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sábado, 15 de febrero de 2014

‘Gravity’, la aventura espacial de Bullock y Clooney



La última película del director mexicano Alfonso Cuarón, Gravity, nos lleva al espacio con Sandra Bullock y George Clooney. Ella es una ingeniera que tiene la misión de reparar un satélite americano; él es el astronauta, el piloto de la nave, el jefe de la operación. El film arranca con un Clooney orbitando mientras explica historias banales a sus compañeros de la base de Houston y Bullock lleva a cabo su trabajo. Pronto, la destrucción de un satélite ruso provoca que una lluvia de basura espacial arremeta contra ellos, lo que provoca la muerte del resto del equipo, dejando a la pareja como únicos supervivientes. Y ahí es donde empieza lo emocionante: sin apenas oxígeno y casi sin energía, tendrán que buscar la manera de volver a la Tierra.

Sé que uno debe ir siempre al cine sin prejuicios y créanme que lo hago, pero me llevó unos cuantos minutos quitarme de la cabeza que Bullock era la actriz de Miss agente especial, La proposición, Amor con preaviso y tantas otras películas de sobremesa. Que sí, que le dieron un Oscar como mejor actriz en 2009 por su papel en The blind side y que en Gravity no lo hace nada mal (por la que se ha llevado una nominación este año en la misma categoría), pero me cuesta creerme su personaje, sobre todo cuando se quita el traje de astronauta, nos muestra ese bello rostro conseguido a base de cirugía estética y empieza a hacer piruetas en paños menores, flotando, mientras la cámara se rinde a ese cuerpo juvenil que conserva a sus 49 años. Bien por ella, pero cada vez me cuesta más creerme los papeles de las Bullock, Kidman, Roberts y demás actrices que han pasado tantas veces por el quirófano.

Y en cuanto a Clooney, pues me pasa un poco lo mismo. Que lo he visto tantas veces anunciando Martini y Nespresso, que hay papeles que a estas alturas ya me cuesta tragármelos. Mea culpa, claro está. El caso es que la película de Cuarón (el director de Y tu mamá también o Harry Potter y el prisionero de Azkabán) tiene magnetismo, engancha a pesar de que hay momentos en que exige mucho de nuestra ingenuidad y supongo que, a fin de cuentas, cumple con las expectativas. Nos pasea por el espacio exterior, nos hace sentir esa tranquilidad y ese silencio que se debe sentir allá afuera, nos transmite la tensión y la inquietud por saber si los protagonistas van a llegar a la Tierra y evita cualquier escena amorosa tipo beso apasionado entre Clooney y Bullock en mitad de las estrellas.

Ahora bien, Gravity no pasa de ser una película entretenida a pesar de esas diez nominaciones a los Oscar, tantas como tiene La gran estafa americana. Entre ellas, están las de mejor película, mejor director y mejor actriz. Creo, no obstante, que tendrá que conformarse con alguna estatuilla en las categorías técnicas. 

viernes, 14 de febrero de 2014

‘La gran estafa americana’, ni tanto ni tan poco



Las películas sobre estafas parecen estar de moda en Hollywood. Woody allen nos contaba en Blue Jasmine la historia de una mujer (Cate Blanchett) que tras haberlo tenido todo gracias a los tejemanejes de su marido (Alex Baldwin), se derrumba en la pobreza y la desesperación cuando él es detenido por el FBI por fraude. Poco después llegaba a las carteleras la película de Martin Scorsese, El lobo de Wall Street, protagonizada por un Leonardo DiCaprio que podría tener el camino completamente allanado hacia el Oscar si no fuera porque tendrá que pelear (sobre todo) con Matthew McConaughey por su interpretación en Dallas Buyers Club. DiCaprio se pone en la piel de Jordan Belfort, quien amasó una fortuna a base de delitos como manipulación del mercado de valores o blanqueo de dinero.

La tercera película que nos llega en poco tiempo sobre estafas es la que aterrizaba con más ruido, La gran estafa americana, dirigida por David O. Rusell y que cuenta con un elenco de actores que encabeza el siempre infalible Christian Bale (El maquinista, American Psycho). Bale es Irving Rosenfeld, un astuto estafador que arranca un prometedor negocio de préstamos fraudulentos con su amante, Sydney Prosser (Amy Adams). Pronto el agente del FBI Richie DiMaso (Bradley Cooper) le echa el guante. Para aliviar la condena, el FBI le ofrecerá a Rosenfeld colaborar con ellos para detener a los peces gordos de Nueva Jersey, empezando por el alcalde, Carmine Polito (Jeremy Renner).

Una vez La gran estafa americana ha tenido cierta andadura por las salas de España, parece que ese súper producto cinematográfico que iba a arrasar en los Oscar no es para tanto. Algunos se atreven a decir sin vacilaciones que “la gran estafa americana” no es la historia que nos cuenta David O. Russell sino la película en sí misma, como si la industria del celuloide americano nos hubiese colado otro gol por la escuadra. Ni tanto ni tan poco. Cierto es que la película no es para tirar cohetes, que se trata de un relato bastante lineal hasta que llegamos al desenlace, pero no podemos juzgar el film por las expectativas incumplidas que nos habíamos dejado generar.

La gran estafa americana nos muestra un relato de cierta tensión, no podemos negar que es una película entretenida, pero el golpe de efecto, lo que se supone da sentido a la historia y a ese ruido mediático, llega demasiado tarde y dura muy poco. Dicho de otro modo, que sí, que la cosa tiene su gracia, pero que en El lobo de Wall Street Martin Scorsese hace que nos lo pasemos en grande con un espectáculo que va desde el minuto uno hasta el último y además nos ofrece unos personajes que le dan mil vueltas a los de La gran estafa americana. Porque por mucha Amy Adams, Bradley Cooper y Christian Bale que tengamos, de donde no hay mata, no hay patata. Vamos, que son grandes actores, pero hay que reconocer que los personajes que interpretan no dan mucho de sí. Adams (Julie y Julia, La guerra de Charlie Wilson) es una gran actriz, qué duda cabe, pero en la película no tiene que enfrentarse a grandes dificultades para cumplir con su papel. Lo mismo ocurre con Bradley Cooper (Resacón en Las Vegas), Jennifer Lawrence (Los juegos del hambre) y, mal que pese a muchos, con Christian Bale. Bale es de los grandes y es el alma de esta película, pero Irving Rosenfeld no es el personaje más complicado que ha interpretado, ni de lejos. Sí me ha seducido, sin embargo, el trabajo de Jeremy Renner (En tierra hostil, El legado de Bourne) en la piel del alcalde Polito.  

En definitiva, que quizá sí que hay mucho ruido y pocas nueces, que la película no está mal, pero no asombra. Que hay buenos actores pero no se les ha sabido exprimir al máximo con unos personajes más complejos. Que por mucha taquilla que haga el film, sería extraño que La gran estafa americana arrasase en los Oscar. Que dentro de unos meses seguramente pocos hablarán de esta película pero todavía habrá quien vaya recomendado El lobo de Wall Street, de Scorsese. Scorsese, ah, ese genio. 

lunes, 27 de enero de 2014

Más de lo mismo en ‘Nymphomaniac 2′



Segunda parte de Nymphomaniac, la película de Lars von Trier de cuatro horas de duración que nos ha llegado dividida para su mejor digestión o para que los espectadores acabemos pagando dos veces para enterarnos de casi toda la historia. Casi, porque lo que pasa por los cines es, de momento, una versión abreviada (incluso censurada, dicen ellos) a falta de que en la Berlinale se estrene la versión íntegra.

Acababa la primera parte dejándonos la incógnita de hasta qué punto la vida de la ninfómana Joe iba a desatarse. Sabíamos que sus necesidades sexuales la habían llevado a tener hasta diez relaciones al día, que sus juegos no parecían tener límite y que ya desde la adolescencia apuntaba maneras. Ahora bien, por mucho que nos quisieran vender así la película, escandalosa, escandalosa, no era por muchas imágenes de penes que viéramos. Y precisamente por esa razón esperaba que la segunda parte fuese la explosión que nos habían prometido, lo que diera sentido a esas cuatro horas de proyección. Pero vistas ambas partes, lo cierto es que la segunda se la podría haber ahorrado.

