Lenoir es, actualmente, el director de la revista Le monde des religions. Durante toda la entrevista no deja de insistir en que la religión hay que tomársela como un aspecto espiritual, nunca como dogma. Precisamente éste es un aspecto relevante de su última novela, El oráculo de la luna (Grijalbo, 2009), donde Giovanni, un joven campesino de Calabria, inicia un viaje por Italia en busca de conocimiento y del amor de su vida. En ese periplo, tomará contacto con la religión y aprenderá a discernir lo bueno y lo malo que hay en ella.
Manel Haro. Barcelona (Texto y fotos)
Lo cierto es que no tenía programado todo lo que iba a suceder en la novela. De repente me asaltó la inspiración de escribir sobre la Italia del Renacimiento. Ésta es una época que me interesa especialmente. Al principio pensé en una historia de amor, pero luego se transformó más bien en un viaje iniciático, el del personaje, Giovanni. Luego, a medida que escribía, iban surgiendo nuevas ideas.
Sí, ésta es más bien una novela iniciática. Son 12 años de la vida de Giovanni, donde el personaje va experimentando una transformación. Empieza como campesino en una zona de Calabria y un día emprende un largo camino por Italia para encontrar a la chica que ama. A mitad de camino se encuentra con un filósofo con el que se queda para adquirir conocimiento. A partir de ahí, se verá inmerso en una trama que no voy a desvelar. La novela da giros y sorpresas que el lector no espera. De algún modo, he querido que el lector tuviera una doble lectura: la de la historia de amor y la otra más de suspense.
Son títulos que fueron muy importantes en la formación intelectual de aquella época.
¿Podríamos esquematizar la novela como un triángulo cuyos vértices son el conocimiento, el amor y la religión y la trama se va moviendo entre estos puntos?
Sí, ciertamente hay este triángulo. Dijo Sócrates que había que vencer la ignorancia y Giovanni se propone precisamente eso, no quiere encontrarse con su amada sin tener una base sólida de conocimiento. Me remito a lo que comentábamos antes, que no hay conocimiento sin amor. En cuanto a la religión, la verdad es que tiene también un papel importante tanto en el conocimiento como en el amor, pero, insisto, no tanto como dogma, sino como espiritualidad. La religión te da esa espiritualidad para poder amar. En cambio, si tomamos la religión como dogma, entonces el conocimiento es más inaccesible.
Sí, el filósofo se aísla voluntariamente de la ciudad, quiere vivir alejado de ella para continuar su formación. Es en ese aislamiento donde Giovanni encuentra el conocimiento, cuando de repente da con el filósofo en mitad del bosque. Pero luego Giovanni se verá apartado en otro lugar, en un rincón sagrado, donde verá anulada su voluntad de amar a Elena. Pero afortunadamente, un encuentro con un monje propicia que vuelva a querer buscar el amor verdadero. Volvemos a lo de antes: la religión como dogma es privativa, hay que tomar su parte espiritual.
La Reforma de Lutero fue un tema muy importante en esta época, al igual que la filosofía de Erasmo. Erasmo también proponía una reforma de la Iglesia, pero tenía aspectos críticos contra los protestantes, concretamente en el libre albedrío. Erasmo creía en ello, en la formación a través de la libertad, no en un dios que decidía todo y que anulaba a la persona. Lutero creía más bien en un Dios Todopoderoso, Erasmo no. Y detrás de todo este discurso está lo que piensa el autor, yo, que opino igual.
Esta novela me ha llevado un trabajo de 15 años, así que nada está dejado al azar (sonríe). Son frases que me parecían especialmente interesantes, sobre todo la segunda, que pertenece a los evangelios. Desde luego, tienen que ver con el desarrollo de la novela. Giovanni se verá envuelto en una serie de problemas a lo largo de la novela, que tiene que ver con esto y que el lector irá descubriendo. De todos modos, me gustaría decir que siempre hay que mirar a dios, porque si nos limitamos a nuestros propios medios, quizá no consigamos lo que nos proponemos. Pero, insisto, no como una cuestión dogmática, sino espiritual.
(Risas) Giovanni idealiza desde el primer momento a Elena. Desde ese primer encuentro, se enamora y no deja de pensar en buscarla. Eso ocurre en la actualidad, también; es decir, el amor es irracional, nos dejamos llevar por la
No, cada novela que escribo es distinta. En este caso, empecé pensando en un viaje amoroso y acabé escribiendo un viaje iniciático. A partir de ahí, surgieron nuevas ideas: una carta que hay que entregar al Papa, unas muertes… No todo estaba proyectado. Mi próxima novela será muy diferente.
(Risas) Podría haber hablado del budismo en esta novela, pero no hubiese sido coherente, porque el budismo no se conocía en el siglo XVI. Pero casualmente puedo decir que mi próxima novela es un viaje iniciático de un personaje al Tíbet.
Ya se verá (risas).
Porque esta novela estaba pensada antes de empezar a escribir La promesa del ángel. Yo ya tenía muchas cosas interiorizadas desde hace 15 años. Y esta novela encierra aspectos tan personales que es difícil compartirla con nadie a la hora de escribirla. No todas las novelas se pueden escribir a cuatro manos. Ésta, por ejemplo, no se podía.
De momento 15 países, entre ellos Holanda, Alemania, España, Corea, Japón, Rusia y Grecia. En cambio, no se ha traducido al inglés todavía. A los americanos les cuesta (risas). Esperemos que con el tiempo se animen.













.jpg)






