lunes, 15 de marzo de 2010

Última despedida a Miguel Delibes

Sentimiento unísono

Valladolid rinde tributo a su maestro



Alicia Álvarez. Valladolid (enviada especial). Texto y fotos.

Tienen que creerme. A medida que el avión descendía para aterrizar, Valladolid se veía más y más pequeña. Lo juro. Y cuanto más nos acercábamos, más diminuta se hacía. El pasado viernes la pena había encogido la ciudad hasta hacer que sus habitantes tuvieran que apiñarse y abrazarse unos a otros. Desde el aire la observaba como queriendo mimarla con los ojos. Los puntos naranjas de sus farolas brillaban a media luz y me imaginaba a mis paisanos hablando a media voz; ciudad a medio gas. Mi querida Pucela, afligida.

Dicen que los vallisoletanos pecamos de sobrios y ponen como prueba de ello nuestras celebraciones de Semana Santa. Pero creo que a veces nuestra sobriedad muestra un fervor apasionante y una devoción sobrehumana, como la que sentíamos y seguimos sintiendo hacia Miguel Delibes. El sábado por la mañana la Plaza Mayor de Valladolid se llenó de adioses para él, desde el respeto, el amor y la idolatría que se ganó a pulso. Y haciendo honra a esa sobriedad que nos caracteriza, cuando vimos salir el féretro por la puerta del ayuntamiento -como si todo estuviera estrictamente ensayado- una única voz, grave, se alzó sobre las demás: “¡Maestro!” y acto seguido llegó el estallido feroz de aplausos. Sin más. Era uno de esos momentos que a modo de causa-efecto repentino, sin dar tiempo a respirar, te golpea la nuca para hacerte estremecer violentamente. Quisimos arroparle con nuestros aplausos durante el recorrido del coche fúnebre desde la Plaza Mayor hasta la Catedral. Y lo hacíamos con el mismo cariño con el que una madre arrulla a su pequeño mientras le canta nanas antes de irse a dormir.

Por la noche, Valladolid se veía diferente. Como absorta en sus pensamientos. “Pero, ¿y cómo no iba a estarlo?” –dirían sus calles si tuvieran voz. En la mente de todos y cada uno estaba el recuerdo de Don Miguel. También en los pensamientos de quienes nos visitaban. “Tenemos un montón de colegas en Valladolid”, afirmaba Kase O (de Violadores del Verso) en su concierto del sábado noche en la ciudad. Y tras una lista de nombres, se hizo un escueto silencio. “También Miguel Delibes está en la casa” -gritó- y los minis de cerveza, la hierba y las cámaras de fotos dejaron de importar por unos segundos. Las manos del Pabellón 3 de la Feria de muestras se alzaban sin titubeos y acompañadas de gran ruido por parte de los allí congregados. “Seguro que nos está viendo” -continuaba diciendo el rapero mientras miraba hacia arriba- y casi sin dejarle terminar la frase, un enorme griterío hacía su particular ovación al Maestro durante unos segundos.

En el taxi de vuelta a casa, la tertulia deportiva de Onda Cero hablaba de fútbol y de Miguel Delibes como socio del Real Valladolid. Otra prueba más de la empatía que originaba en tan diferentes tipos de público. Delibes es una de las pocas personas que ha conseguido despertar un nexo de unión entre el anciano que le veía pasear por el Campo Grande, el joven que escucha rap, la niña que leía sus obras en el colegio, el hombre rural que caza los fines de semana y el aficionado blanquivioleta que acude al Estadio de la Pulmonía cada domingo. Por eso, su nombre siempre estará cargado de una magia extraña.

1 comentarios:

natalia dijo...

He llegado de rebote, pero aquí estoy, agradecida por este emotivo texto.