No es que la vida de Joe no dé para cuatro horas. De hecho, Lars von Trier podría haber hecho dos partes más si hubiera querido, pero la paciencia del espectador no es infinita. Lo único que justifica esta segunda entrega es, por un lado, la iniciación al sado por parte de la protagonista (veréis a Jamie Bell dándole con una fusta) y, por otro, hasta qué punto sus apetencias sexuales pueden convertir la perversión en maldad, nada que no nos pudiera haber dejado claro Lars von Trier en la primera entrega. Por lo demás, Nymphomaniac 2 es como la anterior, una sucesión de capítulos anotados por las observaciones de un Seligman (Stellan Skarsgard) que acaban agotando. Que si la pesca, que si las fugas de Beethoven no tienen nada que envidiar a las de Bach, que si tal cuadro es posiblemente una copia de Rublev o que si aquella mujer que había aparecido en las fantasías de Joe siendo niña era en realidad la ramera de Babilonia cabalgando sobre una bestia. Entiendo el juego del director (o eso creo) y es cierto que sirven para configurar la psicología del personaje que interpreta Skarsgard, pero volvemos a lo mismo: Lars von Trier lo podría haber resuelto en la primera parte.

Y en cuanto a las escenas de sexo, pocas son explícitas y las que lo son no eran realmente necesarias. En algunos momentos incluso acaban resultando demasiado grotescas, como esa escena en la que Joe se encuentra desconcertada entre dos enormes penes negros mientras ellos discuten sobre algo en una lengua africana que ni ella ni nosotros entendemos. En definitiva, no es que esta  Nymphomaniac 2  no esté a la altura de la primera entrega, sino que es una extensión bastante lineal y, para muchos, seguramente prescindible. Reconozco que esperaba más. Al salir del cine me queda una sensación extraña… Como si me hubiesen dado gato por liebre. Como si el director, en el fondo, hubiese abusado un poco de nuestra ingenuidad. 

miércoles, 22 de enero de 2014

'El lobo de Wall Street', el festín cinematográfico de Martin Scorsese



Cómo hablar de Wall Street sin decir lo que ya se ha dicho tantas veces en el cine y sin caer en tópicos: que si la ambición, que si la frialdad a la hora de hacer negocios, la frustración cuando cae la bolsa, cierta corrupción, cómo afecta lo laboral en lo familiar… Martin Scorsese quería huir de clichés o, al menos, explicarlos de una manera diferente. En el último proyecto que ha caído en sus manos, una producción de 100 millones de dólares, el director de películas como Taxi driver, Casino, El cabo del miedo, Gangs of New York o El aviador ha llevado al extremo la historia del corredor de bolsa Jordan Belfort (Nueva York, 1962), quien amasó una fortuna a base de delitos como manipulación del mercado de valores o blanquero de dinero.

En El lobo de Wall Street el protagonista es Leonardo DiCaprio (también productor de la película), con cuyo papel ha ganado recientemente su primer Globo de Oro y está nominado como mejor actor en los Oscar, aunque el favorito es Matthew McConaughey por su interpretación en Dallas Buyers Club. Lo gane DiCaprio o no, lo cierto es que el papel de Jordan Belfort le ha venido como anillo al dedo al actor fetiche de Scorsese para demostrar nuevamente lo que es capaz de hacer gracias a un personaje que acaba desquiciado por todo aquello que lo había acercado a su particular paraíso: las drogas, el sexo y el dinero. 

La película arranca con un Jordan Belfort con traje de novato aterrizando en una agencia de corredores de bolsa, donde descubre un mundo de tensión y adrenalina que lo atrapa. Uno de los tipos más experimentados que ahí trabajan (Matthew McConaughey) le explica a Belfort que está entrando en un mundo donde es necesario drogarse, beber y masturbarse al menos un par de veces al día para poder cumplir con sus objetivos y hacerse millonario. El de McConaughey es un papel en apariencia poco importante, breve, pero que, sin embargo, le sirve a Scorsese para introducirnos en la película de forma rápida y directa. Algo así como un aviso tipo “¿ves lo que está contando McConaughey?, pues prepárate para lo que vas a ver”.

Y lo que vamos es una bacanal, una orgía económica que lleva a los personajes a los extremos del descontrol y la ambición. No es solo lo que vive Belfort, sino como la empresa que ha creado en poco tiempo se ha convertido en el nido donde hombres y mujeres sin escrúpulos esperan amasar una fortuna a golpe de maniobras ilícitas. Uno de ellos es Donnie Azoff, interpretado por un sorprendente Jonah Hill (Lío embarazoso, Virgen a los 40, Django Unchained), acostumbrado a papeles muy secundarios, por no decir de poca importancia. Nominado al Oscar como mejor actor de reparto, Hill se pone en la piel de un don nadie que tras cruzarse con Belfort, consigue hacerse millonario. Azoff (que encarna a Daniel Porush, entonces socio de Belfort, en la vida real) es un ególatra arrogante, uno de esos hombres al que le basta una sonrisa para ganarse el desprecio de los demás. Scorsese ha exagerado el personaje, lo ha convertido en una especie de caricatura ridícula, con calcetines y cinturones de colorines y Hill ha conseguido lucirse.  

El lobo de Wall Street, nominada a 5 premios Oscar incluyendo mejor película y director, podría ser uno de los últimos filmes de Scorsese, quien ha mostrado varias veces su desencanto por una industria del cine que ya no es lo que era, aunque el director nunca ha dejado de adaptarse a las nuevas exigencias de los espectadores y, de hecho, basta repasar sus últimas películas (Gangs of New York, El aviador, Inflitrados, Shutter Island, La invención de Hugo y El lobo de Wall Street) para comprobar no solo su versatilidad, sino su capacidad para reinventarse y convencer a todo tipo de público. El lobo de Wall Street es una película desatada, divertida y llena de talento, un espectáculo en toda regla.  

lunes, 20 de enero de 2014

‘Agosto’, de Tracy Letts, también brilla en la gran pantalla



Cuando el dramaturgo de Oklahoma Tracy Letts escribió Agosto, poco podía imaginarse que en tan solo unos años su obra tendría la repercusión que ha conseguido hasta ahora y que se convertiría en tan poco tiempo en una especie de clásico moderno. Estrenada en el Imperial Theater de Broadway en 2007, tras ser presentada en el Steppenwolf Theatre de Chicago ese mismo año, Agosto (ganadora de un Pulitzer) ha sido representada ya en varias ciudades del mundo, incluidas Barcelona y Madrid, y ahora le ha tocado dar el salto a la gran pantalla con guión del propio Letts.  

Los que tuvimos la oportunidad de ver la obra de teatro sabíamos que no podíamos perdernos a Meryl Streep en el papel de Violet Weston, mujer temperamental, enferma de cáncer, marcada por la maldad de su madre, corroída por su propia amargura y capaz de aguarle la fiesta a cualquiera, incluidas sus hijas. Por otro lado, tampoco podíamos dejar de fijarnos en el trabajo de Julia Roberts en el papel de Barbara Wetson, la hija mayor de Violet, también una mujer de carácter, atormentada por un matrimonio frustrado y empujada a ser, tarde o temprano, la viva imagen de su madre. El tándem Roberts-Streep tenía lo suyo, entre otras cosas porque un personaje tan poderoso como el de Violet Weston y una actriz como Meryl Streep interpretándolo podían devorar a Roberts y Barbara y, en consecuencia, amenazar el equilibrio de la película. Se necesitaban dos actrices de altura para una película como Agosto.

