miércoles, 1 de octubre de 2008

Entrevista con Chufo Lloréns

Chufo Lloréns me recibe con una amplia sonrisa en la cara. Lleva ya unas cuantas entrevistas realizadas con varios medios, pero no tiene síntomas de cansancio. Se le nota ilusionado, satisfecho con lo que está haciendo. Cuando empezamos a hablar, ya noto que es un escritor con las ideas claras.

Cuando responde a mis preguntas, se nota que lo hace con sinceridad y humildad, en ningún momento recurre a tópicos. De ese modo, uno es capaz de dejarse llevar por una conversación entre amigos, más que por una entrevista entre un periodista y un escritor.

Chufo Lloréns es escritor de varias novelas históricas. La última, editada por Grijalbo, es la que nos ocupa aquí: Te daré la tierra, una novela que, como él mismo dice, narra la letra pequeña del siglo XI. Una obra de pequeñas ambiciones, de celos, de amor, de lucha, de muerte y de orgullo. Y por si alguien se piensa que solamente escribe, que sepan que Chufo Lloréns era el propietario de la discoteca Don Chufo. Un hombre peculiar, un buen escritor, una interesante persona.

Manel Haro. Barcelona

¿Cómo se gesta la novela?

Cuando acabas una novela, te quedas vacío durante un tiempo. Yo, que no soy nadie para aconsejar nada a nadie, aconsejaría que si no tienes nada en la cabeza que te interese, comenzar a escribir por escribir, no lo hagas nunca, porque no sale. Si hay un tema que te parezca sugerente, es cuando empiezas a documentarte. Si el tema da de sí para una novela y hay documentación, adelante. Pero si no hay, lo mejor es cambiar de tema. Yo encontré el mío, que se enmarca dentro de la novela histórica, porque en tanto investigo y la busco, disfruto como nadie. En esta ocasión me parece que encontré el tema porque me apasiona la letra pequeña del siglo. Cuando encontré la época y el escenario, tuve la suerte de coincidir con un catedrático medievalista, José Enrique Ruiz Domènec, y él me dio el protagonista: el alter ego de un personaje que existió.

Y eligió el siglo XI…

El siglo XI catalán es lo más atractivo a nivel de pequeña historia, no de grandezas. Aquí no hay conquistas, ni almogávares; sino la historia de los celos de dos mujeres, la historia de una Barcelona pujante, de un Call judío y de un personaje real: Martí Barbany es el alter ego de Ricard Guillem.

¿Hasta qué punto ha respetado el personaje histórico de Ricard Guillem?

Yo leí el libro de José Enrique Ruiz Domènec (El somni de Barcelona) y he estudiado a fondo la vida de Ricard Guillem. He aprovechado el personaje real para crear a Marti Barbany, pero a partir de ahí he fabulado y he incluido cosas que son invención mía. Pero el esqueleto del personaje, su estructura, sí existió.

A usted siempre le ha preocupado el rigor histórico especialmente…

El rigor histórico para novela es relativo. Yo huyo de lo que no se ciñe en lo grueso a la verdad. Yo puedo decir que Hernán Cortés tuvo amores con una cuarterona cubana, que era criada de la mujer de Mendoza. No existió, pero pudo ser. Lo que no puedo decir es que Hernán Cortés descubrió Australia.

¡Claro!

La novela, en sus trazos gruesos, responde a la realidad de los hechos: la lucha de Ermesenda de Carcasona y Almodis de la Marca fue sangrienta y fue verdad, el hecho de que una se fuera a ver al Papa para perjudicar a la otra fue verdad, el Call judío es el que era, Barcelona es como era… Pero también hay datos novelados: por ejemplo, para que un lector del siglo XXI entienda cómo se hacía rico un hombre del siglo XI, recurro a la fabulación y hablo del petróleo. Así muestro la forma de enriquecerse de un hombre, usando el truco del petróleo, que anteriormente podría ser el fuego griego. Añado otros elementos de riqueza que fueron verdad, como las viñas en Magoria, los molinos de agua…

¿A qué se refiere cuando dice que fabula para que un lector del siglo XXI entienda cómo se hacía rico un hombre del siglo XI?

