domingo, 2 de marzo de 2014

Una ‘Doña Rosita la Soltera’ massa naïf al TNC



A la Sala Gran del Teatre Nacional de Catalunya es recupera una obra de García Lorca especial per a Barcelona, Doña Rosita la Soltera o el lenguaje de las flores. Al 1935, la companyia de Margarita Xirgu la va estrenar al Teatre Principal Palace de les Rambles i seria aquesta la darrera obra que el dramaturg granadí va poder estrenar en vida. 79 anys després d’aquella posada de llarg i més de vint anys després de la darrera vegada que es va representar l’obra a Barcelona (protagonitzada per Núria Espert), Joan Ollé dirigeix una nova versió encapçalada per l’actriu Nora Navas, que es posa en la pell de doña Rosita, una dona abandonada pel seu cosí, a qui estima, i qui promet tornar de l’Argentina tard o d’hora per unir-se amb ella. Però passen més de 25 anys i la Rosita es converteix en la solterona del barri.

No cal dir que García Lorca és un nom més que conegut i, de fet, algunes de les seves obres són llegides cada any als instituts. També els seus poemes. Però com sol passar amb els autors clàssics de la literatura, gairebé sempre ens conformem amb les dues o tres obres més populars. Qui més qui menys ha sentit a parlar, ha llegit o ha vist al teatre alguna adaptació de La casa de Bernarda Alba, Bodas de sangre o Yerma, però és probable que no a tothom li soni aquesta Doña Rosita la Soltera o el lenguaje de las flores. Per a això estan els petits i grans teatres, per a recordar-nos la riquesa i la diversitat d’alguns autors com García Lorca o Josep Maria de Sagarra, dos noms que coincideixen en el temps a la programació del TNC.

Per exemple, gràcies a Doña Rosita podem conèixer la vessant còmica de Lorca, sense abandonar, però, el tema de la tragèdia existencial. L’obra ens ofereix moments amb els quals els espectadors riuran, sobretot gràcies a les ocurrències de la minyona (interpretada per Mercè Arànega) però s’endinsaran també en la tristor d’unes dones que estan intricades en el mateix univers lorquià que ho estan els personatges femenins de Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba, perquè les dones que descriu Lorca són, a fi de comptes, aquelles que ell mateix va poder veure durant la seva vida, especialment durant la seva joventut, als carrers on vivia.

A Doña Rosita la Solterona no només pateix la protagonista, que és òrfena i viu amb els seus tiets. També ho fa la minyona, que va perdre una filla en el passat, i ara fa, d’alguna manera, de mare per a Rosita, i la tieta, testimoni de la desgràcia de la seva neboda que no deixarà de lamentar-se de què Rosita no hagués decidit escollir un altre home. El destí d’aquests personatges només s’intueix de forma simbòlica, sobretot el de la protagonista, i no serà fins el tercer acte quan el drama i la foscor comencen a apoderar-se de la casa. Als dos primers encara hi ha un ambient més aviat festiu. En un moment donat, el tiet, que té un hivernacle al jardí, parla de la rosa mutabilis i regala una a la Rosita. Aquesta flor, segons un poema que inclou l’autor en l'obra, és molt vermella al matí, es torna blanca a la tarda i perd les fulles a la nit. Aquesta és la metàfora perfecta de la seva vida: la passió de joventut de la Rosita poc a poc anirà empal·lidint fins a perdre les seves fulles.

Si haig de parlar de la versió que fan al TNC, diré que no em va seduir en cap moment. Diguem que no vaig saber trobar Lorca fins al tercer acte i, encara així, tampoc el vaig reconèixer del tot. És obvi que el text és d’ell, però tota la resta ho vaig veure força artificial. L’escenari era un saló que no em vaig creure en cap moment, fet que m’allunyava de la història. Fins al tercer acte vaig notar també un excés de coloraines en el vestuari de les actrius que, tot i que volien reflectir un ambient festiu, en el fons també m’apartaven de Lorca. És com si enlloc d'ambient festiu hi hagués ambient de joc de nines. Alguns papers femenins secundaris els vaig veure massa carrinclons i, en general, vaig tenir la sensació que el muntatge no em va deixar aprofundir en els personatges. Fins i tot em va costar tenir complicitat amb el drama de la Rosita (no és fàcil quan veus al nuvi allunyant-se d’ella corrent com si estigués protagonitzant una pel·lícula de Disney). Diria que aquesta vegada se li ha donat un to massa naïf a Doña Rosita.

viernes, 21 de febrero de 2014

‘La España de Franco’, Manuel Chaves Nogales



Voy a decir algo por lo que quizá algunos me acusen de temerario o incluso de inepto (asumo el riesgo), pero he aprendido más sobre la Guerra Civil española y sobre la España de Franco leyendo a Chaves Nogales que repasando los libros de nombres capitales de nuestra historiografía como Antony Beevor, Hugh Thomas o Paul Preston, entre otros. Ojo, no porque estos ilustres británicos no hayan escrito grandes obras de referencia sobre nuestra contienda (¡benditos sean algunos de sus títulos!), sino porque soy de los que piensan que como las fuentes originales no hay nada. Vaya, que tener el goce de leer a un periodista que salió a tiempo de España y que tuvo la oportunidad de publicar en los años treinta sus opiniones en un semanario francés sobre lo que estaba viviendo nuestro país, no tiene precio.

La editorial Almuzara, junto a otros sellos, están recuperando a Chaves Nogales desde hace unos años, cosa que nos alegra a quienes hasta hace poco apenas habíamos leído nada de él. En La España de Franco tenemos una serie de artículos que el periodista sevillano escribió en L'Europe Nouvelle entre julio de 1938 y septiembre de 1939. Allí vemos a un hombre escéptico, temeroso incluso ante el desenlace de la guerra, desconfiado de ambos bandos, pero profundamente lúcido como para denunciar cuál era la estrategia del caudillo, cuáles eran las manos que movían los hilos del movimiento que se había alzado contra el gobierno de la República, cuáles iban a ser las consecuencias e incluso cómo iba a ser la España que iba a quedar después del vasto derramamiento de sangre. 

Nada que nos cuente Chaves Nogales en estos artículos nos tiene que pillar por sorpresa puesto que todo está más que documentado: la ayuda militar de Italia y Alemania a Franco, el papel que jugaban Gran Bretaña y Francia, el debilitamiento del ejército de la República por la falta de ayudas internacionales, el rol comunista de la Unión Soviética en esta encrucijada histórica, la importancia que cobró Falange cuando se la designó como el partido del gobierno y tantos otros aspectos conocidos. Lo importante aquí no es tanto desvelar misterios o pisar territorio virgen, sino descubrir la capacidad de un periodista que supo analizar a la perfección lo que estaba ocurriendo y, además, pronosticar lo que iba a venir años más tarde.

En estos artículos hay algo más que información, hay retratos humanos y sentimientos por mucha distancia que pusiera su autor, pero lo más relevante es que Chaves Nogales formaba parte de esa España. No estamos ante un estudio sesudo de lo que ocurrió varias décadas atrás, sino que la materia que nos está mostrando este libro es lo que en esos precisos momentos estaba viendo quien nos la está contando. Lo que se venía abajo era su España, eran sus compatriotas quienes morían, eran sus proyectos los que habían quedado atrás. Estos no son textos de un reportero enviado a una guerra que le es ajena (como fue el caso del propio Chaves Nogales cuando documentó lo que se incubaba en la Alemania de Hitler, y que Almuzara recogió en el libro Bajo elsigno de la esvástica)  sino que los firma alguien que, desde fuera, ve cómo se desangra su país.

