jueves, 29 de noviembre de 2007

Entrevista con Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña (directores de "La habitación de Fermat")

Hace un par de semanas se estrenó con bastante buena acogida La habitación de Fermat, dirigida por Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña.

Es el primer guión que escriben y la primera película que dirigen, pero ambos se conocen desde hace muchos años. Estudiaron juntos Comunicación Audiovisual en la misma facultad y han trabajado en El club de la comedia, Cruz y Raya, entre otros programas. Actualmente dirigen el programa Nada x aquí, en Cuatro.

Pero lo que nos ocupa en esta entrevista es hablar con ellos sobre el rodaje de su primera película: La habitación de Fermat. Carola Pérez-Badua y yo, Manel Haro, charlamos con Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña días antes del estreno.

ENTREVISTA

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Al ver la película, hemos recordado un libro: El tío Petros y la conjetura de Goldbach. ¿Lo leísteis antes de escribir el guión de la película?
Luis Piedrahita: Sí, por supuesto.
Rodrigo Sopeña: Sí, pero no ha sido tanto una influencia. A nosotros nos han influido más los libros de divulgación científica, autores como Martin Gardner, Ivars Peterson… Tienen libros de divulgación donde hablan de la personalidad del matemático, la búsqueda de un enigma y todo eso. Los tres enigmas matemáticos más míticos que hay son la conjetura de Goldbach, el enigma de Fermat, que ya está resuelto, y la hipótesis de Riemann. La conjetura de Goldbach se entiende muy fácil, hasta un niño lo entendería, y por esa razón está utilizado en esa novela que mencionas. El libro no tiene nada que ver con nuestra película, solamente que ambas parten del mismo hecho científico.
Luis Piedrahita: Claro, luego las matemáticas como excusa para contar una historia entretenida, pero que no es necesario ser matemático para entenderla.
Otro tema curioso de la historia de los matemáticos es el gran índice de suicidios.
L.P.: Sí, hay casos apasionantes. Por ejemplo el de Tuning, que se suicidó comiéndose una manzana envenenada. El caso de Kurt Gödel es curioso, murió porque decidió dejar de comer. Hay casos insólitos, como el de un alemán que decidió suicidarse al amanecer pero por la noche descubrió el enigma de Fermat, entonces cambió de idea y dedicó su vida a resolverlo, incluso primó con un millón de coronas a quien lo resolviera, porque ese enigma había salvado su vida. Los suicidios y las matemáticas han estado siempre unidos.

Una de los detalles de la película que habéis comentado en varias ocasiones es que todas las cartas están sobre la mesa, como las novelas de Agatha Christie. Hay muchas pistas que te llevan al desenlace.
R.S.: Sí, están todas las piezas visibles para que el espectador pueda resolver el final. Pero también hay muchas cosas engañosas para que haya despiste, claro.
Hay momentos en la película de contraposiciones, supongo que es para simbolizar el mundo de los matemáticos.
R.S.: Sí, los matemáticos combinan una gran frialdad y lógica con una enorme pasión, necesitan pasar a la historia antes de una cierta edad. Los matemáticos hacen los grandes descubrimientos antes de los treinta años, más tarde ya no tienen la mente para descubrir ciertas cosas. Muchos matemáticos, por lo tanto, viven en ese mundo de pasión y a la vez frialdad.
De hecho, la película está llena de simbolismo.
L.P.: Sí, por eso en los pases de prensa la gente pide segundos visionados, para no perderse ciertos detalles. No podemos detallarlos, porque el público tiene que descubrirlos (risas).
Se ha comparado vuestra película con Cube.
L.P.: La gente compara ambas películas antes de verla, luego cuando ve La habitación de Fermat descubre que no se parecen. Lo que tienen de semejante es el planteamiento de enigma y arquitectura trampa. Cube es ciencia ficción, por lo que puede permitirse un final abierto y sugerente, pero nuestra película no es de ciencia ficción, es más como las novelas de Agatha Christie, por lo que no podíamos permitirnos ese tipo de final. La habitación de Fermat es de género suspense, que es diferente a la ciencia ficción.
Sí hay semejanzas con el cine de Hitchcock.
R.S.: Sí, tiene algo de La soga y Crimen perfecto, también de La huella de Mankievich.
L.P.: Claro, antes de hacer una película que transcurre en una habitación, tienes que ver todas las películas que puedan ser parecidas. Incluso podríamos mencionar Última llamada, que transcurre en una cabina.
Además, el hecho del duelo es importante. Hay duelo en La soga y en La habitación de Fermat.
L.P.: Sí, efectivamente.
R.S.: En muchas de las películas clásicas, la puesta en escena es muy teatral. Nosotros queríamos que la habitación fuera un personaje más. Evoluciona la realización de más elegante a más bestia, al final la realización parece la serie 24. De hecho, a los cámaras les pusimos la serie 24 para que vieran un ejemplo de realización cruzada con dos cámaras sin que pareciera mareante.
¿Fue difícil rodar en un espacio tan pequeño?
L.P.: Horrible. Al principio se rodaba bien cuando la habitación tenía 50 metros cuadrados, pero cuando se reduce a cuatro metros cuadrados fue difícil, porque además de los actores, había 16 personas de equipo técnico, con dos cámaras cruzadas, con sus pertiguistas, sus palos, sus aparatos de iluminación… Hubo desmayos, ataques de nervios, accidentes…
R.S.: Sí, la caída de Elena Ballesteros en la película es real, cayó y se hizo daño de verdad. Tuvimos la buena suerte de que estaba en plano, le pedimos permiso para montarlo y está en la película (risas). Lo mismo ocurre cuando cae Alejo Sauras, que es una caída real.
Vaya, ya decíamos nosotros que la caída de Alejo Sauras parecía muy real.
R.S.: Sí, pero es que Alejo se pone en una situación límite en la que él puede sufrir un accidente y como actor le da igual. Él decide hacerlo a lo bestia, como debe hacerlo el personaje, y si se cae, se cae. Si en España se hicieran películas de acción, Alejo sería un actor ideal, nosotros lo llamamos la ardilla Alejo (risas).
¿Tuvisteis presión en el rodaje?
L.P.: Claro, porque en aquel plató entraba otra producción a rodar. Veíamos el plan de rodaje y las fechas que teníamos y nos dimos cuenta que no daba tiempo. Pensamos en parar la película, pero al final el ánimo y el apoyo de los actores y demás fueron fundamentales. Aquella película había que acabarla y se acabó.
Antes hablábamos de Hitchcock. Precisamente este director tenía tendencia a aparecer en sus películas. Tu imagen, Luis, aparece en La habitación de Fermat, mejor dicho, tus libros.
R.S.: Sí, es una broma que hizo el cámara, que vino con un libro de Luis y lo puso en el atrezzo. Luego nosotros seguimos la broma y metimos el otro libro de Luis y el de Pablo Motos (risas)...
L.P.: Y la mano que aparece al principio con el guante es la de Rodrigo, o sea que él también aparece.
¿Habéis contado con mucho presupuesto para le película?
L.P.: No lo sabemos, la verdad, solamente sabemos que cuando pedíamos más, nos decían que no había (risas). Eso sí, la productora nos dio todo lo que pudo y sobre todo libertad creativa absoluta.
R.S.: De todos modos, siempre pensábamos que se podía mejorar, pero teníamos problemas de tiempo. Incluso tuvimos que abrir la sala un domingo porque teníamos que llegar al Festival de Sitges, que llegó a las dos de la mañana del día que se proyectó. Nosotros la vimos ensamblada por primera vez ante 1.500 personas, antes no la habíamos visto entera.
¿Algún próximo proyecto?
L.P.: Sí, no tenemos nada todavía, pero hay un concepto entre manos, que es un robo a un banco multimillonario en el que no se pega ni un solo tiro.