No voy a negar, no obstante, que si bien me pareció acertadísima la elección de Streep, me sorprendió que se pensara en Roberts, no por falta de talento sino quizá por el exceso de silicona en los labios que me hacen pensar que Barbara necesitaba un aspecto más natural. Prejuicios aparte, hay que reconocer el espléndido trabajo de estas dos actrices que competirán en los Oscar por una estatuilla como mejor actriz principal (Streep) y mejor actriz de reparto (Roberts), aunque hay que recordar que en los Globos de Oro ambas se quedaron sin premio. Difícil lo van a tener Streep, ganadora ya de tres Oscar, que peleará, entre otras, con Cate Blanchett por Blue Jasmine y Amy Adams por La gran estafa americana. Sería una osadía pensar que Roberts se puede llevar una estatuilla y que Streep se fuera de vacío.  

Agosto cuenta el encuentro entre los miembros de una familia marcada por la frustración. Tras la desaparición y posterior muerte del padre (Sam Shepard), llegan a la vieja casa del Medio Oeste americano las hijas con sus parejas y la hermana de Violet, Mattie Fae Aiken (Margo Martindale), para celebrar el funeral. Barbara llega con su marido Bill (Ewan McGergor), de quien se está separando, y su hija Jean (Abigail Breslin); Karen (Juliette Lewis) con un novio mujeriego y engreído; e Ivy (Julianne Nicholson), esperando confesar que tiene una relación con su primo Charlie (Benedict Cumberbatch), el hijo de Mattie Fae Aiken y Charles (Chris Cooper). A medida que avanza la estancia en la casa familiar, cada uno de ellos irá mostrando sus flaquezas pero también su temperamento para defender un territorio existencial pisoteado por las circunstancias que les ha tocado vivir y sobre todo por la figura despiadada de la madre, drogada por las pastillas, que no duda en escupir veneno cada vez que le apetece. La película es un constante cruce de reproches y poco a poco vamos viendo que las mujeres de esa familia están estigmatizadas por la angustia y el miedo a la soledad.    

Vale la pena decir que Agosto no es un dramón al uso, sino una comedia dramática, sin escenas para echarse a llorar ni grandes lamentos pero sí con momentos divertidos. Los personajes están llenos de conflictos internos que nos son mostrados de forma grotesca y exagerada, algo teatralizada, lo que provoca que los espectadores asistamos a una especie de circo familiar, a veces triste y a veces mordaz. Estamos, en definitiva, ante una más que recomendable versión cinematográfica de John Wells que hace honor a la calidad del texto de Tracy Letts.  

martes, 14 de enero de 2014

‘A propósito de Llewyn Davis’, lo último de los hermanos Coen



Los hermanos Coen nos llevan esta vez al Nueva York de los años 60 para explicarnos la historia de Llewyn Davis, un cantante de folk que busca su oportunidad para vivir de la música. Davis es joven, tiene talento y se mueve por el Greenwich Village, el lugar que sirvió de punto de inflexión a cantantes de envergadura como Bob Dylan. Sin embargo, él no tiene suerte. Malvive con lo poco que gana de sus actuaciones después de pasar la cesta por el público y duerme en casa de amigos con quienes guarda una relación a veces tirante.  

De la última cinta de Ethan y Joel Coen (Fargo, El gran Lebowski, Quemar después de leer, No es país para viejos) se dice que con la que más guarda relación es con O Brother! (2000), por los tintes homéricos que guardan ambas historias. Este Llewyn Davis es un tipo que sale de su casa para embarcarse en la gran odisea de vivir de su música y que se resiste a tirar la toalla a pesar de que los infortunios no le dan un respiro. Viaja desde Nueva York a Chicago para conocer a un productor y regresa como puede. En ese camino va acompañado de un tipo molesto, un hombre gruñón con problemas para moverse y casi para respirar, una especie de mosca cojonera que interpreta John Goodman, actor que ya apareció en O Brother! y que era el trasunto del cíclope con el que se encuentra Ulises en la Odisea de Homero. En A propósito de Llewyn Davis hay que decir que tenemos a más de un Ulises, aunque ya se encargará el espectador de encontrarlos.

Efectivamente, la lucha de Davis es una odisea, solo que bastante lineal y con la sensación de que hay algo que se repite constantemente. El carácter del protagonista no es el del personaje de Homero ni el de aquel otro que interpretaba George Clooney en O Brother!, sino más bien el de un tipo falto de carisma, sin suerte, con oficio pero sin beneficio, soñador pero enganchado al fracaso. Dicho de otro modo, con el talento suficiente pero seguramente con la actitud equivocada. Y esa falta de chispa  del personaje (vamos a llamarlo así) hace que su viaje se me haga un tanto aburrido. La odisea de Davis es tranquila a más no poder, ni le acompañan personajes emocionantes ni se encuentra con ellos. Es como si todo lo que orbitase alrededor del protagonista estuviese impregnado de desencanto y cierta modorra.  

A propósito de Llewyn Davis es un producto cinematográfico correcto, con una banda sonora magnífica y un personaje central bien interpretado por el actor guatemalteco Oscar Isaac (Drive, El legado de Bourne, Che: El argentino), quien ha llevado a cabo aquí el proyecto más ambicioso de su carrera. También destacable la participación de Justin Timberlake, especialmente en esa escena cantando Please Mr. Kennedy con Isaac y el actor Adam Driver. Pero para mí no deja de ser eso, una película correcta, a veces emotiva e ingeniosa pero a veces también pesada.   

jueves, 9 de enero de 2014

‘La gran belleza’, la decadencia de la ‘dolce vita’



Hay que reconocer que a veces la vida se vuelve cabrona y nos deja dando bandazos ante un futuro vacío de estímulos, a veces directamente convertido en un páramo desolador, con la desgana de mirar hacia atrás porque para qué. En cierto momento, lo que uno ha vivido y lo que ha dejado de vivir ya no cuentan (pesar, pesa, pero no cuenta). Y así vamos disfrutando de los buenos momentos intentando aligerar la banalidad y participando todavía de la gran belleza de nuestra existencia aunque sea tomándonos el pelo a nosotros mismos de vez en cuando.

Los personajes de la última película de Paolo Sorrentino, La gran belleza, han llegado a cierta edad, entre los cincuenta y tantos y los sesenta y tantos. Son hombres y mujeres acomodados, que en su momento vivieron la gloria de ser jóvenes en una ciudad como Roma con todo el viento a favor, pero que ahora se enfrentan al abismo existencial. Algunos se reconocen en esa situación, como el protagonista, Jep Gambardella (Toni Servillo), un periodista que acaba de cumplir 65 años, que triunfó hace décadas con el único libro que escribió, y que ahora vive con una mezcla de desencanto y resignación el día a día. Otros no. A su alrededor orbitan otros personajes, como un hombre (Carlo Verdone) que a pesar de haber superado los cincuenta, sigue soñando con hacer algo que le dé sentido a su vida; o una mujer que se niega a aceptar que lo poco que tiene es tan impostado como toda su existencia.

Pero en La gran belleza la procesión va por dentro y Paolo Sorrentino opta por presentarnos a sus personajes en una primera escena memorable. Una fiesta por todo lo alto, brillantemente rodada, donde el alcohol, la música y el desfase hacen que creamos que todo va sobre ruedas. Beben, bailan y brindan mientras la noche los aleja de sus propias vidas. Gambardella vive en un ático frente al Coliseum, una metáfora de que ha tenido Roma bajo sus pies, y es allí donde otras muchas veces organiza sus fiestas privadas donde nunca falta de nada. La vida del protagonista es una gran celebración donde la belleza y la muerte a veces llegan de la mano.

