buen periodista tienes que empezar de botones, desde cero, en un diario e ir subiendo". Es más, se atrevió a decirme "¿sabes dónde tengo yo mi título? En el retrete".



Coño, Fernando, tienes toda la razón en que lo mejor para aprender es empezar desde cero en el lugar donde deseas trabajar. Por ejemplo, si yo quiero ser periodista, quizá sería mejor olvidar el título y entrar en la redacción de un diario así, casi sin conocimientos. Pero a ver qué medio de prensa se atreve a incorporar a un novato en su redacción y le deja escribir sin casi saber nada. Hoy en día es muy difícil entrar a trabajar en un diario, las pocas posibilidades que se presentan son, o bien con un dilatado currículum a las espaldas, o bien como becario y, consecuentemente, sin cobrar un duro. Además, ¿qué diario contraría a un joven inexperto que no posee el título de licenciado en periodismo? Efectivamente, ninguno. Y mira que hay muchos que han pasado por la universidad que no tienen ni idea de ejercer con dignidad esta profesión, sin dudas, vocacional. Pero las cosas son así. Tú mismo dices que "no hay demanda para tanto periodista"; precisamente, si hay demasiados licenciados, quizá debemos empezar en una redacción con un mínimo de garantías (qué menos que el título).

Estoy de acuerdo contigo, Fernando, en que la universidad no garantiza nada. Uno no es periodista por tener el título, ni mucho menos, pero la universidad es un lugar donde muchos profesionales te aportan un grado de experiencia, conocimiento o incluso, por qué no, pasión por el periodismo.


El mercado del periodismo es precario. Sólo hace falta echar un vistazo a las ofertas de trabajo que hay en Internet. Hay de dos tipos: los que pagan poco y los que, por no querer pagar, tienen la poca vergüenza de contratar en condición de becarios. Y no por la preocupación de querer formar a jóvenes estudiantes, sino pura y llanamente por ahorrarse un sueldo.

Cuando algún becario va a algún medio a trabajar y lo hace realmente bien, su jefe le dice cosas como "lo haces muy bien, me gustaría que siguieras con nosotros, pero, sinceramente, para qué te voy a pagar un sueldo si cada año tenemos un becario que lo hace gratis". Hay una diferencia básica entre las empresas que ofertan puestos de becario y las que buscan mano de obra encubierta.

En mi caso no puedo quejarme con las prácticas que me han tocado hacer, entre otras cosas, porque no he sido tratado nunca como un becario, sino como un redactor más. Me han exigido un esfuerzo, me han tratado bien y, lo más importante, he aprendido muchísimo.

Claro que sin el título, Fernando, no hubiese podido acceder a las prácticas. El periodismo ha cambiado. Ahora se exigen unas cosas que antes no se exigían (para bien o para mal). Si uno no tiene el título, lo tiene peor que cualquier otro. Así que, Fernando, con todos mis respetos, no voy a dejar la carrera. Eso sí, te prometo, que cuando lo consiga, le daré un sitio preferente encima del retrete de mi casa.

Manel Haro.

viernes, 2 de mayo de 2008

Entrevista con Xavier Vinader

“Una sociedad no puede ser plenamente democrática si no existe el periodismo de investigación”


Manel Haro. Barcelona

Cuando me acerco a Xavier Vinader y le tanteo para que nos conceda una entrevista tras dar una conferencia, lo primero que hace es pedir que le tutee. Resulta curioso ver cómo un hombre que actualmente tiene una movilidad reducida es un icono del periodismo de investigación. Accede sin problemas a hablar con nosotros a pesar de que un taxi está a punto de recogerlo. Vinader es conocido, sobre todo, por sus artículos en la revista Interviú sobre tramas ultraderechistas en Euskadi, que lo llevaron a prisión y al exilio.


¿Qué recuerdo le queda de los artículos que lo llevaron a prisión?

Un recuerdo agridulce. Esos artículos estaban basados en las revelaciones de un policía nacional destacado en el País Vasco, que tomó conciencia de estar implicado en una trama terrorista de un signo que no era ETA. El policía explicó la actuación de los grupos policiales a un lado y otro de la frontera en contra del mundo de los refugiados abertzales. Aquello supuso mi entrada en prisión y mi exilio [en París] durante cinco años. Cuando escribí aquellos artículos, ya era un periodista incómodo, llevaba tiempo dando la barrila (ríe) y, cuando llevas una línea muy determinada, o colaboras con el poder o te quitan del medio. Utilizaron mis artículos para frenar mi carrera y crear un precedente. Se creó el síndrome Vinader: el temor de los periodistas al poder.