Texto de Manel Haro y Carola Pérez-Badua.
Fotos de Manel Haro.

Reservados los derechos para Anika Cine Magazine.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

"REC": CINE DE TERROR en mayúsculas

El día del estreno de REC fui al cine con un amigo y nos quedamos a las puertas porque colgaba el cartel de entradas agotadas. Miramos en los demás cines y en ninguna sala quedaba una sola entrada. Todo vendido. Los siguientes días, si no ibas con tiempo a comprar la entrada, ocurría exactamente lo mismo. ¿Tan aterrador había sido el trailer de REC como para que la gente no pudiera resistir ir a verla lo antes posible? ¿O era cosa de las buenas críticas que había recibido tras su paso por el Festival de Sitges? Sea como sea, la cuestión es que uno entra a ver REC con la sospecha de disfrutar de una película verdaderamente aterradora.

Una joven periodista del programa nocturno Mientras usted duerme acompaña a una dotación de bomberos para hacer un reportaje de cómo es una de sus noches de trabajo habitual. La primera llamada que reciben los bomberos es desde un piso de Barcelona: una anciana ha tenido un accidente en una casa y los vecinos están alarmados por los gritos. Los bomberos se ponen en marcha para entrar en ese piso, pero cuando llegan descubren que algo extraño ocurre allí dentro. Desde fuera se ha dado la alarma de amenaza biológica, química o nuclear y han precintado el edificio, han cortado las calles adyacentes y nadie puede acercarse. Tampoco puede salir nadie de allí dentro. En el edificio empiezan a pasar cosas extrañas y terroríficas que van a poner en jaque a policías, bomberos, periodistas y vecinos. Nadie está a salvo. Aunque el policía le pide al cámara que deje de grabar lo que está ocurriendo allí dentro, la voz de la periodista insiste: “sigue grabando, por tu puta madre”, “tenemos que informar de lo que está pasando”.

Podría decir sin ningún reparo que esta película, dirigida por Jaume Balagueró y Paco Plaza, es una de las películas que más miedo da de toda la historia del cine de terror. No cometeré la frivolidad de decir que es la mejor película de este género, porque para eso tendría que haberlas visto todas, pero estoy seguro de que la sensación de angustia y miedo que transmite esta película, pocas han conseguido hacerlo. Y es que yo, como espectador, no he sentido tanto PÁNICO en mi vida como con esta película. El espacio de rodaje es reducido, una vez la cámara entra en la portería del edificio, los exteriores desaparecen –recuerden que han precintado el edificio y nadie puede salir-, por lo que aumenta la sensación de encierro y no tener escapatoria. El agobio, la angustia y el miedo domina al público. Hay una sensación de realidad, lo que ahí ocurre es creíble. Los personajes son muy humanos, da la sensación que son cercanos a nosotros. Además, ninguno de los actores es especialmente conocido, por lo que el director ya se ha ahorrado que se identifique a algún actor con otra película. La sensación es que parece que los actores sean vecinos de verdad, policías de verdad, periodistas de verdad, bomberos de verdad, y el mal encarnado de verdad.

