lunes, 19 de mayo de 2008

¡Empieza el síndrome prevacacional!

Cuando terminan las vacaciones todo el mundo habla del síndrome postvacacional: que si la depresión de volver al trabajo después de 30 días de descanso, playa y siestas, que si volver a madrugar, volver a escuchar al jefe… Pero no veo que nadie hable del síndrome prevacacional. ¿Acaso nadie reconoce que lo sufre o es que, sencillamente, no hay ningún medio que hable de él? Sea como sea es innegable que no sólo se sufre después de las vacaciones, sino que antes también ocurre.

A los hechos me remito. Para empezar, cuanto más cerca estamos de las vacaciones, más lentos nos pasan los días. Si nos queda un mes y medio para llegar al agosto, las jornadas pasan relativamente rápido, pero cuando ya solamente quedan dos semanas, parece que los relojes y los calendarios se derritan y se resistan a correr.

Pero no sólo eso. ¿Quién no ha empezado ya a pensar en la maldita operación bikini? En el momento en que vas a comprar a alguna tienda de ropa y ves los conjuntitos de verano en las perchas, piensas que hay que eliminar los michelines incómodos. Es más, la gente compra una talla menos porque da por hecho que para el verano ya habrá perdido un par de quilos y podrá embutirse en la pieza de ropa. Por no hablar de los colores: algunos se compran las camisetas pensando que el color le quedará bien con el moreno que prevé cogerá en verano.

Ya se sabe que es una estación de exposición. No exposición al sol, sino a la gente. En verano parece que uno se vista más para presumir de moreno, de torso, de pechos o de trasero. Por eso es necesario escoger la ropa adecuada.

Pero hay más. Los que viajan en grupo o en pareja se enfrentan a la elección del destino vacacional. Uno quiere ir a las playas de Ibiza, otro considera que mejor un poco de turismo cultural y eligen Roma; de repente salta otro y dice que hay que hacer algo diferente y quieren ir al norte de África. Sin olvidar a la pija que se muere por ir a Nueva York, ahora que el dólar esta débil frente al euro, para aprovecharse de prendas de primeras marcas a bajo coste. Al final acaba habiendo consenso, no obstante: se ponen todos frente a la pantalla y se quedan con la opción más económica, el destino ya no importa.

El dinero. Algunos empiezan a ahorrar para las vacaciones ya en abril o mayo. Otros presumen de no necesitar guardar y la mayoría somos incapaces de ahorrar y presumir. Acabamos buscándonos la vida para conseguir unos míseros euros que nos sea posible coger algún vuelo a alguna ciudad europea.

No quiero ni hablar de las discusiones de matrimonio: ¿Dónde dejamos el perro? ¡No quiero que venga tu madre con nosotros! ¡Me niego a que se una tu compañero de trabajo! ¡Este año te toca a ti comprar la guía de viajes, que el pasado verano la compré yo! ¿Dónde has metido mi bolsa de mano?

Así que, por favor, no menosprecien la angustia prevacacional, porque si después de verano es duro volver al trabajo o a los estudios, prepararse para el descanso es casi un infierno (¡pero qué dulce infierno!).

Manel Haro.

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