
Todo esto que cuento lo acabo de leer en un interesante artículo de Katie Zezima en The New York Times, titulado J. D. Salinger a Recluse? Well, Not to His Neighbors (¿J. D. Salinger un recluso? Bueno, no para sus vecinos). Y es que sus vecinos respetaban, según el artículo, "el código de las colinas"; es decir, si una persona quiere preservar su intimidad, nadie tiene derecho a hablar de las vidas ajenas. Tanto es así, que incluso una semana después de su muerte, ese pacto de respeto todavía se mantiene y lo poco que dicen es lo que han leído más arriba (quizá escarmentados por alguna reacción pasada de Salinger o bien porque todavía sienten su presencia de cerca).
Algún vecino de Cornish (pueblo de New Hampshire donde residía) incluso compara a Salinger (Jerry, para los amigos) con Batman: "todo el mundo sabe que existe, pero nadie dice dónde está". Y es que eran muchos los turistas que llegaban a Cornish para poder hablar con Salinger, pero él persistía en su deseo de mantener enterrado al padre de El guardián entre el centeno. Sin embargo, ¿cuánto tiempo pasará hasta que salgan a la luz sus viejos cuadernos de espiral?
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