A uno le cuesta expresar con palabras lo que se siente al ver REC. Yo, sin ir más lejos, llamé a algunos amigos para recomendarles que vieran la película una vez había salido del cine, pero me costaba articular palabra. No sabía cómo explicarles lo que había visto; me temblaban las piernas, tenía malestar en el cuerpo y, si tuviera un espejo delante, hubiese asegurado que se me había ido el color de la cara.

REC es un puñetazo sobre la mesa en la historia del cine de terror. Ha marcado un precedente y será recordada durante largo tiempo, sin duda. En Estados Unidos ya están trabajando en el remake de REC, cuyo título será Quarantine.

Vayan a verla. No sabrán lo que es verdadero pánico hasta que se metan en ese edificio.


Manel Haro.
Reservados los derechos para Anika Cine Magazine.

martes, 27 de noviembre de 2007

Entrevista con Javier Ríos (protagonista de "Escuchando a Gabriel")

En Escuchando a Gabriel, Javier Ríos ha hecho su primer papel de protagonista. Anteriormente ha trabajado en películas importantes, como You’re the one, de José Luis Garci, Hable con ella, de Pedro Almodóvar o Noviembre, de Achero Mañas.

José Enrique March le ha dado la oportunidad de demostrar su capacidad interpretando al protagonista de Escuchando a Gabriel. Hablamos con él sobre su trabajo en la película.
ENTREVISTA
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Manel Haro: Javier, ¿qué tal ha sido la experiencia de interpretar el papel de Gabriel?
Javier Ríos: Ha sido una experiencia maravillosa, de las mejores que he tenido en esta profesión. Hacía tiempo que no tenía una sensación tan buena.
M.H.: ¿Cómo entras en contacto con esta película?
J.R.: La productora se puso en contacto conmigo. Vieron el anuncio que hice de Coca-Cola y me mandaron el guión para que fuera a Valencia a hacer una prueba. Fui, la hice y me cogieron.
M.H.: El director ha dicho que el casting para elegir al actor de Gabriel fue realmente exhaustivo, por lo que el papel requería mucho de ti.
J.R.: Sí, es un papel que implicaba mucha entrega y así lo hice. La verdad es que hice lo que pude, no sé si está bien o mal, pero desde luego lo di todo, eso está claro.
M.H.: ¿Ha habido buen entendimiento con el director en el rodaje?
J.R.: Sí, la verdad es que sí. José Enrique tiene mucha paciencia y estaba dispuesto a escuchar las sugerencias que yo le hacía sobre el personaje. Algunas las aceptaba y otras no. Se podía hablar con él. Además, hacer una película en tan poco tiempo y con poco dinero y tanta presión es difícil. Él no perdía la calma en ningún momento y a los actores eso nos da mucha tranquilidad.
M.H.: ¿Qué tal ha sido el trabajo con los otros actores, Silvia Abascal y Antonio Dechent?
J.R.: Muy bien, son dos actorazos muy profesionales. Para mí, que era mi primer protagonista, era mucha presión, me vino bien aprender de ellos, de su manera de actuar, su comportamiento de cara al trabajo… Los tres somos muy diferentes, pero nos compenetramos bien, el guión nos cautivó a todos y nos entregamos al máximo para hacerlo lo mejor posible.
M.H.: En la película hay momentos que no solamente tienes que interpretar un texto, sino también una música o un silencio. ¿Qué es lo que más te ha costado de todo esto?
J.R.: Cada cosa tiene su dificultad, depende de lo complicado del texto o de la escena. Si la mirada es complicada, pues es complicada (risas). La verdad es que lo del piano era, dentro de las dificultades del personaje, la mayor. Pero a base de unos meses de ensayo, de acercarme al piano, de la ayuda de Maxi Valero, el creador de Gabriel, pude hacerlo lo más creíble posible, lo más cercano a ese genio del piano, que es Gabriel.
M.H.: ¡Javier, muchas gracias y que tengas suerte en éste y en futuros proyectos!
J.R.: Gracias a ti, Manel.

Entrevista de Manel Haro.
Fotografía de Manel Haro.

Entrevista con José Enrique March (director de "Escuchando a Gabriel")

José Enrique March es el director de la recién estrenada película Escuchando a Gabriel. Es el primer largometraje que se estrena en pantallas, aunque anteriormente ya trabajó en una película experimental, La estancia, junto con su inseparable Maxi Valero.

Como ya sabéis, la película está protagonizada por Javier Ríos, además de estar en el reparto Silvia Abascal y Antonio Dechent.

Después del preestreno y tras hablar con el guionista, entrevistamos a José Enrique March: el director.