¿Cómo lo trataron sus compañeros de profesión?

Se solidarizaron conmigo. Se creo un sentimiento de cohesión, algo que es difícil que ocurra hoy. La clase periodística se sintió agredida a través de mí y reaccionó. Entonces funcionó y me indultaron.

Si pudiese volver atrás, ¿rectificaría sus artículos?

No, aunque el policía y yo fuimos a la cárcel. Después de los artículos hubo dos atentados, eso me supo muy mal, pero no me siento responsable. Mis artículos denunciaban un determinado tipo de terrorismo, que, desde entonces, se acabó en aquella zona. No me arrepiento de nada.

¿Cree que actualmente puede hacerse periodismo de investigación de calidad?

Ahora hay más instrumentos para investigar que en mi época: acceso a base de datos, tecnología, etc. Yo recuerdo haber entrado en lugares y llevarme papeles, ahora eso es difícil, porque hay gabinetes de prensa, etc. En la actualidad hay que desarrollar la imaginación, aunque ahora el poder está más confiado.

Si tuviera que dar un consejo a un joven periodista, ¿qué le diría?

El periodismo de investigación no siempre se hace en las esquinas, a veces puede empezar en las salas de las bibliotecas. Hay muchas fuentes abiertas, que manejándolas bien, se pueden llegar a cosas muy interesantes. Los medios no están mucho por la labor pero no hay que olvidar que una sociedad no podrá ser plenamente democrática si no existe el periodismo de investigación, con unos periodistas dispuestos a preguntar, repreguntar, contrapreguntar y mirar debajo de las alfombras.

viernes, 4 de enero de 2008

"Tor: la montaña maldita", Carles Porta

Tor es el nombre de una montaña maldita situada en el Pirineo catalán a poca distancia de Andorra. O al menos así se le conoce desde hace unos cuantos años. En esa montaña hay un pueblo –con el mismo nombre- de tan solo trece casas. Algunas de ellas están derruidas y en las que quedan en pie ni siquiera hay corriente eléctrica. Un pueblo extraño, pues a pesar de que hay pocos habitantes, ha habido tres asesinatos.

La montaña de Tor era en un principio propiedad de las trece casas, pero la condición imprescindible para la propiedad era que los habitantes de esas casas estuvieran todo el año en el pueblo. La avaricia de un par de vecinos hizo que llevaran a los tribunales al resto por no vivir todo el año en Tor. Y el juez decidió que la montaña pasase a ser propiedad exclusiva de uno de los denunciantes (Sansa). A partir de ahí, Sansa empieza a cobrar peajes a los contrabandistas que bajan de Andorra, hace tratos con un empresario andorrano para construir una pista de esquí en la montaña, pacta la venta de los mismos terrenos a unos belgas… Y sobre todo, empieza a ganarse enemigos.

A los cinco meses de la sentencia del juez, Sansa aparece asesinado en su casa. Es el tercer asesinato después de que dos trabajadores de un vecino –y principal enemigo de Sansa- fueran abatidos a tiros por los guardaespaldas del empresario andorrano.

Parece haber indicios de que Sansa no fue asesinado en su casa, pero ¿quién lo mató? ¿Sus vecinos que habían perdido la propiedad de Tor? ¿Los contrabandistas hartos de los peajes de Sansa? ¿El empresario andorrano que vio que no se cumplía el trato de las pistas de esquí? ¿Unos hippys del pueblo que podrían haberse peleado con él? ¿Un joven de estética skin que vivía con él y que en los últimos días Sansa lo había echado de casa?

Carles Porta se adentra en una investigación exhaustiva para averiguar todo lo que pueda sobre los asesinatos y hacer un reportaje para televisión. Pero en Tor se encuentra con amenazas, negativas y otros riesgos.

El libro puede leerse de dos formas distintas. Puede tomarse como una maravillosa y apasionante novela de misterio basada en hechos escrupulosamente reales. O también puede leerse como un asombroso trabajo periodístico. De hecho, Tor surgió como un reportaje para televisión, pero lo que el periodista Carles Porta se encontró en el Pirineo fue tan extraño y subyugante que decidió tirar del hilo, entrevistar a los vecinos, al empresario andorrano, a algún contrabandista… Es decir, se metió hasta donde podía meterse. De ahí a que en algunas ocasiones lo amenazaran si seguía investigando.

Pero el objetivo de aquella estancia en el Pirineo era media hora aproximadamente de reportaje para la televisión autonómica catalana. El reportaje duró unos cuarenta minutos y fue un éxito de audiencia. Más tarde surgió la idea de plasmar todo aquel material en un libro.