Si uno quiere saber la crónica completa de la Guerra Civil española o del franquismo, tiene buenos volúmenes para acceder a ellos, como los que firman Beevor o Preston, entre otros. Pero para dejarse envolver por aquellos ambientes de guerra, por el peso de las decepciones, por el desconcierto, el temor, la rabia, la indignación, la astucia, la superioridad... nada mejor como acudir a hemerotecas y a las fuentes originales. La España de Franco no deja de ser un ejercicio hemerográfico, son artículos que andaban perdidos y que una editorial ha decidido recuperar para fortuna de lectores con inquietudes históricas. Esta es una muestra más del genio de Manuel Chaves Nogales, una prueba palpable de la importancia que tuvo el periodismo en aquella época y, a fin de cuentas, la carta de presentación de una nueva y triste España que un humilde profesional legaba a la posteridad. Todo lo que vino después él ya lo imaginó.    

sábado, 15 de febrero de 2014

‘Gravity’, la aventura espacial de Bullock y Clooney



La última película del director mexicano Alfonso Cuarón, Gravity, nos lleva al espacio con Sandra Bullock y George Clooney. Ella es una ingeniera que tiene la misión de reparar un satélite americano; él es el astronauta, el piloto de la nave, el jefe de la operación. El film arranca con un Clooney orbitando mientras explica historias banales a sus compañeros de la base de Houston y Bullock lleva a cabo su trabajo. Pronto, la destrucción de un satélite ruso provoca que una lluvia de basura espacial arremeta contra ellos, lo que provoca la muerte del resto del equipo, dejando a la pareja como únicos supervivientes. Y ahí es donde empieza lo emocionante: sin apenas oxígeno y casi sin energía, tendrán que buscar la manera de volver a la Tierra.

Sé que uno debe ir siempre al cine sin prejuicios y créanme que lo hago, pero me llevó unos cuantos minutos quitarme de la cabeza que Bullock era la actriz de Miss agente especial, La proposición, Amor con preaviso y tantas otras películas de sobremesa. Que sí, que le dieron un Oscar como mejor actriz en 2009 por su papel en The blind side y que en Gravity no lo hace nada mal (por la que se ha llevado una nominación este año en la misma categoría), pero me cuesta creerme su personaje, sobre todo cuando se quita el traje de astronauta, nos muestra ese bello rostro conseguido a base de cirugía estética y empieza a hacer piruetas en paños menores, flotando, mientras la cámara se rinde a ese cuerpo juvenil que conserva a sus 49 años. Bien por ella, pero cada vez me cuesta más creerme los papeles de las Bullock, Kidman, Roberts y demás actrices que han pasado tantas veces por el quirófano.

Y en cuanto a Clooney, pues me pasa un poco lo mismo. Que lo he visto tantas veces anunciando Martini y Nespresso, que hay papeles que a estas alturas ya me cuesta tragármelos. Mea culpa, claro está. El caso es que la película de Cuarón (el director de Y tu mamá también o Harry Potter y el prisionero de Azkabán) tiene magnetismo, engancha a pesar de que hay momentos en que exige mucho de nuestra ingenuidad y supongo que, a fin de cuentas, cumple con las expectativas. Nos pasea por el espacio exterior, nos hace sentir esa tranquilidad y ese silencio que se debe sentir allá afuera, nos transmite la tensión y la inquietud por saber si los protagonistas van a llegar a la Tierra y evita cualquier escena amorosa tipo beso apasionado entre Clooney y Bullock en mitad de las estrellas.

Ahora bien, Gravity no pasa de ser una película entretenida a pesar de esas diez nominaciones a los Oscar, tantas como tiene La gran estafa americana. Entre ellas, están las de mejor película, mejor director y mejor actriz. Creo, no obstante, que tendrá que conformarse con alguna estatuilla en las categorías técnicas. 

viernes, 14 de febrero de 2014

‘La gran estafa americana’, ni tanto ni tan poco



Las películas sobre estafas parecen estar de moda en Hollywood. Woody allen nos contaba en Blue Jasmine la historia de una mujer (Cate Blanchett) que tras haberlo tenido todo gracias a los tejemanejes de su marido (Alex Baldwin), se derrumba en la pobreza y la desesperación cuando él es detenido por el FBI por fraude. Poco después llegaba a las carteleras la película de Martin Scorsese, El lobo de Wall Street, protagonizada por un Leonardo DiCaprio que podría tener el camino completamente allanado hacia el Oscar si no fuera porque tendrá que pelear (sobre todo) con Matthew McConaughey por su interpretación en Dallas Buyers Club. DiCaprio se pone en la piel de Jordan Belfort, quien amasó una fortuna a base de delitos como manipulación del mercado de valores o blanqueo de dinero.

La tercera película que nos llega en poco tiempo sobre estafas es la que aterrizaba con más ruido, La gran estafa americana, dirigida por David O. Rusell y que cuenta con un elenco de actores que encabeza el siempre infalible Christian Bale (El maquinista, American Psycho). Bale es Irving Rosenfeld, un astuto estafador que arranca un prometedor negocio de préstamos fraudulentos con su amante, Sydney Prosser (Amy Adams). Pronto el agente del FBI Richie DiMaso (Bradley Cooper) le echa el guante. Para aliviar la condena, el FBI le ofrecerá a Rosenfeld colaborar con ellos para detener a los peces gordos de Nueva Jersey, empezando por el alcalde, Carmine Polito (Jeremy Renner).

Una vez La gran estafa americana ha tenido cierta andadura por las salas de España, parece que ese súper producto cinematográfico que iba a arrasar en los Oscar no es para tanto. Algunos se atreven a decir sin vacilaciones que “la gran estafa americana” no es la historia que nos cuenta David O. Russell sino la película en sí misma, como si la industria del celuloide americano nos hubiese colado otro gol por la escuadra. Ni tanto ni tan poco. Cierto es que la película no es para tirar cohetes, que se trata de un relato bastante lineal hasta que llegamos al desenlace, pero no podemos juzgar el film por las expectativas incumplidas que nos habíamos dejado generar.

La gran estafa americana nos muestra un relato de cierta tensión, no podemos negar que es una película entretenida, pero el golpe de efecto, lo que se supone da sentido a la historia y a ese ruido mediático, llega demasiado tarde y dura muy poco. Dicho de otro modo, que sí, que la cosa tiene su gracia, pero que en El lobo de Wall Street Martin Scorsese hace que nos lo pasemos en grande con un espectáculo que va desde el minuto uno hasta el último y además nos ofrece unos personajes que le dan mil vueltas a los de La gran estafa americana. Porque por mucha Amy Adams, Bradley Cooper y Christian Bale que tengamos, de donde no hay mata, no hay patata. Vamos, que son grandes actores, pero hay que reconocer que los personajes que interpretan no dan mucho de sí. Adams (Julie y Julia, La guerra de Charlie Wilson) es una gran actriz, qué duda cabe, pero en la película no tiene que enfrentarse a grandes dificultades para cumplir con su papel. Lo mismo ocurre con Bradley Cooper (Resacón en Las Vegas), Jennifer Lawrence (Los juegos del hambre) y, mal que pese a muchos, con Christian Bale. Bale es de los grandes y es el alma de esta película, pero Irving Rosenfeld no es el personaje más complicado que ha interpretado, ni de lejos. Sí me ha seducido, sin embargo, el trabajo de Jeremy Renner (En tierra hostil, El legado de Bourne) en la piel del alcalde Polito.  

En definitiva, que quizá sí que hay mucho ruido y pocas nueces, que la película no está mal, pero no asombra. Que hay buenos actores pero no se les ha sabido exprimir al máximo con unos personajes más complejos. Que por mucha taquilla que haga el film, sería extraño que La gran estafa americana arrasase en los Oscar. Que dentro de unos meses seguramente pocos hablarán de esta película pero todavía habrá quien vaya recomendado El lobo de Wall Street, de Scorsese. Scorsese, ah, ese genio. 

lunes, 27 de enero de 2014

Más de lo mismo en ‘Nymphomaniac 2′



Segunda parte de Nymphomaniac, la película de Lars von Trier de cuatro horas de duración que nos ha llegado dividida para su mejor digestión o para que los espectadores acabemos pagando dos veces para enterarnos de casi toda la historia. Casi, porque lo que pasa por los cines es, de momento, una versión abreviada (incluso censurada, dicen ellos) a falta de que en la Berlinale se estrene la versión íntegra.