ENTREVISTA
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Manel Haro: ¿Cómo se gesta este proyecto?
José Enrique March: Nosotros tenemos una productora, que se llama Somnia Ars, y que la formamos tres personas, Natalie Martínez (productora), Maxi Valero (guionista) y yo. Los tres habíamos trabajados en otros proyectos anteriores y nos conocíamos mucho. Maxi tenía una idea para un guión y a partir de una primera versión, lo pone en común con nosotros y a partir de las siguientes versiones, trabajamos los tres perfilando cosas. A medida que íbamos hablando, Maxi Valero perfilaba la historia hasta quedar definida. Cuando ya teníamos esa versión, comenzamos la fase de financiación por nuestra propia productora y luego buscando coproducciones. Este proyecto salió relativamente rápido, porque desde la primera versión hasta que llegamos a rodar pasaron dos años y hasta estrenar otro año más, que es el tránsito normal de una película. Así que estamos muy contentos de estrenar Escuchando a Gabriel.
M.H.: ¿El resultado final de la película era el que os habías planteado al principio?
J.E.M.: Sí, nos planteamos ese resultado, porque queríamos hacer una película muy potente a nivel visual, con una música que estuviese a la altura, que los actores tuviesen todo lo que requerían los personajes… Sobre todo, queríamos hacer una película distinta, salirnos, en cierto modo, de los géneros habituales en España y ofrecer cosas nuevas. Es un drama romántico que está al límite de muchas cosas e intenta bordear el lado de la ternura hasta un nivel máximo, pero sabiendo que estamos en un género melodrama puro y duro.
Carola Pérez-Badua.: ¿Cómo fue el trabajo con los actores? ¿Hubo que darles muchas pautas?
J.E.M.: En el guión estaba muy marcado el desarrollo de los personajes. A la hora de ensayar, me gusta hablar con ellos, repasar el guión de cabo a rabo y darles ese margen de libertad que necesita todo actor, porque no todo tiene que ser tan riguroso. Con toda esa base, ellos aportaron cosas. Los ensayos son fundamentales, yo trabajo con ellos de una forma en la que necesito que me comprendan y eso se vio desde el principio. Javier Ríos tiene el personaje más difícil, tiene que cambiar mucho, dar muchos matices y era un riesgo bestial. Javier Ríos ya había hecho cosas como actor, pero necesitaba ese punto de desconocimiento del espectador. Es decir, la gente reconoce a Silvia Abascal y a Antonio Dechent, pero queríamos que el protagonista sacara una nueva mirada y precisamente esa mirada es lo que más me atrajo de él, la suavidad de sus movimientos, la forma de corresponder a los demás… Además, es un actor que escucha muy bien.
M.H.: ¿Tenías clara la elección de los actores?
J.E.M.: Estaban todos en los perfiles. Con Silvia (Abascal) y con Dechent estaba muy claro. Con Javier hicimos un casting muy exhaustivo y buscamos un rostro que tuviera la confianza de otros proyectos, pero al mismo tiempo que fuese nuevo, que transmitiera cosas distintas. Encontrar a Gabriel fue lo más complicado. Con Silvia y con Antonio Dechent fue muy fácil. Dechent es la entrega, el carácter, la pasión, el genio, es una fuerza de la naturaleza.
M.H.: Cuando hablábamos con el guionista, nos ha explicado cuáles eran sus referentes en el cine. ¿Cuáles son los tuyos?
J.E.M.: Yo me considero bastante cinéfilo en esas cosas, por lo que mis referentes son muchos. Yo no tengo una idea marcada de que el cine debe ser de una determinada manera, a mí me gustan muchas cosas. Los referentes los aplico en función de la historia que quiero contar. Para la forma de trabajar con los actores tengo unos referentes, para reflejar el toque intimista de la película tengo otros, pero no solo directores clásicos, sino también actuales. Son referencias que te ayudan para aclararte dentro del maremagnum que es llevar una película en la cabeza.
M.H.: ¿Tenías un público en mente cuando rodabas la película?
J.E.M.: Habíamos pensado en un público muy amplio, entendiendo como público, gente que quiere ver de todo. Estamos viendo que la película gusta mucho a las mujeres (risas), sobre todo después de haber pasado la película en el Festival de Cine de Sevilla. Pero solamente es una apreciación del público que hemos visto en los preestrenos, nosotros queríamos un público lo más amplio posible. La historia en sí habla de conceptos muy universales, habla de perdón, de amor, de esperanza, de música… temas que pueden llegar a cualquiera. Hay sencillez, cualquiera puede hacerse partícipe de la historia.
M.H.: ¿Sois conscientes al estrenar la película, que el cine no comercial, como Escuchando a Gabriel, debe luchar con otras grandes producciones de cine español en cartelera como El orfanato?
J.E.M.: Sí, hay que pensar en ello. Es una lucha que está ahí y ese es el juego, hay que aceptarlo, igual que hay que aceptar las críticas, sean buenas o malas. Somos conscientes de la película que tenemos entre manos y hasta donde podemos llegar. Que a partir de ahí, todo funciona mucho mejor, pues genial. Pero lógicamente no podemos competir con otros productos. Nosotros tenemos un perfil muy claro de la película, es una temática muy recogida, invernal, que apetece más para esta época. El tema es que ahora hay muchas películas españolas y nos hacemos daño unas o otras, aunque sean distintas entre sí, sobre todo a nivel de presencia mediática. Es una lástima, porque hay películas que pasan desapercibidas, esperemos que no sea nuestro caso (risas), y que merecen mucho más. Pero las cosas son así.
M.H: Hemos visto que en la película no hay demasiadas referencias temporales ni espaciales. Es decir, la historia podría ocurrir en cualquier época y en cualquier ciudad.
J.E.M.: Efectivamente, es una película de temas universales que queríamos descontextualizarlos para que fueran reconocibles en cualquier parte de España o incluso del mundo. Eso se hace quitando elementos modernos, no hay coches, no hay ordenadores, no hay señales de tráfico… Le dábamos ese toque de cuento, de magia. Queríamos que fuera accesible para todos y eso hay que tenerlo en cuenta en el vestuario, la forma de actuar… Con el presupuesto que teníamos hemos hecho la película que queríamos hacer.
C.P.B.: El hecho de que los protagonistas sean músicos hace que los diálogos no sean tan potentes como la carga emotiva que pueda tener la música.
J.E.M.: Exactamente, la música es como un actor principal. Queríamos que la música condujera a Sara y Gabriel. Gabriel conoce a Sara a través de la música, Sara se acerca a Gabriel cuando lo escucha tocar el piano… Incluso Carlos (Antonio Dechent) tiene su música, una ausencia de música, un silencio. Buscábamos la complejidad que tiene la música, saber cuándo hay que incluirla y cuando no.
M.H.: ¡Pues mucha suerte con el estreno, José Enrique!
J.E.M.: Esperemos (risas).