Es inevitable que muchos críticos hayan señalado la marca de Fellini en esta película de Sorrentino, sobre todo de La dolce vita, además de otras influencias del cine clásico italiano, como Antonioni. Y es que La gran belleza respira realismo por los cuatro costados, aunque también con cierto aire surrealista y decadente: tenemos algunos personajes excéntricos, como un joven trastornado por la idea de la muerte; un poeta que no habla y que es la pareja de la directora de la revista donde trabaja Gambardella, una enana sin complejos que a menudo se deja noquear por una borrachera; un vecino del protagonista que jamás contesta cuando éste le hace algún comentario en el ascensor; o una monja centenaria, altruista pero con el carácter agriado. La gran belleza es, a fin de cuentas, el retrato de una generación en decadencia donde cabe lo extravagante. No en vano, en un momento dado, Gambardella menciona el interés de Gustave Flaubert por escribir una novela sobre la nada y poco después habla del inicio de Nadja, una obra de André Breton, padre del surrealismo, que arranca con la frase “¿Quién soy yo?, ¿a quién frecuento”?.

Probablemente La gran belleza no sea una película para todo tipo de público. Son dos horas y media de una historia que a veces desconcierta y que propone muchos juegos (guiños, alusiones, complicidades…) al espectador y que es bueno que este sepa captar. De hecho, es de aquellos filmes que seguramente mejoran con un segundo visionado. No me parece una película perfecta, pero en esencia propone una estimulante reflexión sobre la vida, sus ciclos y sus trampas y, desde luego, lo hace de una forma original. Y no podría cerrar esta reseña sin aplaudir, tanto como haga falta, la banda sonora y la espectacular interpretación de Toni Servillo, un maestro.

jueves, 2 de enero de 2014

‘La vida de Adèle’, de lo concreto a lo universal en el amor



A punto de desaparecer de las carteleras de cine en España, tras algo más de dos meses de proyección, finalmente he ido a ver La vida de Adèle, la película que ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes y que llegó envuelta en una sorprendente polémica por el cruce de declaraciones entre el director, Abdellatif Kechiche, y parte del equipo, especialmente la actriz Léa Seydoux, quien denunció públicamente las duras condiciones de trabajo que imponía Kechiche, sus arrebatos de cólera y su obsesión por rodar una y otra vez determinadas escenas en apariencia sencillas.

De La vida de Adèle se había dicho también, antes del estreno en España, que las interpretaciones de las dos actrices principales, Seydoux (Midnight in Paris, Malditos bastardos) y Adèle Exarchopoulos (La redada, Los niños de Timpelbach), eran de altura. El propio Steven Spielberg, presidente del jurado del Festival de Cannes, destacó el trabajo de estas dos actrices. La otra cuestión que sabíamos era el alto contenido de sexo lésbico de la película. Información todo ello que viene bien para que un filme pase lo menos desapercibido posible, pero que tampoco nos dice nada relevante sobre esta historia basada (de forma libre) en el cómic El azul es un color cálido, de Julie Maroh (en España ha sido publicado por Dibbuks).

La vida de Adèle nos habla de una adolescente (Exarchopoulos) que, estando en el instituto, descubre que se siente atraída por las chicas cuando se cruza con Emma (Seydoux), unos años mayor que ella, estudiante de Bellas Artes. En ese momento, empieza la batalla de Adèle por encontrarse a sí misma. Mientras, la vemos envuelta en las clásicas conversaciones de adolescentes en torno al sexo (que si te tendrías que tirar a este, que si aquel otro va detrás de ti), así que, en mitad de las dudas, accede a tener una relación breve con un chico de su instituto, quizá para saber qué siente realmente o quizá para no sentirse un bicho raro.

La película de Kechiche muestra lo que siente un/a adolescente/a cuando descubre por primera vez que se siente atraído/a por personas de su mismo sexo. La vida de Adèle está protagonizada por dos chicas, pero la esencia de esta historia no cambiaría si fueran dos chicos, puesto que a fin de cuenta habla del amor, el sexo, las contradicciones que se experimentan cuando se entra en la vida adulta, la relación con los padres, los tabús propios y ajenos. Pero la película evoluciona y lo que en un principio es un retrato sobre el descubrimiento de la homosexualidad, luego se convierte en una historia de amor como otra cualquiera: el vivir en pareja, salir con los amigos del otro, cómo encaja la vida laboral en lo personal, los celos o las pequeñas insatisfacciones que empiezan a dejarse ver.

Kechiche ha sabido pasar de lo concreto a lo universal. De lo particular de una historia entre dos chicas lesbianas a lo que todo ser humano ha sentido alguna vez, que es, a fin de cuentas, lo que provoca el amor: sus buenos momentos y sus episodios más amargos. Cierto es que hay escenas de sexo explícitas que dotan a la relación entre Emma y Adèle de una pasión desbordada y que dejan casi en anécdota las escenas más subidas de tono de Nymphomaniac de Lars von Trier, pero el sexo no es el motor de la película. Y, como bien apuntaban las voces de Cannes, no solo hay que destacar el trabajo del director (más allá de las polémicas que han suscitado sus metodologías), sino las espectaculares interpretaciones de Seydoux y Exarchopoulos, especialmente valiosa la de la segunda, cuyo papel es más complejo. En definitiva, una película arriesgada pero bien resuelta, que no cae en clichés ni superficialidades y que apunta a lo más profundo del ser humano.

domingo, 29 de diciembre de 2013

‘Lore’, un viaje desde las entrañas del nazismo



Nueva película sobre el nazismo. Se trata de Lore, de la directora australiana Cate Shortland, basada en el libro El cuarto oscuro de Rachel Seiffert. Corre la primavera de 1945 y la Alemania de Hitler vive sus últimos días. Durante la gloria del Tercer Reich, la familia de la joven Lore ha sabido vivir acomodada gracias a que el padre ha sido miembro relevante de las SS, pero con la entrada de los aliados en Alemania, se dan cuenta que deben enfrentarse a la justicia para pagar por lo que han hecho. Es en ese momento cuando Lore y sus tres hermanos pequeños se ven separados de sus padres (la madre, literalmente, los abandona). 

Lore (Saskia Rosendahl) se convierte de inmediato en una mujer adulta, puesto que tiene que ocuparse de sus hermanos y llevarlos a casa de su abuela, en Hamburgo, cruzando cientos de kilómetros de un país dividido y todavía hostil. En el camino se cruza con un joven algo enigmático (Kai-Peter Malina) que se presta a ayudarlos. A medida que caminan, se enfrentarán al hambre, a las nuevas fronteras de Alemania, a los soldados aliados y sobre todo tendrán que luchar contra sí mismos, especialmente Lore, educada de forma férrea bajo las premisas nazis, que empieza a descubrir una realidad que desconocía, empezando por las fotografías de cadáveres en los campos de concentración que ya circulan por el país.

La película nos muestra a una joven alemana que poco a poco ve que lo que le habían explicado es mentira, que ella había sido una pieza más de un engranaje de fanatismo, que ese tipo llamado Hitler quizá había llevado a los alemanes por un camino de odio totalmente enfermizo, que sus padres no eran las personas ideales que ella creía y que especialmente el padre había participado en el exterminio de judíos, personas a fin de cuentas que probablemente tampoco eran lo que le habían contado. Todo esto, no obstante, no se nos muestra de forma totalmente explícita, sino que se nos sugiere. Es el espectador quien debe prestar atención a los detalles. Lore me ha parecido una película de gran fuerza visual con una historia interesante, pero siento que le ha faltado algo, quizá esos momentos en que la protagonista entra en contradicción consigo misma deberían haberse exprimido más ya que a veces aparecen demasiado atenuados. Dicho de otro modo, entiendo lo que la película quiere transmitirme, pero creo que la directora podría haberle sacado más partido a los puntos fuertes de esta historia.     


sábado, 28 de diciembre de 2013

‘Nymphomaniac’, la nueva provocación de Lars von Trier



Se ha hablado mucho últimamente de la nueva película del danés Lars Von Trier, director tan respetado para unos y tan aburrido para otros. Suyas son películas rompedoras, siempre con ese espíritu de provocación, como Bailando en la oscuridad, Dogville, Manderlay, Anticristo o Melancolía. En esta ocasión parece que Lars Von Trier ha querido superarse con una película larguísima de cuatro horas, que se estrena en dos partes, la primera de ellas el pasado día de navidad y la segunda llega en enero.

