sábado, 1 de marzo de 2008

Piqué, el caballero que todavía batalla

El ex líder del PPC defendió la opción de ser de derechas en la presentación del libro de Josep Martí, ‘Ets de dretes i no ho saps’

Manel Haro. Barcelona

En un lugar de Barcelona, de cuyo nombre puedo acordarme –Casa del Libro-, no ha mucho tiempo que un político derrotado por la última gran batalla con Madrid, Josep Piqué, presenta un libro de esos de lanza en astillero, Ets de dretes i no ho saps, de Josep Martí. Piqué, que todavía combate contra molinos como si fueran gigantes, defiende la dignidad de ser de derechas. Contra los estigmas, contra los que tachan de franquistas a los populares, ser de derechas es representar la opción liberal, la que mejor defiende los intereses de los españoles, la que mejor trata la economía española; ésta es, al menos, su materia de caballería. Al lado del ex líder del PPC se halla Martí, un hombre que elogia tanto la presentación que ha hecho el gran caballero Piqué, que, sacando el Sancho que lleva dentro, dice no poder hacerlo mejor, que él solamente es un aprendiz ante toda una eminencia.

El autor repasa el contenido de su libro mientras el maestro, que no viaja en rocín flaco –no es Rocinante, no- sino en otros medios que atraviesan horas flacas –Vueling-, asiente y sonríe ante las ocurrencias de su compañero de mesa. Martí afirma que en su libro hay respuestas para los que se cobijan bajo el paraguas conservador y bajo el progresista. Todos pueden entrar con su escudo a Ets de dretes i no ho saps.

Los presentes, muchos vestidos de traje y cuya media de edad ronda los cuarenta años, aplauden ambos discursos –hay un tercero, Pere Tió, del Grup 62, pero pasa inadvertido- y sonríen complacidos. La forma de batallar de Piqué, siempre con las gafas en la mano derecha apoyando su discurso y la de Martí, que con la modestia explícita de no ser tan buen orador como Piqué, convencen a juzgar por las decenas de lectores que al final del acto se acercan a que Martí les firme un ejemplar. A Ana, una joven de unos veinticinco años, se lo dedica con el deseo de que el libro le ayude a ser lo que realmente quiera ser.

Otros prefieren brindar con cava. Parece que el acto ha sido un éxito, que el caballero y su escudero han ganado una batalla. Rastreando la señal que confirme que la presentación ha dado buenos resultados y que todos han captado la candidez de la derecha (¿Dulcinea?), encontramos a un pequeño asistente de unos cinco años, con una cámara de fotos lanzando flashes, que juega con todos y pide también su derecho a firmar un libro. Es el hijo del autor y ante la pregunta de si cree que su padre lo ha hecho bien, el niño sonríe y levanta el pulgar en señal de victoria.

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