Entrevista de Manel Haro y Carola Pérez-Badua.
Fotografías de Manel Haro.
Reservados todos los derechos para Anika Cine Magazine.

Entrevista con Maxi Valero (guionista y compositor de la B.S. de "Escuchando a Gabriel")

Maxi Valero es guionista y compositor. Es el autor del guión y la banda sonora de la película que se acaba de estrenar, Escuchando a Gabriel, dirigida por José Enrique March y cuyo reparto está compuesto, entre otros, por Javier Ríos, Silvia Abascal y Antonio Dechent.

No es la primera vez que Maxi Valero y José Enrique March trabajan juntos, ya se unieron en el pasado para la película experimental La estancia. No obstante, Escuchando a Gabriel es el proyecto más ambicioso que ha hecho hasta ahora.

Después de ver el preestreno de la película, Carola Pérez-Badua y yo, Manel Haro, hablamos con él sobre el guión y la banda sonora del film.

ENTREVISTA
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M.H.: Maxi, ¿cómo surge la idea del guión?
M.V.: Enrique y yo hicimos un trabajo anterior, que era una película experimental, muy radical y violenta en muchos aspectos, sacando la parte más oscura del ser humano, que era La estancia. Cunado acabamos, estábamos muy cansados de esa historia y le propuse a José Enrique hacer una cosa totalmente opuesta. Nos apetecía contar una historia de amor y perdón emulando a los clásicos, con una bonita banda sonora. Yo soy guionista, pero también toco el piano, junté eso y vi que la música era un lenguaje propio para transmitir emociones. Le planteé hacer una historia sobre música y músicos. Por lo tanto, es una historia de amor y también de perdón. A partir de ahí, surgió la historia de Escuchando a Gabriel.
M.H.: A medida que escribías el guión, tenías clara la música o fue más bien una elección posterior.
M.V.: Sí, a la vez. Normalmente cuando escribo, lo hago escuchando bandas sonoras. Aunque cuando planteo las ideas en mi cabeza, empiezo a buscar referentes. Conforme iba escribiendo secuencias, componía temas. Luego muchos de esos temas no entraron en la película, pero sí cogieron el tono del film. Me gusta cuando acabo un guión interpretar temas a piano para cuando lean las secuencias vean por dónde quiero que vaya el tono de la secuencia.
C.P.: ¿Y cuáles fueron tus referentes para esta película?
M.V.: Los más importantes fueron Hans Zimmer y James Newton Howard. Luego también de Ennio Morricone y Rachel Portman. Estos fueron los puntos clave para intentar buscar un tono acorde con la película.
C.P.: ¿Las películas donde han trabajado estos compositores, tiene algún tipo de semejanza con Escuchando a Gabriel?
M.V.: Sí, muchas van por ese tono. Por ejemplo Rachel Portman con Las normas de la casa de la sidra. También Chocolat, todo ese tipo de películas tiene una banda sonora muy emotiva y muy clásica a la vez. Ese estilo nos funcionada muy bien. Luego cuando empiezas a componer la banda sonora, ya es muy distinto, pero es importante saber el tono que quieres transmitir.
M.H.: Antes citabas a Ennio Morricone, que era un especialista en hacer que la música sustituyera a los diálogos.
M.V.: Sí, él era un maestro, la música antes que hablar. Es una película donde los diálogos no dicen mucho, dice más la música que hay detrás. Ellos hablan a través de la música, por eso la banda sonora empieza a sonar de forma imperceptible a mitad de una secuencia, cuando se están mirando los personajes en una secuencia emotiva fuerte. Es como si ellos hablaran a través de la música.
C.P.: Los músicos a veces puede que se expresen mejor a través de la música que con la palabra.
M.V.: Siempre. La música es un lenguaje universal, un transmisor de emociones muy fuerte.
M.H.: ¿Hubo perfecto entendimiento con el director en todo momento?
M.V.: Sí, José Enrique y yo nos conocemos desde hace quince años. Hemos doblado tantas cosas y hemos visto tanto cine juntos, que tenemos mucha afinidad en lo que nos gusta, por lo que no hay demasiadas discrepancias. Lo que yo quiero plasmar también es lo que le gusta a él. A partir de que él empieza a trabajar con los actores, yo no tengo que hacer nada más.
M.H.: Volviendo al tema de los referentes, el principio de la película nos ha recordado mucho al inicio de alguna de las películas de Tim Burton, como Eduardo Manostijeras.
M.V.: Sí, antes se me ha olvidado citar también a Danny Elfman, el músico de Tim Burton, pero solamente es al principio, como decís. Danny Elfman tiene una buena forma de empezar las películas y pensamos que nos iba muy bien.
M.H.: ¿Estabas presente en el rodaje?
M.V.: Sí, en casi todo.
M.H.: ¿Y a medida que avanzaba el rodaje, veías que el resultado era lo que tú habías imaginado con el guión?
M.V.: Sí, la verdad que sí. Un guión te lo imaginas de muchas formas. Cuando veo el rodaje, me sorprendía mucho. Un guión es como un manual de instrucciones, cada actor lo va completando. Cuando yo veía la cantidad de matices que se añadían, me satisfacía. Significaba que el guión había cobrado vida.
M.H.: Como guionista, ¿estabas pensando en un público determinado cuando escribías?
M.V.: Cuando diseño un guión me planteo a quién va dirigido, qué tipo de producción es y cuánto presupuesto tengo. Yo sabía que quería hacer una película para todos los públicos y así lo plantee a los productores, ellos estuvieron de acuerdo y seguimos adelante.
M.H.: Maxi, ¡gracias y mucha suerte con la película!
M.V.: Gracias a vosotros, chicos.