Antes de su estreno, de Nymphomaniac ya se hablaba que iba a ser un escándalo, que iba a pegar fuerte, primero que íbamos a ver a actores conocidos como Jamie Bell (Billy Elliot) o Uma Thurman (Kill Bill, Pulp fiction) practicando sexo explícito y luego que en realidad en las escenas más tórridas iban a ser doblados por actores porno. Pero todo lo que se hablaba de la película eran meras conjeturas, provocaciones y un hábil juego al despiste del equipo de Von Trier. Tocaba ir al cine para ver qué era realmente lo que acaba de crear el director danés, aunque sabiendo que nos íbamos a quedar a medias, al menos hasta enero.

La Nymphomaniac que podemos ver en cines, ya se nos avisa al empezar la proyección, es una versión censurada o abreviada, aunque la película íntegra (de unas cinco horas) se estrenará en la próxima edición de la Berlinale, en febrero, y fuera de concurso. ¿Pero qué es realmente Nymphomaniac? Es la historia de Joe (Charlotte Gainsbourg), una mujer que tras ser encontrada dormida (o inconsciente) en mitad de la fría calle por un hombre solitario, Seligman (Stellan Skarsgard), decide contarle qué le ha llevado a esa situación. Y ahí empieza el relato de su vida, desde que siendo una niña se dejaba seducir por los juegos, todavía inocentes, de su amiga, pasando por la pérdida de virginidad y su posterior necesidad de acostarse al menos con diez hombres cada día. Pero lo cierto es que hay mucho más que eso y quedarse en el plano puramente sexual de la película sería excesivamente simplista, más aún si tenemos en cuenta que detrás está la firma de Lars Von Trier. Claro que precisamente por ser obra de quien es, uno nunca sabe a lo que atenerse y quizá el director, en el fondo, está jugando con nosotros para que busquemos una explicación algo más profunda en nosotros mismos.

Efectivamente, en Nymphomaniac hay mucho sexo, aunque desde luego no tan descarado, ni llevado tan al extremo como nos habían hecho pensar (recordemos, no obstante, que estamos hablando por hablar, puesto que solo hemos visto la primera parte, abreviada o censurada, y todavía no sabemos qué nos deparará la segunda). Sí vemos a una mujer sedienta de experiencias sexuales diferentes, pero el relato todavía no es tan diferente de otros muchos que se han hecho, al menos en la literatura, de la condición de adicto/a al sexo. Digamos que la primera parte parece una larga introducción a la explosión que quizá nos encontremos en la segunda. En estas primeras dos horas, el espectador puede sentirse cercano al pensamiento de Seligman, cuando insistentemente le dice a Joe que no se castigue, que tampoco es para tanto lo que ha hecho, aunque obviamente sabemos que la protagonista de esta historia es una mujer sin escrúpulos y claramente desatada.  

Otra cosa sería analizar lo que se esconde detrás de ese deseo sexual. Podríamos pensar que es la consecuencia de un acercamiento demasiado temprano al sexo (algo que resultaría absurdo hoy en día) o de la manera como, siendo muy joven, su amiga le animaba a llevar a cabo juegos cada vez más perversos (una explicación que, nuevamente, sería sesgada). Ahí es donde parece que entra el rompecabezas de Lars Von Trier: ¿qué vemos nosotros en Nymphomaniac?, ¿qué explicación le damos a la historia y la vida de Joe?, ¿la reprochamos o nos mostramos condescendientes?, ¿sentimos la necesidad de fantasear con nuestros límites o preferimos situarnos en el extremo más opuesto?, ¿la tachamos de inmoral, de víctima o de despiadada? Parece lógico pensar que cada espectador tendrá sus respuestas y que estas deberán completarse con el estreno de la segunda parte. 

domingo, 6 de enero de 2013

‘Los miserables’ siguen entonando su voz



 
Quién le iba a decir al escritor francés Victor Hugo que 128 años después de su muerte, una de sus obras maestras, Los miserables, iba a seguir dando tanto juego. La adaptación al teatro en forma de musical se ha representado en 38 países desde su estreno en París en 1980 –entre ellos España- y actualmente es el musical más longevo en el West End de Londres por delante de El fantasma de la ópera. Sigue vivo y con éxito. En 1998, el director danés Bille August llevó al cine la novela de Hugo con guión de Rafael Yglesias en una producción estadounidense protagonizada por Liam Neeson y Geoffrey Rush. Además, se han podido ver varias adaptaciones para televisión –la más conocida la que interpretaron Gérard Depardieu y John Malkovich- y hasta una serie japonesa de animación.

Con estos antecedentes, proponerse una nueva versión cinematográfica de Los miserables supone enfrentarse a más de un reto. El más importante quizá es estar a la altura de una novela que no solo es una de las piezas magnas de Victor Hugo, sino que a su vez es una de las obra capitales de toda la literatura francesa. Y si esa versión es musical, tiene además que convencer a los que se han dejado seducir por una adaptación teatral veterana y con recorrido. Pero con directores como Tom Hooper (Oscar al mejor director por El discurso del rey), guionistas como William Nicholson (Gladiator  y Tierras de penumbra) y una plantilla de actores de la talla de Hugh Jackman (curtido en musicales, entre ellos el de La bella y la bestia) y Russell Crowe, cualquier reto parece fácil.

Jackman encarna a Jean Valjean, un hombre sin nada que llevarse a la boca que, tras cumplir 19 años de condena por robar una onza de pan, viola la condicional. Su rival es el inspector Javert (Crowe), que está dispuesto a lo que haga falta para darle caza. Anne Hathaway es Fantine, una mujer que lucha por asegurar la subsistencia de su hija, a quien apenas ve. Y Amanda Seyfried es Cosette, esa hija, cuando ya se ha hecho mayor. De esta última actriz no nos sorprende sus dotes para el musical, puesto que ya la vimos actuar en Mamma mia!, pero sí sorprende la gran actuación de Hathaway, a quien hemos podido ver en películas como Princesa por sorpresa o El diablo viste de Prada. Hathaway se ha reivindicado como una gran actriz con escenas memorables como cuando interpreta la canción I dreamed a dream. Ella necesitaba un papel como este, como lo necesitaba Jackman. Y, si me apuran, como lo necesitaba Russell Crowe, a quien uno no sitúa fácilmente en un musical. El reparto lo completan, entre otros, dos secundarios de lujo, como Helena Bonham Carter (El discurso del rey, Big Fish, Sweeney Todd) y Sacha Baron Cohen (Borat, Sweeney Todd, El dictador).

Los miserables es una de esas películas donde la excelencia brilla con plenitud: en el vestuario, en la fotografía, en el diseño de producción y muy especialmente en una inolvidable banda sonora. Una gran adaptación cinematográfica que llega probablemente en el momento más oportuno, cuando es más fácil ponerse en la piel de esos jóvenes franceses que salen a la calle para luchar contra un poder que los tiene sometidos, olvidados, condenados a la miseria. Se puede ser miserable de dos maneras: lo es el oprimido por desdichado y lo es el opresor por mezquino. Quién le iba a decir a Victor Hugo que en el siglo XXI todavía entonarían su voz los miserables.

lunes, 27 de febrero de 2012

Los Oscar reconocen el valor cinematográfico de ‘The Artist’



Era la favorita y ganó. The Artist, la película francesa, muda y en blanco y negro, dirigida por Michel Hazanavicius que convenció al público dentro y fuera de Francia y que sorprendió a Hollywood, se ha impuesto en los Oscar con cinco estatuillas, entre ellos el de mejor película, mejor director y mejor actor principal.