Acababa la primera parte dejándonos la incógnita de hasta qué punto la vida de la ninfómana Joe iba a desatarse. Sabíamos que sus necesidades sexuales la habían llevado a tener hasta diez relaciones al día, que sus juegos no parecían tener límite y que ya desde la adolescencia apuntaba maneras. Ahora bien, por mucho que nos quisieran vender así la película, escandalosa, escandalosa, no era por muchas imágenes de penes que viéramos. Y precisamente por esa razón esperaba que la segunda parte fuese la explosión que nos habían prometido, lo que diera sentido a esas cuatro horas de proyección. Pero vistas ambas partes, lo cierto es que la segunda se la podría haber ahorrado.

No es que la vida de Joe no dé para cuatro horas. De hecho, Lars von Trier podría haber hecho dos partes más si hubiera querido, pero la paciencia del espectador no es infinita. Lo único que justifica esta segunda entrega es, por un lado, la iniciación al sado por parte de la protagonista (veréis a Jamie Bell dándole con una fusta) y, por otro, hasta qué punto sus apetencias sexuales pueden convertir la perversión en maldad, nada que no nos pudiera haber dejado claro Lars von Trier en la primera entrega. Por lo demás, Nymphomaniac 2 es como la anterior, una sucesión de capítulos anotados por las observaciones de un Seligman (Stellan Skarsgard) que acaban agotando. Que si la pesca, que si las fugas de Beethoven no tienen nada que envidiar a las de Bach, que si tal cuadro es posiblemente una copia de Rublev o que si aquella mujer que había aparecido en las fantasías de Joe siendo niña era en realidad la ramera de Babilonia cabalgando sobre una bestia. Entiendo el juego del director (o eso creo) y es cierto que sirven para configurar la psicología del personaje que interpreta Skarsgard, pero volvemos a lo mismo: Lars von Trier lo podría haber resuelto en la primera parte.

Y en cuanto a las escenas de sexo, pocas son explícitas y las que lo son no eran realmente necesarias. En algunos momentos incluso acaban resultando demasiado grotescas, como esa escena en la que Joe se encuentra desconcertada entre dos enormes penes negros mientras ellos discuten sobre algo en una lengua africana que ni ella ni nosotros entendemos. En definitiva, no es que esta  Nymphomaniac 2  no esté a la altura de la primera entrega, sino que es una extensión bastante lineal y, para muchos, seguramente prescindible. Reconozco que esperaba más. Al salir del cine me queda una sensación extraña… Como si me hubiesen dado gato por liebre. Como si el director, en el fondo, hubiese abusado un poco de nuestra ingenuidad. 

miércoles, 22 de enero de 2014

'El lobo de Wall Street', el festín cinematográfico de Martin Scorsese



Cómo hablar de Wall Street sin decir lo que ya se ha dicho tantas veces en el cine y sin caer en tópicos: que si la ambición, que si la frialdad a la hora de hacer negocios, la frustración cuando cae la bolsa, cierta corrupción, cómo afecta lo laboral en lo familiar… Martin Scorsese quería huir de clichés o, al menos, explicarlos de una manera diferente. En el último proyecto que ha caído en sus manos, una producción de 100 millones de dólares, el director de películas como Taxi driver, Casino, El cabo del miedo, Gangs of New York o El aviador ha llevado al extremo la historia del corredor de bolsa Jordan Belfort (Nueva York, 1962), quien amasó una fortuna a base de delitos como manipulación del mercado de valores o blanquero de dinero.

En El lobo de Wall Street el protagonista es Leonardo DiCaprio (también productor de la película), con cuyo papel ha ganado recientemente su primer Globo de Oro y está nominado como mejor actor en los Oscar, aunque el favorito es Matthew McConaughey por su interpretación en Dallas Buyers Club. Lo gane DiCaprio o no, lo cierto es que el papel de Jordan Belfort le ha venido como anillo al dedo al actor fetiche de Scorsese para demostrar nuevamente lo que es capaz de hacer gracias a un personaje que acaba desquiciado por todo aquello que lo había acercado a su particular paraíso: las drogas, el sexo y el dinero. 

La película arranca con un Jordan Belfort con traje de novato aterrizando en una agencia de corredores de bolsa, donde descubre un mundo de tensión y adrenalina que lo atrapa. Uno de los tipos más experimentados que ahí trabajan (Matthew McConaughey) le explica a Belfort que está entrando en un mundo donde es necesario drogarse, beber y masturbarse al menos un par de veces al día para poder cumplir con sus objetivos y hacerse millonario. El de McConaughey es un papel en apariencia poco importante, breve, pero que, sin embargo, le sirve a Scorsese para introducirnos en la película de forma rápida y directa. Algo así como un aviso tipo “¿ves lo que está contando McConaughey?, pues prepárate para lo que vas a ver”.

Y lo que vamos es una bacanal, una orgía económica que lleva a los personajes a los extremos del descontrol y la ambición. No es solo lo que vive Belfort, sino como la empresa que ha creado en poco tiempo se ha convertido en el nido donde hombres y mujeres sin escrúpulos esperan amasar una fortuna a golpe de maniobras ilícitas. Uno de ellos es Donnie Azoff, interpretado por un sorprendente Jonah Hill (Lío embarazoso, Virgen a los 40, Django Unchained), acostumbrado a papeles muy secundarios, por no decir de poca importancia. Nominado al Oscar como mejor actor de reparto, Hill se pone en la piel de un don nadie que tras cruzarse con Belfort, consigue hacerse millonario. Azoff (que encarna a Daniel Porush, entonces socio de Belfort, en la vida real) es un ególatra arrogante, uno de esos hombres al que le basta una sonrisa para ganarse el desprecio de los demás. Scorsese ha exagerado el personaje, lo ha convertido en una especie de caricatura ridícula, con calcetines y cinturones de colorines y Hill ha conseguido lucirse.  

El lobo de Wall Street, nominada a 5 premios Oscar incluyendo mejor película y director, podría ser uno de los últimos filmes de Scorsese, quien ha mostrado varias veces su desencanto por una industria del cine que ya no es lo que era, aunque el director nunca ha dejado de adaptarse a las nuevas exigencias de los espectadores y, de hecho, basta repasar sus últimas películas (Gangs of New York, El aviador, Inflitrados, Shutter Island, La invención de Hugo y El lobo de Wall Street) para comprobar no solo su versatilidad, sino su capacidad para reinventarse y convencer a todo tipo de público. El lobo de Wall Street es una película desatada, divertida y llena de talento, un espectáculo en toda regla.  

lunes, 20 de enero de 2014

‘Agosto’, de Tracy Letts, también brilla en la gran pantalla



Cuando el dramaturgo de Oklahoma Tracy Letts escribió Agosto, poco podía imaginarse que en tan solo unos años su obra tendría la repercusión que ha conseguido hasta ahora y que se convertiría en tan poco tiempo en una especie de clásico moderno. Estrenada en el Imperial Theater de Broadway en 2007, tras ser presentada en el Steppenwolf Theatre de Chicago ese mismo año, Agosto (ganadora de un Pulitzer) ha sido representada ya en varias ciudades del mundo, incluidas Barcelona y Madrid, y ahora le ha tocado dar el salto a la gran pantalla con guión del propio Letts.  

Los que tuvimos la oportunidad de ver la obra de teatro sabíamos que no podíamos perdernos a Meryl Streep en el papel de Violet Weston, mujer temperamental, enferma de cáncer, marcada por la maldad de su madre, corroída por su propia amargura y capaz de aguarle la fiesta a cualquiera, incluidas sus hijas. Por otro lado, tampoco podíamos dejar de fijarnos en el trabajo de Julia Roberts en el papel de Barbara Wetson, la hija mayor de Violet, también una mujer de carácter, atormentada por un matrimonio frustrado y empujada a ser, tarde o temprano, la viva imagen de su madre. El tándem Roberts-Streep tenía lo suyo, entre otras cosas porque un personaje tan poderoso como el de Violet Weston y una actriz como Meryl Streep interpretándolo podían devorar a Roberts y Barbara y, en consecuencia, amenazar el equilibrio de la película. Se necesitaban dos actrices de altura para una película como Agosto.