El equipo:


Natalie Martínez, José Enrique March, Javier Ríos, Lluís Miñarro y Maxi Valero


Entrevista de Manel Haro y Carola Pérez-Badua.
Fotos de Manel Haro.
Reservados todos los derechos para Anika Cine Magazine.

lunes, 26 de noviembre de 2007

"Escuchando a Gabriel", de José Enrique March

El viernes 23 de noviembre se estrenó en España el primer largometraje del director valenciano José Enrique March: Escuchando a Gabriel. La película cuenta la historia de un músico, Gabriel (Javier Ríos), que vive solo en un piso, donde dedica su tiempo a tallar figuras de madera. Nada parece que penetre en la vida de Gabriel, ni siquiera las invitaciones de sus compañeros de trabajo. Sara (Silvia Abascal) llega al edificio para compartir piso con una vecina de Gabriel. Sara es violinista y está preparando unas pruebas para acceder a la Filarmónica. Cuando intenta interpretar una pieza de Beethoven en casa, se desespera al ver que un acorde se le resiste. Gabriel se presenta en su casa y le indica que hay un error en la partitura. Sara queda impresionada y empieza a sentirse atraída por la extraña vida de Gabriel.

Sara descubrirá la vida atormentada de un joven que soñó con ser pianista, pero que, por culpa de su padre (Antonio Dechent), se quedó sin piano y sus sueños se fueron al traste. Gabriel, que desde el principio de la película muestra una rara enfermedad nerviosa, vive encerrado en sí mismo y no permite que nada perturbe su soledad. Pero la salida de la cárcel de su padre, que intentará recuperar a su hijo por todos los medios, y la llegada de Sara, harán que Gabriel vuelva a sentirse interesado por la música y que la música sea lo que una a estas tres personas angustiadas por la soledad y la necesidad de amar.

Javier Ríos (You’re the one, Hable con ella, Noviembre) interpreta el papel más complicado del reparto, dado que Gabriel es un personaje que tiene diferentes caracteres a lo largo de la película. Ríos, en su primer trabajo como protagonista, se desenvuelve a la perfección en todas las situaciones que le plantea el guión y demuestra ser un actor digno de pasar a un primer plano en el actual panorama cinematográfico.

Por su parte, Silvia Abascal (El lobo, A mi madre le gustan las mujeres, Vida y color) representa también un papel complejo y al igual que Javier Ríos, se desenvuelve con extraordinaria soltura. Poco hay que decir de Antonio Dechent (Alatriste, Salvador, Los Borgia, Los aires difíciles), un actor valiosísimo, que pide a gritos más protagonismo en próximas películas. El director, José Enrique March, le ha dado la posibilidad de interpretar uno de los papeles importantes y Dechent ha demostrado, una vez más, su capacidad y fuerza interpretativas.

En cuanto a la película, lo más importantes son los personajes. Todos los que aparecen están marcados por un pasado difícil o bien por el deseo de ver cumplido unos sueños de futuro. Así, Sara lucha por entrar en la Filarmónica, Carlos (Dechent) intenta recuperar lo que perdió años atrás y Gabriel parece vivir todavía en una infancia traumática.

El guión y la banda sonora han corrido a cargo de Maxi Valero, que ha tenido la difícil tarea de coordinar texto y música en este film donde ambas cosas son igual de importantes. Precisamente, cabe destacar que a lo largo de la película abundan los silencios y las escenas donde no hay diálogos, sino simplemente imagen y música. Como diría Sergio Leone con la música de Morricone, hay veces que el diálogo no es necesario si las notas lo dice todo.

Si algo tenemos que echar en cara al director es un exceso de planos prescindibles que no aportan demasiado al desarrollo de la película, sino que solamente sirven para complementar, como planos de la escalera del edificio, planos de la habitación… que, al eliminarlos, hubiesen dado un toque más de agilidad al film.

Aunque tanto director y guionista tenían claro que querían hacer una película dirigida a todos los públicos, hay que decir que, si bien pueden ir espectadores de todas las edades, no disfrutará aquí el público ávido de acción y escenas trepidantes. Escuchando a Gabriel es para todos aquellos que disfrutan de algo más que de una simple trama; es decir, los que aprecian la interpretación, el guión, la música, la fotografía y todo aquello que hace que el cine no comercial sea el mejor cine posible.

La web de la película: http://www.escuchandoagabriel.com/.

Manel Haro.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Ha muerto Francisco Candel

Hoy nos hemos despertado con la muerte de Francisco Candel. Sabíamos que estaba enfermo, pero no queríamos pensar que algún día Paco escribiría sus últimas palabras en esta vida.

A Paco Candel lo conocemos por diversas razones, pero la más importantes es su dedicación a la literatura. Seguro que recuerdan obras como Los otros catalanes, Donde la ciudad cambia su nombre o Hay una juventud que aguarda.