Por ejemplo, si digo que un personaje se hizo muy rico gracias a que las viñas le fueron bien, seguramente los lectores no lo entenderían del todo. Pero al hablar del petróleo –un elemento tan importante en la vida moderna-, los lectores pueden hacerse una idea más cercana de la riqueza de Martí Barbany. Es un truco narrativo. Pero no pretendo inducir al lector a engaño, estamos ante una novela, no es una biografía. Respeto los trazos gruesos, pero sin olvidar que es ficción.

¿No cree usted que otras novelas que sí inducen a engaño o que se sacan ases de la manga están perjudicando al género puramente histórico?

Evidentemente. Los que falsean la historia y no son honestos con los que la aman no se molestan en estudiarla, sólo les importa sacar una novela cada año. Pero a partir de ahí el lector va donde quiere ir. Hay una diferencia notable entre un escritor que se ha documentado, que ha estudiado la historia, que es honesto y el que sólo está en esto porque vende. El público al final acaba sabiendo donde ir, porque sabe reconocer el trabajo. Pero hay que reconocer que la novela histórica está pasando por un boom y eso se debe a la mucha gente que ahora se dedica a este género.

¿Señal de su compromiso con el rigor histórico es el hecho de que al final incluya una bibliografía del material consultado?

Esa bibliografía no significa que la haya usado toda. Los títulos que están incluidos son porque he pasado la vista por sus páginas. Algunos no me han servido para nada, pero fueron consultados. Pero hay otros libros de los que no esperaba nada y, de repente, encontraba algún detalle que me parecía pertinente para la novela. Es decir, ese es el material que yo he utilizado para documentarme, pero no todo ha sido utilizado.

¿Cuánto duró la documentación?

Un año y medio. Cuando tuve varios archivos de audio grabados, cuando los corchos de las paredes de mi despacho ya estaban llenos, cuando ya sabía quién iba a ser el protagonista y el antagonista y cuando ya tenía clara la estructura fue cuando me puse a escribir. Yo necesito tener la estructura fundamental de la novela en la cabeza y la documentación bien asumida. No puedo detenerme a cada paso a consultar bibliografía, tengo que tenerla clara cuando empiezo a escribir.

¿Entonces cuando se pone a escribir ya sabe cómo va a acabar la novela?

Yo no voy de un principio a un final, sino que me muevo de un principio a un punto por donde la novela debe pasar, lo que yo llamo las estaciones intermedias. Es decir, no puedo pretender ir de Barcelona a Madrid sin pensar que tengo que pasar antes por Zaragoza (ríe). Cuando llego a cada estación intermedia, pienso en la siguiente. El final no lo tengo cerrado ya desde el principio, prefiero ir a tramos cortos. Luego el final viene solo, yo subo la montaña y mis personajes la bajan. Si fuerzo a un personaje a un final que no es, la novela falla.

¡Vaya carácter sus personajes!

Sí (ríe). Hay que tener claro que la primera parte de la novela nos debe enganchar, la parte media debe intrigar y el final debe ser coherente a la vez de sorprendente. Y luego que el mecanismo del best seller funcione, por ejemplo que haya un malo malísimo que le ponga las cosas difíciles al protagonista o hacer que el lector dude de lo que va a pasar cuando queden diez páginas.

¿Cuando escribía, pensaba en un público lector determinado?

No, no me preocupaba. Lo digo con toda honestidad, a mí me basta con que un lector me venga y me diga que ha disfrutado leyendo mi novela. Llegada a cierta altura de la vida, uno ya no escribe por dinero, sino por placer. Yo no soy especialmente ambicioso, cuando me retire de mi mundo del espectáculo, para tortilla de patatas y pan con tomate, me llegará (ríe). No por vender más, dejaré de escribir lo que me gusta.