Podemos leer de primera mano cómo fue la investigación, qué problemas tuvo, qué misterios encierran todavía el asesinato de Sansa. Y sobre todo podemos leer las dificultades de un periodista ante la negativa constante de los personajes principales de la historia de Tor a colaborar con él. Más cuando tiene una fecha final para la emisión del reportaje y necesita grabar más imágenes y entrevistar a más personajes.

Tor nos recuerda mucho al libro A sangre fría de Truman Capote. Un periodista que va a la escena de un crimen a hacer un pequeño reportaje y acaba implicándose tanto en la historia que finalmente escribe una novela. Y tras esa novela, la dificultad de olvidar todo lo vivido en esa montaña maldita pero a la vez inquietante.

Un libro que bien merece la etiqueta de clásico del periodismo de investigación para los años venideros. Una obra para no olvidar.

* La edición en catalán, editada por La Campana, incluye el DVD del reportaje emitido en televisión.

Manel Haro.

sábado, 22 de diciembre de 2007

"La fascinació del periodisme: Cròniques (1930-1936)", Irene Polo

El libro recoge las crónicas que Irene Polo escribió entre los años 1930 y 1936 para la revista Imatges y los diarios La Humanitat, L’opinió, L’instant, entre otros. En ellas podemos leer periodismo donde se percibe el auténtico periodismo de calle de una mujer perseverante y tenaz, que no descansaba ante las adversidades y si no conseguía lo que buscaba, hacía del intento frustrado la crónica. Así, podemos leer cómo Irene Polo persigue al alcalde de Madrid, Pedro Rico, para que haga algunas declaraciones para el medio en que trabaja la periodista, pero éste da evasivas e Irene Polo se queda sin sus palabras. Pero lo sabemos porque hizo de ese intento frustrado, lo que debía publicar. Lo mismo ocurre con el intento frustrado de sacar algunas palabras a Francesc Cambó en su regreso a Barcelona.

Pero como hemos dicho, no solamente hay contacto con las altas esferas políticas, la Polo se desplazaba donde hiciera falta para reflejar la angustia de la gente más desfavorecida, por lo que no duda en querer entrar en una mina en Sallent, donde unos mineros están haciendo huelga de brazos caídos, aunque su entrada a la mina es denegada. O podemos leer el estupendo reportaje que hace sobre las casas de empeño de Barcelona.

Y es que en el periodismo de Irene Polo no solamente se ve gran profesionalidad, sino también un compromiso social. Da voz a los ciudadanos cuando se quejan de lo mal que van los autobuses Roca en Barcelona y ella no duda en subirse a uno y escribir sobre estas incomodidades. Incluso es capaz de escribir segundas y terceras versiones a medida que los ciudadanos le escriben.

No solo eso, podemos ver un seguimiento de las elecciones en el Paralelo (Barcelona) donde Lerroux cae y gana Francesc Macià. Y si hablamos de elecciones, también podemos leer las que se vivieron en Andorra con España y Francia como custodios al acecho, en que las versiones oficiales parecían contradecir los resultados de las mesas electorales, lo que provocó una confusión entre los periodistas, que no sabían cuál había sido el resultado real.

Impagable es su reportaje sobre las huelgas de obreros, apelotonados varias familias en espacios reducidos en condiciones infrahumanas, con la única voluntad de trabajar para salir adelante como pueden. Igual de importante y meritorio es su investigación para descubrir a algún empresario avaricioso que no duda en bajar el sueldo a sus empleados para mayor ganancia suya. Y si hablamos de denuncias sociales, no podemos dejar de hablar de los sanatorios en condiciones tercermundistas, donde uno puede salir con infecciones si circula por sus pasillos.

La fascinació del periodisme, que de momento solo está editado en catalán por Quaderns Crema, es una excelente antología de esas crónicas que escribió esta mujer dura, convencida de cuáles eran sus deberes, que luchó contra las arremetidas constantes que recibía y que no amilanaba ante nada.

Su labor periodística cesó cuando se marcha con la compañía de teatro de Margarita Xirgu a América, para trabajar con ella. Algunos dicen que la Polo se enamoró de ella, y no pudo soportar que la Xirgu no la correspondiera. Otros dicen que esto no es posible por el carácter de la periodista. Sea como fuere, la cuestión es que mientras la Guerra Civil se cerníaen España, Irene Polo acabó en una depresión que lallevó al suicidio.

Y una curiosidad, se dice en la introducción escrita por Glòria Santa-Maria y Pilar Tur, que Margarita Xirgu le ofreció ir a América, porque le quedó una plaza libre que debía ocupar otra persona: Federico García Lorca. Éste no aceptó y prefirió quedarse en una España fascista que acabó con él.