No voy a negar, no obstante, que si bien me pareció acertadísima la elección de Streep, me sorprendió que se pensara en Roberts, no por falta de talento sino quizá por el exceso de silicona en los labios que me hacen pensar que Barbara necesitaba un aspecto más natural. Prejuicios aparte, hay que reconocer el espléndido trabajo de estas dos actrices que competirán en los Oscar por una estatuilla como mejor actriz principal (Streep) y mejor actriz de reparto (Roberts), aunque hay que recordar que en los Globos de Oro ambas se quedaron sin premio. Difícil lo van a tener Streep, ganadora ya de tres Oscar, que peleará, entre otras, con Cate Blanchett por Blue Jasmine y Amy Adams por La gran estafa americana. Sería una osadía pensar que Roberts se puede llevar una estatuilla y que Streep se fuera de vacío.  

Agosto cuenta el encuentro entre los miembros de una familia marcada por la frustración. Tras la desaparición y posterior muerte del padre (Sam Shepard), llegan a la vieja casa del Medio Oeste americano las hijas con sus parejas y la hermana de Violet, Mattie Fae Aiken (Margo Martindale), para celebrar el funeral. Barbara llega con su marido Bill (Ewan McGergor), de quien se está separando, y su hija Jean (Abigail Breslin); Karen (Juliette Lewis) con un novio mujeriego y engreído; e Ivy (Julianne Nicholson), esperando confesar que tiene una relación con su primo Charlie (Benedict Cumberbatch), el hijo de Mattie Fae Aiken y Charles (Chris Cooper). A medida que avanza la estancia en la casa familiar, cada uno de ellos irá mostrando sus flaquezas pero también su temperamento para defender un territorio existencial pisoteado por las circunstancias que les ha tocado vivir y sobre todo por la figura despiadada de la madre, drogada por las pastillas, que no duda en escupir veneno cada vez que le apetece. La película es un constante cruce de reproches y poco a poco vamos viendo que las mujeres de esa familia están estigmatizadas por la angustia y el miedo a la soledad.    

Vale la pena decir que Agosto no es un dramón al uso, sino una comedia dramática, sin escenas para echarse a llorar ni grandes lamentos pero sí con momentos divertidos. Los personajes están llenos de conflictos internos que nos son mostrados de forma grotesca y exagerada, algo teatralizada, lo que provoca que los espectadores asistamos a una especie de circo familiar, a veces triste y a veces mordaz. Estamos, en definitiva, ante una más que recomendable versión cinematográfica de John Wells que hace honor a la calidad del texto de Tracy Letts.  

martes, 14 de enero de 2014

‘A propósito de Llewyn Davis’, lo último de los hermanos Coen



Los hermanos Coen nos llevan esta vez al Nueva York de los años 60 para explicarnos la historia de Llewyn Davis, un cantante de folk que busca su oportunidad para vivir de la música. Davis es joven, tiene talento y se mueve por el Greenwich Village, el lugar que sirvió de punto de inflexión a cantantes de envergadura como Bob Dylan. Sin embargo, él no tiene suerte. Malvive con lo poco que gana de sus actuaciones después de pasar la cesta por el público y duerme en casa de amigos con quienes guarda una relación a veces tirante.  

De la última cinta de Ethan y Joel Coen (Fargo, El gran Lebowski, Quemar después de leer, No es país para viejos) se dice que con la que más guarda relación es con O Brother! (2000), por los tintes homéricos que guardan ambas historias. Este Llewyn Davis es un tipo que sale de su casa para embarcarse en la gran odisea de vivir de su música y que se resiste a tirar la toalla a pesar de que los infortunios no le dan un respiro. Viaja desde Nueva York a Chicago para conocer a un productor y regresa como puede. En ese camino va acompañado de un tipo molesto, un hombre gruñón con problemas para moverse y casi para respirar, una especie de mosca cojonera que interpreta John Goodman, actor que ya apareció en O Brother! y que era el trasunto del cíclope con el que se encuentra Ulises en la Odisea de Homero. En A propósito de Llewyn Davis hay que decir que tenemos a más de un Ulises, aunque ya se encargará el espectador de encontrarlos.

Efectivamente, la lucha de Davis es una odisea, solo que bastante lineal y con la sensación de que hay algo que se repite constantemente. El carácter del protagonista no es el del personaje de Homero ni el de aquel otro que interpretaba George Clooney en O Brother!, sino más bien el de un tipo falto de carisma, sin suerte, con oficio pero sin beneficio, soñador pero enganchado al fracaso. Dicho de otro modo, con el talento suficiente pero seguramente con la actitud equivocada. Y esa falta de chispa  del personaje (vamos a llamarlo así) hace que su viaje se me haga un tanto aburrido. La odisea de Davis es tranquila a más no poder, ni le acompañan personajes emocionantes ni se encuentra con ellos. Es como si todo lo que orbitase alrededor del protagonista estuviese impregnado de desencanto y cierta modorra.  

A propósito de Llewyn Davis es un producto cinematográfico correcto, con una banda sonora magnífica y un personaje central bien interpretado por el actor guatemalteco Oscar Isaac (Drive, El legado de Bourne, Che: El argentino), quien ha llevado a cabo aquí el proyecto más ambicioso de su carrera. También destacable la participación de Justin Timberlake, especialmente en esa escena cantando Please Mr. Kennedy con Isaac y el actor Adam Driver. Pero para mí no deja de ser eso, una película correcta, a veces emotiva e ingeniosa pero a veces también pesada.   

jueves, 9 de enero de 2014

‘La gran belleza’, la decadencia de la ‘dolce vita’



Hay que reconocer que a veces la vida se vuelve cabrona y nos deja dando bandazos ante un futuro vacío de estímulos, a veces directamente convertido en un páramo desolador, con la desgana de mirar hacia atrás porque para qué. En cierto momento, lo que uno ha vivido y lo que ha dejado de vivir ya no cuentan (pesar, pesa, pero no cuenta). Y así vamos disfrutando de los buenos momentos intentando aligerar la banalidad y participando todavía de la gran belleza de nuestra existencia aunque sea tomándonos el pelo a nosotros mismos de vez en cuando.

Los personajes de la última película de Paolo Sorrentino, La gran belleza, han llegado a cierta edad, entre los cincuenta y tantos y los sesenta y tantos. Son hombres y mujeres acomodados, que en su momento vivieron la gloria de ser jóvenes en una ciudad como Roma con todo el viento a favor, pero que ahora se enfrentan al abismo existencial. Algunos se reconocen en esa situación, como el protagonista, Jep Gambardella (Toni Servillo), un periodista que acaba de cumplir 65 años, que triunfó hace décadas con el único libro que escribió, y que ahora vive con una mezcla de desencanto y resignación el día a día. Otros no. A su alrededor orbitan otros personajes, como un hombre (Carlo Verdone) que a pesar de haber superado los cincuenta, sigue soñando con hacer algo que le dé sentido a su vida; o una mujer que se niega a aceptar que lo poco que tiene es tan impostado como toda su existencia.

Pero en La gran belleza la procesión va por dentro y Paolo Sorrentino opta por presentarnos a sus personajes en una primera escena memorable. Una fiesta por todo lo alto, brillantemente rodada, donde el alcohol, la música y el desfase hacen que creamos que todo va sobre ruedas. Beben, bailan y brindan mientras la noche los aleja de sus propias vidas. Gambardella vive en un ático frente al Coliseum, una metáfora de que ha tenido Roma bajo sus pies, y es allí donde otras muchas veces organiza sus fiestas privadas donde nunca falta de nada. La vida del protagonista es una gran celebración donde la belleza y la muerte a veces llegan de la mano.