Una película muda en blanco y negro en plena era digital cuando Hollywood apuesta fuerte por el 3D. Una producción que rinde un homenaje a la historia del cine y que pide detenernos a reflexionar sobre los caminos que ha recorrido el celuloide y por los que va a transitar. Lo que cuenta The Artist es de una sencillez pasmosa: el protagonista es George Valentin (Jean Dujardin), un actor de éxito, un galán al que le basta su sonrisa perfecta o una mirada para dejar rendidas a sus fans. Es el mejor y lo sabe. Pero la técnica llega al cine y las películas mudas, en las que él es la estrella, dejan de interesar. George Valentine se niega a aceptar el cine sonoro y su carrera empieza a tambalearse.

The Artist es el retrato de una estrella que se apaga, un actor venido a menos como lo era, de algún modo, Calvero, el protagonista de Candilejas, la película de Charles Chaplin protagonizada por él mismo, o incluso Margo Channing (Bette Davis) en Eva al desnudo, entre otras. Todas ellas muestran mundos diferentes, pero coinciden en relatar el progresivo declive de un actor ante circunstancias que no espera (el paso del tiempo, una actriz más joven y atractiva o la técnica). Pero lo importante en The Artist no es solamente su historia sino todo lo que sugiere Hazanavicius.

The Artist no es una película muda de los años treinta, sino una producción del siglo XXI que rinde homenaje a los inicios del cine y que plantea una reflexión profundamente actual. Esto, que puede parecer una obviedad, no lo es tanto. Lo de Hazanavicius no es un capricho, sino una declaración de intenciones: que sí, que no hay que tenerle miedo a la tecnología ni a los nuevos tiempos, porque el cine sonoro no fue el final del cine ni los cambios que están entrando ahora en el séptimo arte van a acabar matándolo. Pero también hay una reivindicación del cine de siempre, del que apuesta por lo clásico y que no solamente tiene el apoyo del público, sino también de la Academia. En otras palabras: que The Artist, coincidiendo en cartelera con películas en 3D como La invención de Hugo, de Scorsese (ambas competían en los Oscar en las categorías importantes), establece un diálogo cinematográfico de lo más sugestivo y sobre todo supone un punto de inflexión en el cine del siglo XXI.

Definitivamente, lo que brilla en la película de Hazanavicius no es la historia que cuenta (obteniendo en los Oscar las estatuillas a mejor película y mejor director, el mejor guión original se lo llevó Woody Allen con Midnight in Paris, otro de los directores que nunca dejan de reflexionar sobre el cine y la forma de hacer cine). La Academia ha premiado un trabajo que el cine necesitaba, una película de calidad pero arriesgada, una apuesta que se aparta del ritmo siempre acelerado con el que vive el celuloide, especialmente en Hollywood. La carrera desenfrenada de las superproducciones, los efectos especiales y el 3D es posible, pero algunos todavía piensan en hacer otras cosas y para los que deciden arriesgarse, el público siempre tiene preparada una respuesta. Y a veces resulta que todo funciona y la Academia te da cinco premios Oscar, entre ellos, el de mejor película.

sábado, 17 de septiembre de 2011

‘El árbol de la vida’, de Terrence Malick



Por muy mal que nos vayan las cosas, qué insignificantes parecen nuestros problemas si los comparamos con la vastedad del universo. Eso debió de pasarle por la cabeza al director estadounidense Terrence Malick cuando pensó en el guión de El árbol de la vida, película que llega ahora a nuestras pantallas tras ganar la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes. En ella, Malick hace una profunda reflexión sobre el mundo interior de cada uno, lo que nos atormenta, lo que nos estigmatiza, lo que no entendemos y lo que sentimos cuando parece que lo tenemos todo y en realidad no tenemos nada.

Sean Penn interpreta a un arquitecto de éxito que no acaba de encontrar la calma necesaria que le haga feliz. Para dar con las razones de su desasosiego, echa la vista atrás y busca en su infancia, marcada por la estricta autoridad de un padre religioso, frustrado, que jamás consiguió ser lo que soñaba y que volcaba en la ferrea disciplina de sus hijos su propia insatisfacción. El padre, interpretado por un magistral Brad Pitt, era uno de esos americanos de los años 50 que ante sus hijos no era “papá”, sino “señor”. Una típica familia patriarcal de la América profunda de arraigadas convicciones religiosas y morales, pero a la vez ambiguas. Una ambigüedad que jamás entendian sus hijos y que se muestra en un frase sencilla, pero cargada de sentido: “nos dice que no pongamos los codos sobre la mesa, pero él los pone”.

El árbol de la vida (símbolo teológico, filosófico, pero, sobre todo, místico que explica la interconexión de la vida en nuestro planeta) es un constante juego de flashbacks y digresiones que alternan la narración de la experiencia humana con la inmensidad del universo mediante diferentes escenas de la naturaleza: un volcán en erupción, una imagen del espacio exterior, dos dinosaurios que se pasean cerca de un riachuelo o la vida microorgánica. De ese modo, Malick plantea una estimulante reflexión sobre lo que somos, el tiempo en el que vivimos, nuestra trascendencia, pero también nuestra insignificancia. En un momento de la película, el padre le dice a uno de sus hijos: “te callarás durante media hora y no hablarás a menos que tengas algo realmente importante que decir”. Más allá del relativismo que supone juzgar lo que para cada uno es importante, el director se vale de este mismo recurso para crear su película: el diálogo es mínimo y solamente aparecen las palabras cuando tienen que aparecer, siendo estas tan importantes como el silencio.

Desde el punto de vista estético y técnico, El árbol de la vida es un producto cinematográfico de primer orden, impecable y lleno de preciosismo (atención a la banda sonora, la fotografía y el montaje). Sin embargo, toda esa sublimación es el principal handicap de la película: no es un film para todos los públicos, sino más bien un experimento para aquellos cinéfilos que esperan propuestas como éstas, donde el lenguaje audiovisual es tan importante o más que la historia. Pero ocurre que incluso para los que esperamos este tipo de películas, hay que reconocer que hay un abuso de la retórica cinematográfica y el film podría haber sido perfecto si se le hubiese pasado la tijera por esos excesivos (y, a veces, eternos) planos sobre la Vida en mayúsculas, el universo. A Malick le ha sobrado un poco de Malick, pero El árbol de la vida sigue siendo una película que, cuanto más tiempo pasa tras el visionado, más cuesta olvidarla.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Un nuevo Almodóvar para ‘La piel que habito’



Mucho se ha hablado de la nueva película de Pedro Almodóvar desde que el manchego pasara por el Festival de Cannes el pasado mes de mayo. Entre algunas críticas demoledoras y otras profundamente entusiastas, le queda al espectador la agradable tarea de ir al cine y juzgar por sí mismo si La piel que habito ha resultado un estimulante experimento cinematográfico o se ha quedado en el intento. Una cosa está clara: este Almodóvar no es el mismo de siempre, pero la película respira Almodóvar por los cuatro costados.

La piel que habito, basada en la novela Tarántula de Thierry Jonquet, se adentra en los terrenos del thriller, aunque claramente va más allá: también es una historia de pasión, drama, venganza, locura, confusión, dobles sentidos, y, cómo no, sobre la cuestión de la identidad. Antonio Banderas interpreta a Robert Ledgard, un cirujano marcado por la tragedia que no piensa renunciar a lo que ha perdido. Cuando su mujer sufrió un accidente, en el que se vio envuelta en llamas, Robert decidió investigar la creación de una piel artificial que le devolvería su antiguo aspecto y borraría las quemaduras de su piel. Sería una piel a prueba de agresiones externas, pero perfectamente compatible con el cuerpo humano. Sin embargo, las cosas no salen como él espera. Lejos de abandonar su proyecto, Robert tendrá una nueva oportunidad de ir más allá y devolver el orden a su vida.