En definitiva, un libro muy recomendable para los amantes del periodismo y, sobre todo, para los amantes de un género periodístico que ha perdido fuerza a lo largo de los años: el reportaje. Y si lo que les interesa no es el periodismo, igualmente pueden acercarse a este libro para ver cómo era la sociedad española y cómo estaba la política en aquellos seis años que precedieron a la guerra civil.


Manel Haro.

Editorial Quaderns Crema (1ª edición, abril de 2003)
Edición original en catalán, no hay edición en castellano
Género: Crónicas (Periodismo)
ISBN: 84-7727-389-8
301 Páginas
Precio: 18 euros

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Kapuscinski: entre el periodismo y la literatura (a propósito de la lectura de "El emperador")

Antes de que Ryszard Kapuscinski muriera, la Academia Sueca estuvo valorando la posibilidad de darle el Premio Nobel de Literatura, dado que querían ampliar el concepto literatura para que abarcara otros géneros, como el periodístico.

En 2003 el jurado de los Premios Príncipe de Asturias reconoció la trayectoria de este gran periodista y escritor polaco con el Premio de Comunicación y Humanidades. En el acta del jurado constó lo siguiente:

"Ryszard Kapuscinski, escritor polaco de dilatada trayectoria, ha sido durante medio siglo un modelo de periodista independiente que ha dado cuenta veraz, hasta con el riesgo de su propia vida, de numerosos y trascendentales conflictos de nuestro tiempo en diversos continentes. No se ha limitado a describir externamente los hechos sino que ha indagado sus causas y analizado las repercusiones, sobre todo entre los más humildes, con los que se siente hondamente comprometido. Sus trabajos son valiosos reportajes, agudas reflexiones sobre la realidad circundante y, al mismo tiempo, ejemplos de ética personal y profesional, en un mundo en que la información libre y no manipulada se hace más necesaria que nunca".

No cabe la menor duda de que Kapuscinski era un auténtico maestro del reportaje. Como bien apunta el acta del jurado de los Premios Príncipe de Asturias, este periodista no se limitaba a dar detalles externos sobre los conflictos o dictaduras del mundo, sino que ahondaba en el corazón de las situaciones que pretendía conocer y sobre las que quería escribir. Un ejemplo claro de ello es, sin ir más lejos, el libro El emperador, que relata los últimos años del Imperio de Haile Selassie de Etiopía. Al leer el libro nos damos cuenta del valor periodístico de este trabajo, dado que Kapuscinski se mete, literalmente, en el palacio del emperador.

Es decir, no solamente ha tenido la oportunidad de compartir cena y desayuno con la corte imperial, sino que, una vez muerto Selassie, emprende un proceso exhaustivo de documentación que lo lleva a entrevistar a los etíopes que vivieron en primera persona el desarrollo del gobierno de Selassie; es decir, los que servían en palacio.

Si nos fijamos en el modo en que está escrito El emperador, veremos que el reportaje está estructurado en declaraciones de los entrevistados y en breves conclusiones del autor que va completando el relato. Apenas se percibe la presencia del entrevistador a menos que los entrevistados hablen directamente al periodista –“señor Kapuscinski” o “señor Richard”-, cuando notamos la presencia del autor es precisamente cuando habla él en primera persona. Esas intervenciones aparecen en cursivas, como si él estuviera realmente al margen de lo que investiga. Hablando en plata: el periodista hace lo que debe hacer un profesional de la comunicación, hablar lo mínimo y dejar que sean los afectados/interesados los que hablen, los que muestren la realidad que se intenta reflejar.

Muchos profesionales del periodismo han repetido hasta la saciedad que un buen reportaje no tiene porque estar lleno de intervenciones del autor, puede que dejando que la realidad hable por sí misma, sea suficiente para que los lectores nos hagamos una idea clara de lo que está ocurriendo u ocurrió en un momento dado en un lugar determinado. Es como si para hacer un reportaje de radio limitásemos las voces en off y dejáramos que se alternaran declaraciones de personas distintas.

Volviendo al acta del jurado de los Premios Príncipe de Asturias, Kapuscinski es un “ejemplo de ética personal y profesional, en un mundo en que la información libre y no manipulada se hace más necesaria que nunca”. La clave está en la expresión “no manipulada”. Es decir, lo que decíamos anteriormente, intervenir lo mínimo para no tergiversar la esencia de lo que se quiere relatar. Es más, las intervenciones que hace el autor/periodista, deben ser humildes, sencillas y sinceras. Decía el propio Kapuscinski: "El comportamiento del reportero tiene que ser sencillo, sincero y humilde. La gente es muy susceptible ante la arrogancia. Nuestro interlocutor es primero un ser humano, no es nuestro tema, es alguien que tiene su propio mundo".