Es inevitable que muchos críticos hayan señalado la marca de Fellini en esta película de Sorrentino, sobre todo de La dolce vita, además de otras influencias del cine clásico italiano, como Antonioni. Y es que La gran belleza respira realismo por los cuatro costados, aunque también con cierto aire surrealista y decadente: tenemos algunos personajes excéntricos, como un joven trastornado por la idea de la muerte; un poeta que no habla y que es la pareja de la directora de la revista donde trabaja Gambardella, una enana sin complejos que a menudo se deja noquear por una borrachera; un vecino del protagonista que jamás contesta cuando éste le hace algún comentario en el ascensor; o una monja centenaria, altruista pero con el carácter agriado. La gran belleza es, a fin de cuentas, el retrato de una generación en decadencia donde cabe lo extravagante. No en vano, en un momento dado, Gambardella menciona el interés de Gustave Flaubert por escribir una novela sobre la nada y poco después habla del inicio de Nadja, una obra de André Breton, padre del surrealismo, que arranca con la frase “¿Quién soy yo?, ¿a quién frecuento”?.

Probablemente La gran belleza no sea una película para todo tipo de público. Son dos horas y media de una historia que a veces desconcierta y que propone muchos juegos (guiños, alusiones, complicidades…) al espectador y que es bueno que este sepa captar. De hecho, es de aquellos filmes que seguramente mejoran con un segundo visionado. No me parece una película perfecta, pero en esencia propone una estimulante reflexión sobre la vida, sus ciclos y sus trampas y, desde luego, lo hace de una forma original. Y no podría cerrar esta reseña sin aplaudir, tanto como haga falta, la banda sonora y la espectacular interpretación de Toni Servillo, un maestro.

jueves, 2 de enero de 2014

‘La vida de Adèle’, de lo concreto a lo universal en el amor



A punto de desaparecer de las carteleras de cine en España, tras algo más de dos meses de proyección, finalmente he ido a ver La vida de Adèle, la película que ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes y que llegó envuelta en una sorprendente polémica por el cruce de declaraciones entre el director, Abdellatif Kechiche, y parte del equipo, especialmente la actriz Léa Seydoux, quien denunció públicamente las duras condiciones de trabajo que imponía Kechiche, sus arrebatos de cólera y su obsesión por rodar una y otra vez determinadas escenas en apariencia sencillas.

De La vida de Adèle se había dicho también, antes del estreno en España, que las interpretaciones de las dos actrices principales, Seydoux (Midnight in Paris, Malditos bastardos) y Adèle Exarchopoulos (La redada, Los niños de Timpelbach), eran de altura. El propio Steven Spielberg, presidente del jurado del Festival de Cannes, destacó el trabajo de estas dos actrices. La otra cuestión que sabíamos era el alto contenido de sexo lésbico de la película. Información todo ello que viene bien para que un filme pase lo menos desapercibido posible, pero que tampoco nos dice nada relevante sobre esta historia basada (de forma libre) en el cómic El azul es un color cálido, de Julie Maroh (en España ha sido publicado por Dibbuks).

La vida de Adèle nos habla de una adolescente (Exarchopoulos) que, estando en el instituto, descubre que se siente atraída por las chicas cuando se cruza con Emma (Seydoux), unos años mayor que ella, estudiante de Bellas Artes. En ese momento, empieza la batalla de Adèle por encontrarse a sí misma. Mientras, la vemos envuelta en las clásicas conversaciones de adolescentes en torno al sexo (que si te tendrías que tirar a este, que si aquel otro va detrás de ti), así que, en mitad de las dudas, accede a tener una relación breve con un chico de su instituto, quizá para saber qué siente realmente o quizá para no sentirse un bicho raro.

La película de Kechiche muestra lo que siente un/a adolescente/a cuando descubre por primera vez que se siente atraído/a por personas de su mismo sexo. La vida de Adèle está protagonizada por dos chicas, pero la esencia de esta historia no cambiaría si fueran dos chicos, puesto que a fin de cuenta habla del amor, el sexo, las contradicciones que se experimentan cuando se entra en la vida adulta, la relación con los padres, los tabús propios y ajenos. Pero la película evoluciona y lo que en un principio es un retrato sobre el descubrimiento de la homosexualidad, luego se convierte en una historia de amor como otra cualquiera: el vivir en pareja, salir con los amigos del otro, cómo encaja la vida laboral en lo personal, los celos o las pequeñas insatisfacciones que empiezan a dejarse ver.

Kechiche ha sabido pasar de lo concreto a lo universal. De lo particular de una historia entre dos chicas lesbianas a lo que todo ser humano ha sentido alguna vez, que es, a fin de cuentas, lo que provoca el amor: sus buenos momentos y sus episodios más amargos. Cierto es que hay escenas de sexo explícitas que dotan a la relación entre Emma y Adèle de una pasión desbordada y que dejan casi en anécdota las escenas más subidas de tono de Nymphomaniac de Lars von Trier, pero el sexo no es el motor de la película. Y, como bien apuntaban las voces de Cannes, no solo hay que destacar el trabajo del director (más allá de las polémicas que han suscitado sus metodologías), sino las espectaculares interpretaciones de Seydoux y Exarchopoulos, especialmente valiosa la de la segunda, cuyo papel es más complejo. En definitiva, una película arriesgada pero bien resuelta, que no cae en clichés ni superficialidades y que apunta a lo más profundo del ser humano.

domingo, 29 de diciembre de 2013

‘Lore’, un viaje desde las entrañas del nazismo



Nueva película sobre el nazismo. Se trata de Lore, de la directora australiana Cate Shortland, basada en el libro El cuarto oscuro de Rachel Seiffert. Corre la primavera de 1945 y la Alemania de Hitler vive sus últimos días. Durante la gloria del Tercer Reich, la familia de la joven Lore ha sabido vivir acomodada gracias a que el padre ha sido miembro relevante de las SS, pero con la entrada de los aliados en Alemania, se dan cuenta que deben enfrentarse a la justicia para pagar por lo que han hecho. Es en ese momento cuando Lore y sus tres hermanos pequeños se ven separados de sus padres (la madre, literalmente, los abandona). 

Lore (Saskia Rosendahl) se convierte de inmediato en una mujer adulta, puesto que tiene que ocuparse de sus hermanos y llevarlos a casa de su abuela, en Hamburgo, cruzando cientos de kilómetros de un país dividido y todavía hostil. En el camino se cruza con un joven algo enigmático (Kai-Peter Malina) que se presta a ayudarlos. A medida que caminan, se enfrentarán al hambre, a las nuevas fronteras de Alemania, a los soldados aliados y sobre todo tendrán que luchar contra sí mismos, especialmente Lore, educada de forma férrea bajo las premisas nazis, que empieza a descubrir una realidad que desconocía, empezando por las fotografías de cadáveres en los campos de concentración que ya circulan por el país.

La película nos muestra a una joven alemana que poco a poco ve que lo que le habían explicado es mentira, que ella había sido una pieza más de un engranaje de fanatismo, que ese tipo llamado Hitler quizá había llevado a los alemanes por un camino de odio totalmente enfermizo, que sus padres no eran las personas ideales que ella creía y que especialmente el padre había participado en el exterminio de judíos, personas a fin de cuentas que probablemente tampoco eran lo que le habían contado. Todo esto, no obstante, no se nos muestra de forma totalmente explícita, sino que se nos sugiere. Es el espectador quien debe prestar atención a los detalles. Lore me ha parecido una película de gran fuerza visual con una historia interesante, pero siento que le ha faltado algo, quizá esos momentos en que la protagonista entra en contradicción consigo misma deberían haberse exprimido más ya que a veces aparecen demasiado atenuados. Dicho de otro modo, entiendo lo que la película quiere transmitirme, pero creo que la directora podría haberle sacado más partido a los puntos fuertes de esta historia.     


sábado, 28 de diciembre de 2013

‘Nymphomaniac’, la nueva provocación de Lars von Trier



Se ha hablado mucho últimamente de la nueva película del danés Lars Von Trier, director tan respetado para unos y tan aburrido para otros. Suyas son películas rompedoras, siempre con ese espíritu de provocación, como Bailando en la oscuridad, Dogville, Manderlay, Anticristo o Melancolía. En esta ocasión parece que Lars Von Trier ha querido superarse con una película larguísima de cuatro horas, que se estrena en dos partes, la primera de ellas el pasado día de navidad y la segunda llega en enero.