No debió ser difícil para Antonio Banderas interpretar a Robert Ledgard, al menos sabiendo que Almodóvar quería dotar de máxima neutralidad al personaje sin olvidar que se trata de un papel que debe transmitir complejas emociones al espectador. Pero Banderas brilla en todo momento y me atrevería a decir que es lo mejor de la película. Con él, compartiendo protagonismo, una también impecable Elena Anaya. En cambio, me cuesta creerme el papel en plan seductor de Jan Cornet (Vicente en el film) y el de Marisa Paredes (Marilia), aunque reconozco que quizá es porque la relaciono demasiado con aquella Huma Rojo de Todo sobre mi madre.

Lejos de las interpretaciones, una de los aspectos más débiles de la película son los momentos de humor involuntario que provocan las escenas dramáticas. Es cierto que a uno le sale la risa tonta cuando no toca (sobre todo en el desenlace), algo que entenderíamos como puramente almodovariano si fuera premeditado, pero que, sin embargo, el director ha negado que así sea. Otra de las cuestiones que perjudican la película son las escenas demasiado inverosímiles (son pocas, pero las hay): si una moto va a 120 km/h y otro vehículo le impacta, es poco probable que el conductor caiga al lado de la cuneta y se levante como si nada. ¿Es esto justificable solamente porque el director sea Almodóvar?

En líneas generales, como un trabajo de transición hacia una nueva etapa del cine de Almodóvar, La piel que habito me parece una película interesante y arriesgada, aunque también algo atropellada (como si el director no hubiese podido resolver todas las dificultades a las que se enfrentaba). No obstante, es una propuesta estimulante, un experimento que Almodóvar necesitaba para demostrar que puede reciclarse y moverse en otros registros (incluso, como en las novelas de Agatha Christie, demuestra habilidad poniendo sutiles pistas a lo largo de la historia). No es una obra perfecta, pero abre una puerta al futuro.

viernes, 26 de agosto de 2011

Estocolmo sigue siendo criminal en ‘Dinero fácil’



A estas alturas a nadie le sorprende leer una novela o ver una nueva película cuyo tema central sea la violencia en alguno de los países nórdicos. Suena ya repetitivo, pero desde la fiebre Stieg Larsson, Suecia ya no es lo que era, al menos para los que desde el sur de Europa veíamos aquellos fríos paisajes escandinavos como territorios a salvo de la criminalidad. Aunque ya había género negro en Suecia mucho antes de la trilogía Millenium, parece que solo desde entonces el crimen se ha dejado por allí.

Dinero fácil, dirigida por el sueco Daniel Espinosa, se centra en la peligrosa ambición del joven JW, estudiante de negocios que aspira a tener tanto dinero como sus ricos compañeros de clase para estar a su altura y no sentirse inferior ante su nueva y adinerada novia. Por el día es un hombre responsable, inteligente y plenamente centrado en su carrera, mientras que por la noche se pierde por los bajos fondos de Estocolmo para ganar dinero de cualquier modo, como haciendo de taxista clandestino. Ahí, uno de sus enlaces le propone un trato que le hará obtener mucho dinero en poco tiempo, aunque eso significará cruzar una frontera que antes no podía imaginar: entrar en el tráfico de drogas y meterse de lleno en la batalla entre diferentes mafias que luchan por defender su territorio.

La película está basada en la novela homónima de Jens Lapidus, primera entrega de su Trilogía Negra de Estocolmo. Dinero fácil se aleja bastante de las clásicas tramas del género negro sueco en las que hay un asesinato y un investigador (policía, periodista o escritor) tiene que rastrear el pasado de la víctima para encontrar al culpable. Esta trama va más en la línea de las novelas y películas americanas sobre bandas criminales y narcotraficantes, pero con Estocolmo como telón de fondo. No en vano, en su momento la crítica comparó a Lapidus con James Ellroy y Hollywood ya ha comprado los derechos para un remake, dado el éxito de la película en Suecia (medio millón de espectadores en tres semanas).

Pero lo cierto es que lo único nuevo que aporta Dinero fácil es precisamente el hecho de situar una trama que parecía denominación de origen hollywoodiense en Estocolmo, aunque sin la acción de la producciones americanas, lo que provoca que en algunos momentos la película se eternice. En este sentido, el film resulta más bien modesto y el interés se acaba centrando más en la curiosidad por ver cómo el director se desenvuelve en este tipo de películas que en conocer un desenlace que acaba siendo demasiado forzado.


EL CARTEL / EL LIBRO


miércoles, 6 de julio de 2011

El mismo ‘resacón’, pero en Tailandia


Si algo funciona, para qué cambiar. Eso debieron pensar los productores de Resacón 2, película que sigue con la fórmula de Resacón en Las Vegas, aquella en la que un grupo de solteros se iba a la ciudad de los casinos para celebrar que uno de ellos iba a casarse. Al día siguiente de la gran juerga, en cambio, veían que se encontraban en un estado lamentable mientras apreciaban en su entorno que durante esa noche algo se les había ido de las manos. En esta ocasión, tenemos la misma estructura, los mismos personajes y parecidas situaciones desmadradas, pero en vez lugar de ser en Las Vegas, es en Bangkok.

Stu (Ed Helms) va a casarse con una tailandesa, por lo que invita a su grupo de amigos a cruzar el océano para asistir a la boda. Aunque en principio Stu no tiene pensado celebrar ninguna despedida de soltero, finalmente acaba cediendo, de forma accidental, y repiten el despropósito de Las Vegas. A la mañana siguiente descubren que el hermano pequeño de la prometida de Stu ha desaparecido en Bangkok y se ponen a buscarlo contrarreloj, antes de que llegue el momento de la boda. Lo primero será recordar qué ha sucedido durante esa noche.

La película, como la primera parte, propone una aventura disparatada y entretenida, pero los momentos en los que uno se deja llevar por la carcajada no son más que dos o tres, aquellos en los que más allá de situaciones absurdas, hay cierto ingenio. Para el espectador que disfrutó con Resacón en Las Vegas, esta segunda entrega le divertirá del mismo modo porque contiene idénticos ingredientes (cambia el escenario, eso sí), pero si no les convenció la primera, no esperen encontrar una mejoría en Resacón 2: ¡Ahora en Tailandia!. Eso sí, todo hay que decirlo, viendo las comedias que llegan últimamente de Hollywood, esta es de las que se salvan.

domingo, 2 de enero de 2011

'Ahora los padres son ellos', una comedia sin gracia


Estos días me he dejado llevar por el aburrimiento y he visto Ahora los padres son ellos, la tercera entrega de la serie de comedias protagonizadas por Ben Stiller y Robert de Niro y que empezó en 2000 con Los padres de ella. En líneas generales, la película es igual de floja que la anterior, Los padres de él: típica comedia sin gracia que uno ve porque no tiene nada mejor que hacer en ese momento.

Las situaciones son más o menos las mismas de siempre: el personaje que interpreta De Niro, el suegro obsesionado con controlarlo todo, sospecha que su yerno (Stiller) no es el mejor partido para su hija, así que empieza a investigarlo. Teóricamente, los malentendidos entre ambos hacen que haya escenas de humor, pero salvo una en concreto, no he encontrado nada que me haya hecho reír. El guión es soso, sin gracia, y la película es como exprimir una naranja ya exprimida.

Los personajes que interpretan Barbra Streisand y Dustin Hoffman (los padres de él) no tienen ningún tipo de gracia tampoco, ni en la anterior película ni en esta. De hecho, Hoffman no iba a salir en Ahora los padres son ellos porque no estaba de acuerdo con lo que cobraría, así que rodaron la película sin él. Finalmente, se decidió a firmar el contrato y al participar en el filme, por lo que para no cambiar todo el guión, hubo que mandar al personaje a tomar clases de flamenco a España, rodar unas pocas escenas más y volver a montarla la película. Por cierto, que en esta ocasión Harvey Keitel tiene un pequeño papel muy secundario (un cameo más bien) muy desaprovechado.