Y añadía: "Al reportear, el primer contacto siempre es importante; 15 minutos de nuestro comportamiento definen qué vamos a hacer. El primer contacto tiene que ser de una relación muy intensa".

Estas dos citas implican unos detalles importantes: no olvidar que nuestros interlocutores –como periodistas- son, ante todo, seres humanos; que al entrevistarlos, nos adentramos en su mundo; que tan importantes es el primer contacto con ese ser humano como el desarrollo de la entrevista.

Por lo tanto, Kapuscinski lleva a cabo un trabajo periodístico en mayúsculas, ya que prescinde de lo externamente palpable, para adentrarse en el alma del conflicto sobre el que escribe el reportaje. En este caso, ya lo hemos dicho, el gobierno de Selassie. Sabe cómo tratar sus fuentes –otro tema amplio podríamos tratar sobre este tema de los fuentes, pero nos apartaríamos del camino- y como utilizar la información que obtiene.

Pero lo que me interesa discutir ahora no es si el trabajo de Kapuscinski es buen periodismo o no, dado que mi voz es, solamente, una de tantas que reconocen su impecable mirada periodística. Retomando el hilo del principio, me gustaría reflexionar sobre si además de periodismo, El emperador –como cualquier otro título del autor- es también literatura.

Los que defienden que la literatura es puramente ficción, evidentemente rechazarán que la obra periodística de Kapuscinski quede enmarcada dentro del término literatura. Pero los que valoran algo más que la simple ficción, sí darían una oportunidad a El emperador como obra literaria. Atendamos a lo que decía el propio autor sobre este tema:

"Como representantes de esa nueva rama de la literatura (el periodismo) tenemos dos grandes enemigos:

1. Los escritores de ficción que no quieren admitir a los reporteros en su casa.

2. Los ‘periodistas puros’, la gente que mueve todo el mundo de los medios, pero que por varias razones no tienen esta gana de hacer algo que no sea pura noticia, pura información. Son los que tratan el periodismo simplemente como una manera de ganarse la vida o pasan con la edad a ser funcionarios o empresarios."

Es decir, los que no calificarían la obra de Kapuscinski como literatura son los propios escritores de ficción y los periodistas que solamente creen en el periodismo como forma de ganarse. Resumiendo estas ideas, podríamos decir que los que no creen que la obra del autor polaco sea literatura son los devoradores de ficción –sean editores, escritores, lectores…- y los periodistas que no quieren que el periodismo sea algo más que simple periodismo (por muy redundante que parezca). Cuántas veces habremos escuchado eso de “esto no es periodismo, es pura literatura”.

Personalmente, y tomando al toro por los cuernos, creo que la obra de Kapuscinski sí podríamos enmarcarla dentro del género literario. Pero teniendo en cuenta que el concepto literatura abarca mucho más que la simple ficción. De hecho, considero que la ficción es el terreno más sencillo de la literatura, porque inventar e imaginar es sencillo, lo realmente difícil es rastrear una realidad y mostrarla a los lectores. Claro está, el trabajo de Kapuscinski no se limita a reunir documentos y entrevistas, encuadernarlos y mandarlos a la editorial, sino que detrás hay un trabajo metódico para que el lector lea con atención y de una forma amena una historia sobre personas y lugares reales. El lector asiste a un relato –en este caso un reportaje- que ha sido pensado para ser leído como una historia amena: las declaraciones sustituyen a los diálogos, la voz del periodista es la del narrador y las personas reales –en este caso, el servicio, el monarca…- son los personajes de cualquier novela. El trabajo de Kapuscinski, por lo tanto, tiene todos los requisitos para ser calificado también como literatura. Al igual que podríamos decirlo de A sangre fría, de Truman Capote y que extrañamente hay menos discusión sobre si es también literatura o solo periodismo. Quizá el autor polaco necesite la perspectiva del tiempo para que algunos califiquen su obra como literaria (además de periodística).

Pero no nos equivoquemos, no todos los reportajes son literatura, sino los que cumplen los requisitos que hemos descrito anteriormente y, sobre todo, los que están escritos con sobriedad y la maestría que demuestra en El emperador, Ryszard Kapuscinski. Dejemos una vez más que hable el propio autor: "Claro, no todo el periodismo es literatura. El primer criterio es la calidad del texto". Calidad a Kapuscinski no le falta. Está claro, está dicho. Debió ganar el Nobel de literatura.