sábado, 17 de mayo de 2008

Cuando lloran los cangrejos

Dicen que la mejor forma de librarse de los traumas, es contarlos. No sé si lo que voy a contar hoy forma parte de un trauma o es simplemente una mala experiencia. Quizá ni eso, sino simple remordimiento. Sea lo que sea, voy a contarlo porque es un recuerdo que de vez en cuando sacude mi conciencia.

Cuando era pequeño, al llegar el verano e ir a la playa, me gustaba entrar en el agua y no salir hasta que me llamaran para volver a casa. En realidad sí que salía, aunque solamente para dejar en mi cubo -tenía todo un set, con su rastrillo y su pala- lo que me parecían tesoros maravillosos. A veces era un cristal erosionado por el mar, otras eran simples piedras redondeadas, pero la mayoría de veces eran conchas. No obstante, el premio llegaba cuando, escarbando en la arena de la playa, encontraba alguna pequeña almeja cerrada (pechina las llamaba yo, no sé si todo el mundo también) o un cangrejo.

Era increíble: entrar en el agua, bucear y escarbar en la arena, notar que algo se movía en mi mano y gritar ¡sí, un cangrejo, te pillé! Salía corriendo, lo dejaba en el cubo y volvía a por más. Luego alguna de mis hermanas o mi padre se encargaba de devolverlo al mar. Pero una vez, aprovechando que mi madre había prometido hacer una paella, decidí llevármelo a casa y meterlo en la paellera. Dejé el animal en la cocina y me marché a jugar.

Mi hermana, que echaba los ingredientes en la paella, me llamó, me enseñó el cangrejo y me dijo: "Míralo, está llorando, ¿seguro que te lo quieres comer?" Yo lo miré y lo cierto es que me pareció ver una gota de agua en la zona de los ojos. No sé si mi hermana deliberadamente decidió remojarlo en agua del grifo, pero lo que yo vi era una lágrima. Con toda la crueldad que hay en el interior de un niño, le dije: "Sí, a la paella".

Y cuando me sirvieron el plato, ahí estaba el cangrejo, en un lado. No me lo comí. No recuerdo que fuese por pena, sino, sencillamente, porque no me apeteció (tampoco recuerdo si me gustaban los congrejos, pero me constaba que había gente que los echaba a la paella). El cangrejo murió en vano.

Cada vez que en televisión sale algún caso de maltrato animal, recuerdo al cangrejo llorando sobre la mesa de la cocina. Cuando alguien me dice que su mascota ha muerto, me viene a la memoria el cangrejo. De vez en cuando, ese animal que maté pellizca mi conciencia.

Si cuando somos pequeños, fuésemos capaces de prever lo que van a suponer nuestras acciones en el futuro, seguramente dejaríamos de hacer muchas cosas. En mi caso, el cangrejo llorando lo tengo clavado en el recuerdo. Y, de verdad, me siento morir cada vez que lo pienso.

Manel Haro.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Manel, que historia tan tierna... y la foto también. Tienes la misma cara guapetona :) Yo cuando era pequeña encontré en la manga del mar menor un caballito de mar, y era algo tan excepcional que lo saqué del agua ylo puse en la sombrilla a que le diera el sol y se disecara. También recuerdo mucho a ese pequeño caballito de mar. Con la diferencia de que lo tengo guardado! (cabe destacar que el animal parecía estar muriéndose ya cuando lo encontré, no fue un asesinato. O al menos eso quiero creer). Me gusta el cambio de look de tu blog, este diseño es más chulo. Besazos! Patri

Anónimo dijo...

Bonita historia, Manel. Y bonito blog. Felicidades!!!

Pilar Alonso

Manel Haro dijo...

¡Gracias, chicas!

ALBERT dijo...

Demoledora la historia, chaval. :D La crueldad infantil es muchas veces insconciente, pero no por ello menos dura e inflexible. RIP Cangrejo del lagrimal suelto.