Antes de su estreno, de Nymphomaniac ya se hablaba que iba a ser un escándalo, que iba a pegar fuerte, primero que íbamos a ver a actores conocidos como Jamie Bell (Billy Elliot) o Uma Thurman (Kill Bill, Pulp fiction) practicando sexo explícito y luego que en realidad en las escenas más tórridas iban a ser doblados por actores porno. Pero todo lo que se hablaba de la película eran meras conjeturas, provocaciones y un hábil juego al despiste del equipo de Von Trier. Tocaba ir al cine para ver qué era realmente lo que acaba de crear el director danés, aunque sabiendo que nos íbamos a quedar a medias, al menos hasta enero.

La Nymphomaniac que podemos ver en cines, ya se nos avisa al empezar la proyección, es una versión censurada o abreviada, aunque la película íntegra (de unas cinco horas) se estrenará en la próxima edición de la Berlinale, en febrero, y fuera de concurso. ¿Pero qué es realmente Nymphomaniac? Es la historia de Joe (Charlotte Gainsbourg), una mujer que tras ser encontrada dormida (o inconsciente) en mitad de la fría calle por un hombre solitario, Seligman (Stellan Skarsgard), decide contarle qué le ha llevado a esa situación. Y ahí empieza el relato de su vida, desde que siendo una niña se dejaba seducir por los juegos, todavía inocentes, de su amiga, pasando por la pérdida de virginidad y su posterior necesidad de acostarse al menos con diez hombres cada día. Pero lo cierto es que hay mucho más que eso y quedarse en el plano puramente sexual de la película sería excesivamente simplista, más aún si tenemos en cuenta que detrás está la firma de Lars Von Trier. Claro que precisamente por ser obra de quien es, uno nunca sabe a lo que atenerse y quizá el director, en el fondo, está jugando con nosotros para que busquemos una explicación algo más profunda en nosotros mismos.

Efectivamente, en Nymphomaniac hay mucho sexo, aunque desde luego no tan descarado, ni llevado tan al extremo como nos habían hecho pensar (recordemos, no obstante, que estamos hablando por hablar, puesto que solo hemos visto la primera parte, abreviada o censurada, y todavía no sabemos qué nos deparará la segunda). Sí vemos a una mujer sedienta de experiencias sexuales diferentes, pero el relato todavía no es tan diferente de otros muchos que se han hecho, al menos en la literatura, de la condición de adicto/a al sexo. Digamos que la primera parte parece una larga introducción a la explosión que quizá nos encontremos en la segunda. En estas primeras dos horas, el espectador puede sentirse cercano al pensamiento de Seligman, cuando insistentemente le dice a Joe que no se castigue, que tampoco es para tanto lo que ha hecho, aunque obviamente sabemos que la protagonista de esta historia es una mujer sin escrúpulos y claramente desatada.  

Otra cosa sería analizar lo que se esconde detrás de ese deseo sexual. Podríamos pensar que es la consecuencia de un acercamiento demasiado temprano al sexo (algo que resultaría absurdo hoy en día) o de la manera como, siendo muy joven, su amiga le animaba a llevar a cabo juegos cada vez más perversos (una explicación que, nuevamente, sería sesgada). Ahí es donde parece que entra el rompecabezas de Lars Von Trier: ¿qué vemos nosotros en Nymphomaniac?, ¿qué explicación le damos a la historia y la vida de Joe?, ¿la reprochamos o nos mostramos condescendientes?, ¿sentimos la necesidad de fantasear con nuestros límites o preferimos situarnos en el extremo más opuesto?, ¿la tachamos de inmoral, de víctima o de despiadada? Parece lógico pensar que cada espectador tendrá sus respuestas y que estas deberán completarse con el estreno de la segunda parte. 

miércoles, 23 de octubre de 2013

‘Bajo el signo de la esvástica’, Manuel Chaves Nogales



Una de las iniciativas que más me motivan de cualquier editorial es el empeño en recuperar textos olvidados de escritores que, o bien fueron relevantes, o bien no llegaron a serlo aunque no por falta de talento. Hablo de cuando Destino decide volver a lanzar en un volumen dos novelas de Ignacio Agustí, o de cuando Acantilado reúne las crónicas de Eugeni Xammar, o Melussina recupera a Albert Londres e Ilya Ehrenburg, o BackList piensa que Carmen de Icaza merece volver a estar en librerías o Blackie Books llega a la conclusión de que Jardiel Poncela tiene todavía mucho que ofrecer. Esto, claro está, entre otros muchos ejemplos.

Me gusta pensar que no es que las editoriales les den una segunda oportunidad a los textos (en general, estos han sido amortizados a lo largo de los años por varias generaciones de lectores), sino que la auténtica oportunidad es la que nos brindan a nosotros de poder descubrir auténticos tesoros que, de no encontrarlos en librerías de viejo, podían habernos pasado desapercibidos. Un buen ejemplo de esto es el caso de Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897 - Londres, 1944), un desconocido hasta hace unos años para muchos y que gracias a la labor de editoriales como Almuzara, Libros del Asteroide o Espuela de Plata, entre otras, ha vuelto a librerías luciendo, prácticamente al completo, sus galas literarias y periodísticas.

Uno de los títulos que Almuzara ha recuperado es Bajo el signo de la esvástica, los reportajes que Chaves Nogales escribió en el periódico Ahora sobre la Alemania nazi a pocos meses del ascenso al poder de Hitler. El periodista sevillano vierte una mirada sobre la realidad de una población alemana que poco a poco se va dejando convencer, cada vez con más entusiasmo, por las ideas de un hombre que asegura tener la hoja de ruta para devolver a Alemania y a los alemanes al lugar que les corresponde. Y el camino parece ser inevitable: la guerra.  “A los quince días de estar en Alemania se oye hablar así y no se escandaliza uno: No tenemos más remedio que hacer la guerra, y el único hombre capaz de llevarnos a ella es Adolfo Hitler. Sólo por eso cuenta Hitler con la adhesión inquebrantable de sesenta millones de alemanes. El programa que se ha trazado el partido nacionalsocialista satisface plenamente las aspiraciones del pueblo alemán”.

Chaves Nogales se sitúa en una posición de observador. No se deja impresionar por lo que ve y oye, pero no pierde la capacidad de identificar cuáles son las señales que apuntan a un cambio de actitud en el alemán medio, quien hace suyas las necesidades expansionistas de Hitler: “nuestro destino histórico es la Gran Alemania, el Imperio. No renunciamos, ni hemos renunciado nunca, a un solo alemán de Alsacia, Lorena, Polonia, Austria o Checoslovaquia. Reconquistaremos los territorios perdidos de 1918, incluso contra la voluntad de sus habitantes si la independencia de la patria alemana y las necesidades de su poder político lo reclamasen”. Estas palabras, vale la pena remarcarlo, fueron recogidas en mayo de 1933.

Chaves Nogales no se limita a destacar cómo va calando la furia de Hitler entre los alemanes, sino que analiza también cuál es el país que se van a encontrar las nuevas generaciones: “A partir de ahora, el niño alemán vendrá al Mundo con el convencimiento indestructible de que es un niño privilegiado que pertenece a la mejor raza de la tierra”. La Alemania que está naciendo es la de unos hombres dispuestos a sacrificarse por el trabajo y por su patria, la de unas mujeres que “Hitler ha metido en la cocina de un manotazo”, la de unos niños que encarnarán la perfección de la raza aria. Un país que se creerá perfecto e indestructible.      

