jueves, 30 de octubre de 2008

Entrevista con Nélida Piñon (Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2005)

Nélida Piñon es una mujer fuerte y con mucha sensibilidad. En su discurso se le nota apasionada y no duda en reconocer que tiene el objetivo de ser pedagoga con el mundo, causar un efecto en la vida de los demás. Aunque, dice, no cree que merezca el calificativo de pedagoga. Se nota que sabe el valor que tienen sus ideas, aunque en ningún momento presume de ello. Se le ve una mujer humilde, entregada e interesada en la entrevista.


Nélida Piñon ganó en 2005 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y llega, tres años después, a Barcelona para presentar su última obra, Aprendiz de Homero (Alfaguara, 2008). El libro es un compendio de 24 pequeños ensayos donde expone sus inquietudes literarias y existenciales.

Nélida pide un café solo antes de empezar a responder, se coloca un cojín en la espalda, se acomoda en el sillón y muestra una amplia sonrisa esperando la primera pregunta.

Manel Haro. Barcelona

¿Estos artículos fueron escritos con la idea de integrarlos en un libro?
Sí, fui escribiendo estos ensayos con la intención de publicarlos, pero sin prisas. Soy trabajadora, pero sin urgencias. Tengo una paciencia histórica. Quería tener estos ensayos aglutinados, de forma que expresaran una determinada intención: hablar de libros, de mis experiencias y rastrear algunos momentos que yo creía constitutivos de lo que llamamos civilización.

¿Por qué bajo el título Aprendiz de Homero?
Siempre he leído a Homero. La lectura te conduce a planes infinitos. Con cada lectura pasas a vivir una experiencia nueva y frecuentas una altitud nueva también. Pasar por Homero supuso una experiencia enriquecedora y transformadora. A medida que leía a Homero, me daba cuenta de su grandeza. Ese reconocimiento me ayudaba a entender mi contemporaneidad y entender el acto de la fabulación humana. Y no sólo como escritora, sino como persona de la vecindad. La literatura, además de su sofisticación, tiene algo que está al alcance de todos. A veces el texto en sí no está al alcance de todos, pero su tesitura íntima, sus transgresiones, sus análisis de la pasión humana sí lo están.

¿Y Homero en qué nivel está?
La gente no sabe quién es Homero, no ha identificado a ese genio de la narrativa, del mundo épico, de la angustia, de la cólera, de la sabiduría humana… Homero está presente en la vida de cada cual.

¿Por ejemplo?
Cuando uno cuenta una cosa y en realidad no cuenta lo que pasó, sino que agregas elementos para que tu narrativa personal sea más interesante. Como si cada uno tuviera el arte de seducir al otro.

En el libro señala sus influencias del periodismo y la literatura para ser escritora. ¿Qué tiene más peso?
La literatura, porque no es una captación inmediata de la realidad. Además, en la literatura puedes utilizar metáforas, impregnar el lenguaje con la visión poética… La literatura, a mi juicio, tendría que ser una gran arte poética. Es decir, la literatura no es entretenimiento, es maravillosa, pero no entretenimiento.

¿No lo es?
No, es la oportunidad de que te identifiques con el otro mediante la absorción de sus complejidades relacionadas con las tuyas.

¿Por qué no le gusta que le llamen pedagoga?
No es que no me guste, es que siento que no lo merezco. Para mí es un honor y, de hecho, tengo una tendencia a ser pedagoga. Ahora mismo, por ejemplo, estoy siendo pedagoga con usted, me estoy olvidando que me está entrevistando y estoy intentando producir un efecto su vida.

¿Un escritor siempre tiene una responsabilidad con el mundo?
Yo creo que sí, mucha gente quiere simular que no la tiene. Yo, ante usted, por ejemplo, tengo que darlo todo, tengo una responsabilidad. Pero no por una cuestión de idolatría, sino para que se lleven un pequeño ejemplo de alguien que ama su oficio y que va a mantenerse fiel a ese oficio al precio que sea.

En el libro le gusta remarcar que es usted brasileña, pero a la vez hay mucho universalismo, cosmopolitismo. ¿Es usted ciudadana del mundo?
Yo digo que soy brasileirinha (risas), como si fuera algo pequeño, pero con mucha dignidad. Pero a la vez soy universal, porque hay que serlo. La literatura no es regional, uno puede ser localista, pero tener una dimensión de su literatura como si fuera una gran tragedia griega. Por ejemplo, Pedro Páramo, de Juan Rulfo, es una novela pequeña, pero parece un texto griego, con traducción simbólica para América Latina (sonríe).

¿Por qué Don Quijote estaba prohibido en Brasil durante la dictadura?
La novela no estaba muy aceptada, porque era una transgresión y Don Quijote era una extraordinaria insubordinación. A nosotros nos llegaba Don Quijote escondido en los barcos, al lado de los bacalaos (risas).

Dijo Lula da Silva, presidente de Brasil, en la entrega de los premios Don Quijote que “sólo con la imaginación no se cambia la realidad. Sin imaginación corremos el riesgo de quedarnos presos en el conformismo, de ahí la importancia de la cultura. La cultura ilumina, es un factor de inclusión social, de afirmación individual y colectiva”.
Es un discurso muy bueno.

Sí, pero ¿por qué los políticos hacen estos discursos en favor de la cultura, pero luego sus actuaciones no reflejan esa preocupación?
Lo mismo ocurre con la educación. Es como si creyeran que la cultura es un lujo. No se dan cuenta que la cultura empieza con el nacimiento: lo que comes, la lengua, la música que escuchas conforman el imaginario natural socializado que nos viene de forma natural. Eso ya es cultura también. Sin la educación, los pilares de la cultura no son reconocibles. Hay que acelerar primero el proceso de la educación. La educación tendría que ser un instrumento de la dignidad humana, para que uno fuera capaz de leer un libro y entenderlo, para que lea un periódico y capte el tono de la noticia y desconfíe de la realidad. La cultura merece un reconocimiento público por parte del poder y de la sociedad, para que sea la mejor representación de un pueblo.

¿Por qué se conoce tan poco de la literatura brasileña?
Porque no hay interés de las sedes de averiguar qué talentos tenemos más allá de las grandes capitales culturales.

Lula da Silva dijo que la lengua debía de ser una cuestión de unión y de diálogo. ¿Qué opina cuando ve que la lengua es un arma para crear la crispación, como ocurre muchas veces en España?
Yo no domino demasiado este debate y no quisiera opinar sin tener las bases suficientes. De todos modos, hay que impedir que el idioma sea una disputa. Lo bueno es agregar inteligencias y sensibilidades, no abandonar una lengua por otra, porque caeríamos en la indigencia cultural.