De cualquier modo, supongo que nadie va al cine a ver Ahora los padres son ellos esperando encontrar una gran película, pero personalmente hace tanto tiempo que no veo una comedia americana que me haga reir de verdad. El propio Stiller tuvo su momento dorado con Algo pasa con Mary y Los padres de ella, pero desde entonces, cada filme en el que participa es un poco peor que el anterior.

lunes, 15 de noviembre de 2010

'El verdugo', Luis García Berlanga


Reconozco que de Luis García Berlanga, recién fallecido director de cine español, solamente he visto El verdugo. Protagonizada por Nino Manfredi, el filme relata cómo José Luis, un enterrador, se ve en la necesidad de convertirse en verdugo del Estado para acceder a una vivienda. Cuando él cree que nadie va a llamarle para requerir sus servicios, recibe un mensaje para que vaya a Mallorca a ejecutar a un preso mediante garrote vil. José Luis no quiere, pero su suegro, verdugo recién jubilado, le impulsa a que cumpla con su deber. A pesar de sus reticencias iniciales, accede a emprender ese viaje con la esperanza de que llegue el indulto y no tener que ejecutar al condenado.

La gran escena de El verdugo es, casi llegando al final, cuando aparecen en una sala blanca el condenado conducido por la Guardia Civil hacia el garrote vil y detrás el verdugo agarrado por funcionarios de la prisión. Ninguno de los dos quiere llegar al patio, uno porque va a morir y el otro porque va a matar. Esta escena es la que resume a la perfección la esencia de la película y es la primera en la que pensó Luis García Berlanga cuando un abogado le relató cómo había presenciado en una misma estancia el sufrimiento de una mujer a la que iban a matar y la angustia del verdugo que la iba a ejecutar.

La película es tremenda por varias razones. En primer lugar porque, a pesar de carecer de la perspectiva necesaria, refleja como nadie la sociedad española de los años 60. Amadeo (Pepe Isbert), el suegro de José Luis, representa a un hombre conservador, de poca cultura, de esos hombres de pueblo que iban con boina a todos lados. José Luis cumple con el perfil de hombre que renuncia a sus sueños por tal de guardar las apariencias. Él quiere marcharse a Alemania a trabajar, pero en un encuentro con la hija de Amadeo, la deja embarazada y se ve obligado a casarse con ella para satisfacer al suegro, que está demasiado preocupado por lo que pensarán los vecinos. De querer marcharse, José Luis acaba aceptando la boda e incluso la profesión que le impone Amadeo. Y Carmen (Emma Penella) es la típica española también de poca cultura cuya única preocupación es su familia: tener un piso en condiciones, cuidar de su hijo y que su marido traiga dinero a casa. La película refleja también de forma magistral la hipocresía de la sociedad española de entonces: aceptan la pena capital, pero que la ejecuten los demás. Los guionistas (entre ellos, Rafael Azcona) y el director supieron captar esa curiosa doble moral.

En segundo lugar, El verdugo es una dura crítica a la pena de muerte, aunque enfocado bajo un tono de humor negro. No hay que olvidar que esta película es de 1963, en plena dictadura franquista y cuando todavía se producían ejecuciones. García Berlanga supo darle el enfoque adecuado para mostrar cómo unos personajes ven en la pena de muerte algo normal y otros (el protagonista) algo abominable. El mensaje estaba claro: no nos gusta la pena de muerte, pero no nos queda más remedio que asumirla.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

'Los ojos de Julia', Guillem Morales


Ayer me dejé vencer por la tentación y entré al cine a ver Los ojos de Julia, la última película protagonizada por Belén Rueda, a pesar de que las críticas eran devastadoras. Rueda hace de Julia, una mujer que está a punto de quedarse ciega por una enfermedad crónica y que antes de perder la visión quiere saber qué paso realmente con su hermana Sara, ya que no cree que se suicidira aunque todo parece apuntar que así fue. En esa batalla, Julia se verá envuelta en una peligrosa carrera contrarreloj donde descubrirá la verdad y las mentiras de las últimas semanas de la vida de Sara.

Una vez vista la película, debo decir que salí del cine mucho más satisfecho de lo que me esperaba (quizá porque no me esperaba nada). El guión, de Guillem Morales (también director del film), depara varias sorpresas al espectador, pero lo importante (y difícil) es que desde el principio la película está llena de sutiles pistas que pueden ayudar al público a adelantarse al desenlace, aunque debo reconocer que yo no me adelanté a nada (será que estoy en baja forma porque las críticas también apuntaban a que la trama era más que previsible). Es cierto, en cambio, que Los ojos de Julia requiere en varios momentos la benevolencia del espectador, ya que hay determinadas escenas que no se sostienen demasiado porque son inverosímiles y forzadas, aunque personalmente las perdono porque en conjunto no creo que la película esté tan mal, ni mucho menos.

Belén Rueda sigue demostrando que es una excelente actriz (se luce haciendo de invidente) y la participación de Lluís Homar (el grandísimo Lluís Homar) siempre es un aliciente para ir al cine. Guilem Morales no es un director (y guionista) experimentado y quizá ha querido llevar a cabo un proyecto demasiado complicado, buscando referentes en el cine de terror y de intriga de los años 70 (el giallo italiano he leído por ahí), pero yo creo que hay que ser justos: si vamos al cine con una libreta y un boli en plan "soy el crítico más exigente del mundo", podemos sacar los errores que queramos; pero si vamos al cine a pasar una tarde-noche entretenida, Los ojos de Julia cumple con las expectativas sobradamente. Yo la he disfrutado.

domingo, 8 de agosto de 2010

Lo malo de ver 'Mujeres desesperadas' antes de ir a dormir...

Ayer pasé por un pueblo de la comarca de la Anoia, muy cerca de Igualada, en Barcelona. Iba con un amigo hablando de un sueño que me había angustiado durante la noche. En el sueño, yo había matado a tres personas, creo que todas jóvenes, y las había enterrado. Incluso en algún caso, había llegado a descuartizar el cuerpo. Este sueño, macabro, se debe a que estos días me he enganchado a la serie Mujeres desesperadas y, antes de irme a dormir, veo uno o dos capítulos. Los que conozcan la serie sabrán que gira en torno a un grupo de amigas que viven en una urbanización aparentemente idílica, pero que en el fondo oculta secretos tan terribles como el asesinato (con algún que otro descuartizamiento). Así que no es raro, creo, que si veo una serie antes de ir a dormir donde hay asesinatos, acabe soñando que yo soy uno de esos asesinos.

El problema empieza cuando, al pasar por ese pueblo de la Anoia, tuve que reducir la marcha del coche porque justo entraba en una estrecha calle peatonal. En ese preciso tramo es donde los jubilados del pueblo se sientan a charlar todas las mañanas y todas las tardes. Cuando pasé por al lado de ellos, a unos 20 kilómetros hora, fue cuando le estaba explicando a mi amigo el sueño angustioso que había tenido. Pero el tramo era tan corto, que los jubilados solamente escucharon "he matado a varias personas inocentes". No me di cuenta hasta que los ancianos se giraron de golpe (hay que ver qué oído más fino tienen a pesar de la edad) y se quedaron patidifusos. La frase era "en el sueño, yo estaba en mi casa pensando... ¡he matado a varias personas inocentes!"), pero, lo dicho, ellos sólo llegaron a escuchar la última parte.

Cuando me di cuenta de que claramente pensaban que yo debía ser un asesino, decidí no detenerme a almorzar en ese pueblo y seguir hasta el siguiente. Una lástima, porque la idea de llegar hasta allí era acabar en un restaurante concreto. Entiéndame: un pueblo de pocos habitantes, acostumbrado a la carencia de sobresaltos y de repente entra un desconocido con una frase inculpatoria... No sé si, al final, los jubilados pensaron que debía ser una broma, un malentendido o qué. Tampoco sé si apuntaron mi matrícula y luego fueron a la policía y en estos momentos estoy siendo investigado por asesinato. Pero, ¡lo juro!, la culpa la tiene la maldita serie Mujeres desesperadas. Qué caprichos tan inoportunos tiene el azar.