A través de estos textos, el lector podrá ver también una comparación entre el carácter del pueblo alemán y el español. Chaves Nogales avisa varias veces de que lo que está viendo en las calles de Berlín difícilmente podría ocurrir en España, porque el español es muy diferente del alemán y porque las condiciones de vida de un país nada tienen que ver con las del otro. Se sorprende, por ejemplo, cuando ve a ciudadanos altamente cualificados dedicados a tareas de campesinos, como cuando se topa con “uno de esos millares de ingenieros alemanes que no han trabajado nunca, porque no han tenido en qué trabajar. Todavía no se conoce en España esta tragedia del hombre laborioso y capacitado que consagra su juventud a adquirir una técnica difícil y que luego se ve envejecer y morir en la miseria, sin que el Mundo le haya ofrecido jamás la ocasión de ser útil y sin que haya podido probar si servía o no”. Y añade: “Así, declarados superfluos, hay muchos millares de hombres en Alemania; técnicos de todas las técnicas que, con sus diplomas en el bolsillo, barren las calles o escardan los sembrados”. La vida y la historia dan muchas vueltas: ¡si Chaves Nogales levantara la cabeza!

Bajo el signo de la esvástica es un excelente libro, necesario, sobre el nacimiento del nazismo en Alemania, pero también sobre como el ser humano, en situaciones desesperadas, son capaces de agarrarse a cualquier esperanza y hacer suyos unos radicalismos que antes ni se les había pasado por la cabeza. Además, es una radiografía indirecta de la ingenuidad que vivía España en 1933, ajena todavía al futuro que se le avecinaba. Recuperar a Chaves Nogales ha sido un gran acierto. No cabe ninguna duda. 

sábado, 21 de septiembre de 2013

‘Un trozo invisible de este mundo’, immigració i exili al Teatre Lliure





Es veu que passa cada nit: quan l'actor Juan Diego Botto pronuncia les últimes paraules i s'apaguen els llums, el públic del Teatre Lliure comença a aixecar-se per aplaudir. No és que deixin les seves cadires tímidament (primer un parell d'espectadors, després uns altres...), sinó que és un fet gairebé automàtic, unànime. Veient-lo actuar, és fàcil sentir certa complicitat amb ell, com una mena de vincle invisible. Potser perquè és un actor compromés amb la lluita social i cultural (i el teatre sempre ha estat un escenari perfecte per a les reivindicacions), potser perquè no podem oblidar que és aquell Martín (Hache) de la pel·lícula d'Adolfo Aristarain, o sencillament és que sobre l'escenari transmet cert magnetisme sobre el públic. Es nota el respecte d'ell cap els espectadors i el respecte dels espectadors cap a ell.

Un trozo invisible de este mundo són cinc peces escrites pel propi Botto i dirigides per Sergio Peris-Mencheta. En elles, s'expressen la idea de la immigració i la de l'exili, però vistes al detall, des del punt de vista de cinc persones amb nom i cognom, amb cara i ulls. La primera de totes arrenca amb un guardià de duanes que explica a un immigrant perquè no el pot deixar entrar al país al qual ha arribat tot donant-li raonaments socials, antropològics i científics. En la segona peça, un argentí parla des d'un locutori de Madrid amb la seva dona, que es va quedar a Sudamèrica. Al principi sembla que a ell les coses li van realment bé, però poc a poc va mostrant la seva solitud i com troba a faltar la seva família. Una dona africana (interpretada per Astrid Jones) protagonitza el tercer monòleg, on li explica al seu fill els motius pels quals va marxar del seu poble per garantir-li un futur millor i tot el que ha hagut de passar en aquest camí. El quart ens trasllada a la dictadura argentina, als anys 70, on un home dóna testimoni del seu últim dia en un centre de tortura. A la darrera peça, un noi més jove, que ha viscut a diversos països, mira de trobar el seu lloc al món, però sempre acaba sentint-se aliè, perquè en el fons es qüestiona si el seu lloc no està entre les persones.  


Un trozo invisible de este mundo fa que ens hi posem a la pell dels immigrants i els exiliats, d'aquelles persones que tenen la valentia de deixar-ho tot (fins i tot la família) per mirar de trobar un futur millor i acaben arribant a un lloc desconegut, despietat moltes vegades. A l'obra no hi ha tòpics ni condescendència, sinó que són cinc retrats que fan que sigui l'espectador qui tregui les seves pròpies conclusions: potser molts de nosaltres no havíem pensat gaire què pot sentir un immigrant quan despenja el telèfon en un locutori, o la sensació de tristesa que pot tenir una persona que arriba a un altre país carregat d'esperances i de cop li diuen que no podrà entrar. Tant Juan Diego Botto, que interpreta quatre dels cinc personatges, com Astrid Jones fan una gran feina sobre l'escenari que provoca que el públic, inevitablement, s'aixequi nit rere nit per aplaudir una bona estona. 
 

domingo, 6 de enero de 2013

‘Los miserables’ siguen entonando su voz



 
Quién le iba a decir al escritor francés Victor Hugo que 128 años después de su muerte, una de sus obras maestras, Los miserables, iba a seguir dando tanto juego. La adaptación al teatro en forma de musical se ha representado en 38 países desde su estreno en París en 1980 –entre ellos España- y actualmente es el musical más longevo en el West End de Londres por delante de El fantasma de la ópera. Sigue vivo y con éxito. En 1998, el director danés Bille August llevó al cine la novela de Hugo con guión de Rafael Yglesias en una producción estadounidense protagonizada por Liam Neeson y Geoffrey Rush. Además, se han podido ver varias adaptaciones para televisión –la más conocida la que interpretaron Gérard Depardieu y John Malkovich- y hasta una serie japonesa de animación.

Con estos antecedentes, proponerse una nueva versión cinematográfica de Los miserables supone enfrentarse a más de un reto. El más importante quizá es estar a la altura de una novela que no solo es una de las piezas magnas de Victor Hugo, sino que a su vez es una de las obra capitales de toda la literatura francesa. Y si esa versión es musical, tiene además que convencer a los que se han dejado seducir por una adaptación teatral veterana y con recorrido. Pero con directores como Tom Hooper (Oscar al mejor director por El discurso del rey), guionistas como William Nicholson (Gladiator  y Tierras de penumbra) y una plantilla de actores de la talla de Hugh Jackman (curtido en musicales, entre ellos el de La bella y la bestia) y Russell Crowe, cualquier reto parece fácil.

Jackman encarna a Jean Valjean, un hombre sin nada que llevarse a la boca que, tras cumplir 19 años de condena por robar una onza de pan, viola la condicional. Su rival es el inspector Javert (Crowe), que está dispuesto a lo que haga falta para darle caza. Anne Hathaway es Fantine, una mujer que lucha por asegurar la subsistencia de su hija, a quien apenas ve. Y Amanda Seyfried es Cosette, esa hija, cuando ya se ha hecho mayor. De esta última actriz no nos sorprende sus dotes para el musical, puesto que ya la vimos actuar en Mamma mia!, pero sí sorprende la gran actuación de Hathaway, a quien hemos podido ver en películas como Princesa por sorpresa o El diablo viste de Prada. Hathaway se ha reivindicado como una gran actriz con escenas memorables como cuando interpreta la canción I dreamed a dream. Ella necesitaba un papel como este, como lo necesitaba Jackman. Y, si me apuran, como lo necesitaba Russell Crowe, a quien uno no sitúa fácilmente en un musical. El reparto lo completan, entre otros, dos secundarios de lujo, como Helena Bonham Carter (El discurso del rey, Big Fish, Sweeney Todd) y Sacha Baron Cohen (Borat, Sweeney Todd, El dictador).

