miércoles, 1 de abril de 2009

Mi primer amanecer

No recuerdo quién, pero el otro día alguien me hizo pensar en mi primer amanecer. Una imagen que todos hemos vivido, de algún modo u otro, es la de permanecer en la playa, esperando la salida del sol en el horizonte. Alguno incluso tendrá la suerte de decir que su primera vez fue con una persona especial. Otros no tendrán la suerte de haberlo vivido en la playa o en plena naturaleza y se habrán conformado con verlo con mirada turbia una noche de borrachera. Quizá no sea mala imagen tampoco... Mi primer amanecer, en cambio, no fue ni en la playa, ni en la montaña, sino en la terraza de mi casa.


Era un crío, tendría unos ocho años, cuando decidí sentarme en el balcón y esperar a ver qué pasaba. Para mí era toda una incógnita lo que ocurría después del anochecer. Sabía que en algún momento aparecía la luz del día, pero no sabía bajo qué proceso. ¿Qué ocurría entre la oscuridad de la noche y los primeros rayos del sol? Debo decir que incluso tenía un miedo contenido a lo desconocido, algo así como cuando los españoles del siglo XV miraban el mar desde Finisterre y se echaban a temblar. Pero fui valiente y tomé la decisión de enfrentarme a la noche. Mis padres dormían cuando yo salí de mi cuarto y me senté en el balcón. No quería que ellos lo supieran, no podía correr el riesgo de que me obligaran a irme a dormir. Otras veces lo había intentado, pero siempre acababa cediendo al sueño.

Estuve horas esperando allí sentado. Descubrí que por la noche había gente en la calle. Incluso me impactó ver a una vecina mía, una mujer rubia bastante corpulenta, gritar debajo de mi puerta. Por la noche había vida, pero me resultaba algo tan peligroso, que incluso me escondía detrás de la baranda para que nadie viera que estaba asomado.

Esa noche hubo varias sorpresas: que la gente conducía, que los autobuses funcionaban, que no todo era silencio... Pero la mayor sorpresa fue descubrir que el sol salía sin armar jaleo, de forma tímida, desde detrás de los edificios de enfrente. Entre la noche y el día no había ningún proceso extraño, solamente una lenta metamorfosis lumínica. Me sentí estúpido por pensar que quizá ocurría algo raro, pero a la vez me alegré porque, por fin, había desvelado un misterio que me perseguía desde hacía tiempo.

Mi primer amanecer no lo compartí con nadie. No fue en la playa ni fue romántico. Pero aprendí cosas que nadie me había enseñado todavía y lo hice solo. Asumí el riesgo a solas y a solas me fui a dormir con la alegría de haber sido testigo de algo sencillo, pero maravilloso.

1 comentarios:

ALBERT dijo...

Has puesto voz, ¡y de qué manera!, a un lugar común de todo mortal. Sin lirismos exacerbados ni nostalgias raídas. ¡Cuantas otras noches en mi balcón, frente a los Jardines de Can Sebió únicamente iluminados por la esfera del reloj de su edificio central! Y allí, donde el parque limita con el paseo, todo el ajetreo que tú citas.