Si leemos alguna de estas novelas, podemos ver que su vida está ahí, en cada página. Me atrevería a decir que no hay ninguna novela del autor que huya de su propia biografía (ficcionada o no) y no me refiero a que todo escritor pone parte de su experiencia en sus novelas, sino que podemos ver en sus páginas que todos esos personajes existen realmente, sean disfrazados o no.

Candel siempre había querido ser escritor, desde pequeño leía mucho y le atraía la fama literaria. Intentó conseguir el estrellato con su primera novela, Brisa del cerro (1952), pero a pesar de que la presentó al Premio Nadal, al Premio Planeta, al Premio Ateneo de Valladolid…, no ganó y tampoco se la publicaron. No perdió la esperanza y con su segunda novela, Hay una juventud que aguarda (1954), se presentó al Premio Nadal otra vez con más optimismo que con su anterior obra, pero el premio se lo llevó Francisco Alcántara con La muerte sienta bien a Villalobos. Sin embargo, a pesar de no ganar, la suerte le sonrió; uno de los miembros del jurado, Sebastián Juan Arbó, escribió a Francisco Candel diciendo que si bien la obra no iba a resultar ganadora, sí podía animarle a seguir escribiendo porque era buena.

Arbó le dio a leer la novela a Ignacio Agustí -autor de Mariona Rebull- y este le escribió a Candel y le recomendó que fuera a ver al editor José Janés. Y José Janés le dio cinco mil pesetas, se quedó con la novela y le prometió que le publicaría todo lo que escribiera.

Quizá la novela más famosa para nosotros es Donde la ciudad cambia su nombre. Uno de los personajes –personas en realidad- que aparecían en la obra era “el Marcelino”. El Marcelino –mi abuelo- fue el primero del barrio en comprar el libro y leerlo, a pesar de lo caro que valía. Tal fue su sorpresa al ver lo que el Candel decía de él y del barrio, que fue a la plaza de las Casas Baratas anunciando lo que Francisco Candel había dicho de todos.

A cada vecino que pasaba por la plaza le decía: “oye, ven aquí, que mira lo que ha dicho el Candel de tu mujer” o “ya sabes que Candel dice que eres un…”. No todo el mundo se había leído el libro porque pocos eran los que sabían leer, pero todos acabaron enterándose de esto. El libro empezó a ir de mano en mano y cuando todos se informaron, decidieron dar caza al Candel.

Quisieron tomarse la justicia por su mano y fueron a lincharlo a su casa (que entonces vivía en Mare de Déu de Port, en la Zona Franca ). Francisco Candel se refugió en su casa y de vez en cuando se escapaba lejos a la espera de que la marea se calmara. Habló con José Janés y con Tomás Salvador. Janés lo calmaba y le decía que no pasaría nada y Tomás Salvador, que a parte de escritor era policía, le dijo que sus amigos lo protegerían.

Esto provocó que la prensa tomara parte en el asunto. Uno de los periodistas, Enrique Rubio, de la revista Soli, hizo un reportaje y fue en diversas ocasiones a las Casas Baratas para hablar con los vecinos (calmarlos e informarse). El asunto había saltado a la prensa, nacía el caso Candel.

Cualquiera que haga uso de su memoria, recordará alguno de los episodios del “caso Candel”. O simplemente basta con que lean su última obra Primera historia, primera memoria, donde explica todo esto y mucho más.

Pero si hay una novela que marca a cualquier lector, es Hay una juventud que aguarda. Una novela que es un ejemplo de empeño, esfuerzo por ver cumplidos los sueños de cada uno –el de él, ser escritor- y ganas de vivir. Decía nuestro amigo Candel en esa novela a propósito de su deseo de ser reconocido como escritor: “seguiré escribiendo, escribiendo, presentándome a concursos, siempre a los concursos, hasta que me caiga de viejo, o me muera, o yo que sé”.

Lo conseguiste, Paco. Lo conseguiste.

Manel Haro.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña se estrenan con "La habitación de Fermat"

Hace apenas unos días se ha estrenado la obra prima de Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña: La habitación de Fermat. La película relata una retorcida historia en la que una serie de matemáticos reciben un extraño acertijo de una persona anónima, de la que solamente saben el pseudónimo: Fermat (Federico Luppi). Si lo resuelven, serán invitados a una casa durante un fin de semana para desvelar un misterioso y prometedor enigma matemático. Solamente cuatro personas logran superar esa prueba inicial y son los invitados a la casa: Alejo Sauras (Bienvenido a casa), Lluis Homar (La mala educación, Los Borgia, Caótica Ana), Elena Ballesteros (El Ciclo Dreyer) y Santi Millán (Amor idiota, Va a ser que nadie es perfecto).

“Galois” (Alejo Sauras) es una joven promesa de las matemáticas que a sus 22 años presume de haber resuelto la conjetura de Goldbach, un problema planteado siglos atrás y que ha supuesto la perdición para decenas de grandes matemáticos, que han acabado volviéndose locos ante la imposibilidad de demostrar la conjetura. Pero cuando debe mostrar al mundo sus resultados, descubre que alguien le ha robado el trabajo.

“Oliva” (Elena Ballesteros) es una joven que se mantiene distante en todo momento con los demás miembros del grupo. Su único interés es atender a los enigmas que van surgiendo en la casa. Se empeña en mantener oculto un episodio de su pasado, pero empieza a sospechar que quizá acabará sacándolo a la luz tarde o temprano.