Los miserables es una de esas películas donde la excelencia brilla con plenitud: en el vestuario, en la fotografía, en el diseño de producción y muy especialmente en una inolvidable banda sonora. Una gran adaptación cinematográfica que llega probablemente en el momento más oportuno, cuando es más fácil ponerse en la piel de esos jóvenes franceses que salen a la calle para luchar contra un poder que los tiene sometidos, olvidados, condenados a la miseria. Se puede ser miserable de dos maneras: lo es el oprimido por desdichado y lo es el opresor por mezquino. Quién le iba a decir a Victor Hugo que en el siglo XXI todavía entonarían su voz los miserables.

sábado, 24 de marzo de 2012

Monumental i històric ‘Rei i senyor’ al TNC



Feia gairebé cent anys que no es representava Rei i senyor al teatre, des de què el 1918 es va estrenar al Romea. Pràcticament un segle d’oblit per una obra de Josep Pous i Pagès que ha viscut a l’ombra de la seva gran novel·la, La vida i la mort d’en Jordi Fraginals (1912). Rei i senyor explica la història de can Reixac, casa pagesa benestant governada amb mà dreta pel terratinent Andreu Reixac (Lluís Soler), qui ha decidit la sort de la seva filla, Remei (Sara Espígul), imposant que es casi amb un home que ella no estima. La jove, en canvi, es deleix per un noi que la correspon, però amb qui no pot estar perquè Andreu és massa venjatiu i no oblida que el pretès de la seva filla li va plantar cara per una decisió que considerava injusta.

Les lleis de can Reixac, que han regit la casa durant tres centúries, són inescrutables i el patriarca no vol canviar de parer tot i que la resta de la família intenti fer-li veure que està errat. El conflicte es fa més cru quan arriba l’hereu (Carles Romero), provinent d’una estança a l’estranger, amb la mentalitat canviada, moderna, en contraposició a com pensa el seu pare. Les parets de la casa mai havien vist una lluita familiar tan agre i entremig, la mare, anul·lada des de sempre i per sempre, intentant que tot es resolgui de la millor manera possible. Una història ambientada a principis del segle XX, en un context rural dur i masclista.

Potser a alguns espectadors l’argument els hi soni massa recorrent, però, creieu-me, la versió que Pere Riera fa de Rei i senyor, que es pot veure a la Sala Petita del Teatre Nacional de Catalunya (TNC), dirigida per Toni Casares, és pura genialitat. Després de veure-la, un surt del teatre sentint que acaba de veure una obra mestra. Així, amb aquesta rotunditat: l’escenografia és part activa de l’obra i excel·leix fins al darrer segon; la direcció i la dramatúrgia són impecables (amb màxim respecte cap a l’original però sabent adaptar-se al que necessita el públic del segle XXI); les interpretacions són brillants (no hi ha paper que es quedi petit i la bona feina dels actors fa que cadascun dels personatges mostrin un món complex que funciona per si sol); el joc entre música, so i il·luminació atorguen un dramatisme a l’obra de forma molt natural i encertada que atrapa els espectadors des del primer moment.

Aquesta és una d’aquelles ocasions en què valdria la pena esmentar cadascun dels membres de l’equip que fa possible aquest espectacle perquè fins el més mínim detall aquí cobra rellevància. Potser no existeix la perfecció sobre un escenari, però s’hi ha d’assemblar molt a aquest Rei i senyor, una obra monumental, pròpia (aquesta sí) del Teatre Nacional de Catalunya. El nostre teatre es fa gran per joies com aquesta.

miércoles, 7 de marzo de 2012

La intermitent i gairebé impossible història d’amor de David i Sara



Una constatació: la sala petita del Teatre Gaudí Barcelona és realment molt petita: pocs metres quadrats d’escenari i poques butaques molt a prop dels actors. Un espai reduït per estimular la imaginació dels directors i, sobretot, dels espectadors (les possibilitats escenogràfiques són les que són) i també un repte pels autors (quan no hi ha espai pels artificis, un bon text és fonamental).

David y Sara (espectacle en castellà) és la nova obra del dramaturg Ever Blanchet, dirigida per Òscar Molina. Sobre l’escenari només dos actors per interpretar un bon grapat d’anys i vivències. David i Sara (Xavi Casan i Maria Clausó) són una parella ja gran: discuteixen i riuen junts del passat però, sobretot, mantenen viva una flama que va començar fa molts de temps, des de què es coneixen, podríem dir. L’acció comença en l’actualitat i, poc a poc, va donant salts temporals fins arribar a l’any 1954, quan els dos són joves: una viatge a Marrakech, una espera en un aeroport, una trobada al metro. Escenes totes elles que reconstrueixen una relació intermitent, que sembla que només es consolida quan els dos són grans.

El text conté moments d’amor i d’humor; és una obra desenfadada ben plantejada, tot i que és possible que el gir argumental que es produeix no convenci tothom. De ben segur que cada espectador tindrà la seva escena preferida (la que més fa riure, la que més tendresa desprèn o la que imposa un contrast més impactant). En altres paraules: una obra tan personal ha de tenir una acollida molt personal. Pel meu gust, però, he trobat les dues darreres escenes massa llargues: la penúltima perquè el diàleg es podria haver resolt sense donar-hi tantes voltes a una qüestió que ja queda clara molt ràpidament; l’última perquè allargant-la fa que el públic tingui temps de digerir un impacte final que hagués estat una bona guinda per l’obra. Sempre he pensat que si es té un cop d’efecte per als darrers minuts, és bo saber apagar els llums a temps i que els espectadors es quedin amb això per quan surtin del teatre.

domingo, 4 de marzo de 2012

El difícil equilibri de la sonda ‘Voyager’



Així, d’entrada, una obra de teatre que se centra en un grup d’investigadors americans que han de trobar la manera de reunir el més representatiu de la humanitat per enviar-lo a l’espai atrau. I si, a sobre, sabem que està basat en fets i personatges reals i que un d’ells és Carl Sagan (un dels autors de la sèrie documental Cosmos), la cosa ja es posa irresistible.

Sobre l’escenari de la Sala Tallers del Teatre Nacional de Catalunya (TNC) tenim una minimalista sala de reunions on Sagan comunica als seus col·legues que la NASA els hi ha encarregat fer un recull de tot allò que sigui representatiu de la Terra (la seva música, les seves llengües, les imatges i els sons…) per enviar-los en dues sondes a l’espai com a carta de presentació per possibles habitants extraterrestres. Entre ells comencen les discussions: posem els Beatles o no? Incloem música xinesa? Quines imatges hem de recollir? En definitiva, quina és la cultura que representa millor la nostra diversitat? En el fons, però, això tampoc és el més important en l’obra (almenys no s’estableixen grans debats, ni reflexions profundes, sinó més aviat es percep un to lleugerament còmic). Sí és central, en canvi, veure la relació entre Sagan i els seus companys i, sobretot, presenciar (o, almenys, imaginar), com es va resoldre aquesta qüestió tan transcendental a la Universitat de Cornell.

El que presenciem al TNC és una aproximació a un fet desconegut per moltes persones i alhora apassionant. Ara bé, la proposta de Marc Angelet va una mica més enllà i construeix l’obra sobre una estructura metateatral que no acaba d’encaixar: el Carl Sagan que veiem sobre l’escenari és un actor que interpreta un actor que, alhora, fa de Sagan. Hi ha teatre dintre del teatre, veiem la representació d’una representació: un recurs que només puc entendre si és per justificar la presència de Reg Wilson en el paper de Tim Ferrys, col·lega de Sagan, que va observant l’obra que recrea la seva joventut i que, de tant en tant, intenta ficar cullerada. No era més eficaç representar el que va passar, deixar de banda el joc metateatral i així estalviar-nos que de tant en tant ens hàgim de sortir de la història?

I encara algunes preguntes més: si Voyager no planteja grans reflexions ni profunds debats sobre quina és la selecció que ha de representar la nostra cultura a l’espai exterior, realment les situacions que es produeixen són prou importants com per sostenir les gairebé dues hores d’obra? No es podrien haver reduït alguns diàlegs i escenes una mica repetitives? Reconec que potser m’esperava una altra cosa, una mica més de tensió i misteri enlloc de moments còmics i romàntics que no només m’han resultat forçats, sinó també representats de forma poc versemblant (aquí es produeix un altre desequilibri: algunes de les interpretacions necessiten una revisió a fons). Em queda la sensació que Marc Angelet tenia una bona idea a l’horitzó, però ha volgut arribar pel camí més complicat.