Es usted un novelista con las ideas claras…

Yo prefiero considerarme como un narrador, no como novelista. Lo que pasa que la novela me permite llegar a más público y traspasar el tiempo. Es decir, si alguien algún día lee esta novela, después de que yo no esté, habrá valido la pena el esfuerzo de escribirla. Pero insisto, nunca condiciono mi forma de escribir por llegar a más o menos público.

No obstante, está llegando a un público muy amplio…

Me sorprendió cuando la editorial me dijo que la novela estaba vendida a cinco países prácticamente antes de salir al público. Pensé que era afortunado, pero no me cambiaron en nada, seguiré escribiendo lo que me gusta.

Además, que una novela sea éxito de ventas no significa que sea buena.

No a todo el mundo le gusta lo mismo. Estoy de acuerdo contigo en que hay novelas que han triunfado y son un desastre. El código da Vinci, por ejemplo, lo tuve que cerrar cuando dijo el autor que el tren llegaba a Andorra. Si este señor no es capaz de documentarse de que el tren no llega a Andorra, es que ya no vale la pena seguir. Podrá decir el autor que hay buenos y malos dentro de la Iglesia, que hay ladrones, pero, oiga, el tren no llega a Andorra.

El código da Vinci se ha erigido como el paradigma de la mala literatura.

Es que es así, en tres días los personajes no comen ni cenan, cuando la Scotland Yard rodea el avión, salen por la puerta de atrás… Esto es el país del como; es decir, siempre se comparan unas novelas con otras. La mía, dicen, es como la de Falcones. Pero no es cierto, yo planifiqué mi novela tres años antes. Además, hablamos de siglos diferentes.

Curioso esto del país del como…

En mis locales, cuando venía un artista y le preguntaba qué sabía hacer y me decían que cantaban como Raphael, ya les decía que para eso ya estaba Raphael; si me decían que contaban chistes como Gila, yo les aseguraba que para eso ya estaba Gila. Es el país del como: si triunfa fulano con una cosa, yo también hago lo mismo. Yo, en cambio, no soy capaz de escribir novelas de templarios, de ataques entre religiones o de magia, porque ya están escritas. Escribo lo que me interese, no intento repetir lo que hagan los demás.

¿No cree que parte de la culpa de que se comparen unas novelas con otras la tiene las campañas de marketing de las editoriales? Es decir, como ha triunfado esta novela, vamos a vender esta otra como si fuera más de lo mismo…

Yo respeto que una editorial utilice el mismo sistema de lanzamiento de varias novelas de diferentes autores. Otra cosa es que influya en algo en lo que yo quiera escribir. No toleraría que me ofrecieran escribir una novela igual o parecida a otra novela de otro autor porque tuviera éxito. Respeto a las editoriales, pero mi novela no tiene nada que ver con lo que se haya escrito anteriormente.

El título Te daré la tierra no es casual…

El título en un principio era Tibidabo, te daré la tierra, pero me dijeron que Tibidabo era demasiado localista. Así que lo dejaron en Te daré la tierra y aludía a la belleza de esta tierra, Barcelona.

Le veo satisfecho con su novela.

Claro que sí, todo me funciona. Soy el colmo de la felicidad, hago lo que me gusta, me pagan y no tengo jefes (ríe). Yo siempre escribiré lo que me guste escribir. No hay nada mejor como trabajar en lo que uno le gusta. Y me hace mucha ilusión pensar que la gente me leerá incluso cuando yo ya no esté en este mundo. Es una forma de traspasar el tiempo.

Una forma de perpetuarse.

Claro (ríe).

3 comentarios:

Patricia Tena dijo...

Como ya te dije el otro día, me ha parecido muy interesante tu entrevista. Y, para variar, eso hace que me quiera leer el libro... me lo apunto a la lista :)

José Antonio Castro dijo...

Muy buena entrevista. Chufo Lloréns es uno de los escritores favoritos de mi mujer.
;-)

Gracia dijo...

Maravillosa entrevista, como son todas las obras de este magnífico escritor, las páginas de sus novelas te transportan a épocas de antaño, la descripciones perfectas de ambientación te hacen vivir la historia en tiempo real.
Un saludo de una gran admiradora de Chufo