“Pascal” (Santi Millán) es un inventor frustrado que ve en esta prueba la oportunidad de resarcirse de sus fracasos. Pero cuando entra en la casa, es el primero en sospechar que quizá están ante una trampa mortal. Un accidente que ocurrió en su pasado puede ser el motivo por el que ha sido seleccionado para acudir a esa macabra prueba. ¿Qué pensará el resto del grupo cuando les cuente lo que ocurrió hace años?

“Hilbert” (Lluis Homar) es un hombre solitario que ha dedicado toda su vida a las matemáticas. Presume de conocer ese tipo de ambientes y es el que más entusiasmo muestra en acudir a esa extraña cita.

“Fermat” (Federico Luppi) es el hombre al que los cuatro aspirantes a resolver el enigma esperan encontrar en la casa. Pero una llamada recién acabada la cena, le hace marcharse a toda prisa sin dar demasiadas explicaciones. En ese momento empieza el juego.

La habitación en la que se encuentran empieza a menguar y los cuatro matemáticos se dan cuenta de que corren serio peligro. Solamente con la ayuda de sus cuatro prodigiosas mentes podrán encontrar una solución al verdadero enigma: salvar sus vidas. ¿Pero lo conseguirán?

A Luis Piedrahita y a Rodrigo Sopeña se les conoce por haber colaborado escribiendo para Cruz y Raya, El Hormiguero y El Club de la Comedia. Son, además, directores del programa Nada x aquí, que emite Cuatro. Debutan en el cine con La habitación de Fermat, película que han escrito y dirigido.

Si una cosa parece estar clara en el cine español, es que los directores noveles que debutan cada año hacen películas para quitarse el sombrero. Si pensamos, por ejemplo, en los últimos premios Goya, en la última edición estuvieron nominadas películas como Un franco, 14 pesetas, de Carlos Iglesias o Azul oscuro casi negro, de Daniel Sánchez Arévalo (el Goya a la mejor Dirección Novel se lo debió llevar Carlos Iglesias, pero lo ganó Sánchez Arévalo); ambas películas son un ejemplo de buen cine. En los próximos premios Goya seguro que andarán en las nominaciones de Dirección Novel Bayona (El orfanato) y Piedrahita/Sopeña (La habitación de Fermat).

La película es, sobre todo, guión. Relata una historia de enigmas y juegos de lógica donde los personajes anhelan, de alguna manera, el reconocimiento de los demás o, en cierto modo, escapar de una realidad agobiante –casi nihilista-. El espacio de rodaje es, en casi toda la película, la habitación menguante (en contadas ocasiones hay planos exteriores). Resulta que la habitación menguaba de verdad, por lo que el espacio era claustrofóbico para los actores, que debían actuar en dimensiones reducidas con focos, cámaras, el equipo técnico dentro…

Algunos apuntan que La habitación de Fermat es un calco de Cube, pero cualquiera que la vea, se dará cuenta de que es una simpleza hacer esta comparación, porque exceptuando alguna escena concreta, ambas películas no se parecen en nada. Sí tiene mucho de los relatos de Agatha Christie o de las películas de Hitchcock, pero como pura asimilación del background de dos apasionados del buen cine. Ya se sabe, uno es todo lo que lee y todo lo que ve. En cuanto a las novelas de Agatha Christie, sí hay una similitud específica: los directores, en todo momento, han puesto las cartas sobre la mesa. Si el espectador es hábil, puede desvelar el final a medida que va viendo la película. El film está plagado de pistas y se trata de que el espectador se entretenga reconstruyendo la historia para adelantarse al final. Pero la verdad es que, aunque uno descubre algunas de esas pistas, no acabamos atando cabos hasta el final, porque el ritmo es bastante ágil.

La interpretación es irregular, eso sí. Lluis Homar y Federico Luppi son un seguro de vida. Película donde salgan ellos, difícilmente puede salir mal. Sus actuaciones son, siempre, impagables. En cuanto a Elena Ballesteros, la verdad es que su papel apenas le da demasiadas oportunidades de lucimiento, representa una joven bastante seria y distante. Alejo Sauras se mantiene en su línea, un actor entregado a su papel, pero que todavía tiene encima la lacra de haber aparecido durante demasiado tiempo en Los Serrano. Con el tiempo, sus actuaciones mejorarán. Y en cuanto a Santi Millán, la verdad es que uno no acaba de entender qué ven en este buen hombre para que aparezca en según qué películas. ¿Se han dado cuenta de lo mal que finge las risas en el cine? No hay quien se las crea. ¡Que alguien le enseñe a reír de una forma que no sea tan ridícula! Santi Millán es, básicamente, un actor de comedia que no sabe reír (debería hacer como Buster Keaton, que nunca reía, pero siempre hacía gracia) y esta película no es de humor –aunque tenga chispazos ingeniosos que se agradecen-, así que el papel le viene demasiado holgado.

La habitación de Fermat es una buena película, que demuestra el gran inicio en el mundo del cine que han hecho estos dos noveles: Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña.

Podéis visitar la web oficial de la película: www.lahabitaciondefermat.com (al tanto con la web, que también encoge).

Manel Haro.

martes, 20 de noviembre de 2007

Preestreno: "El último tren a Auschwitz"

A mediados de enero llega a las pantallas españolas otra versión cinematográfica del Holocausto: El último tren a Auschwitz. La película está dirigida por el alemán Joseph Vilsmaier (Stalingrado, Leche de otoño, Rama dama…) y por la checa Dana Vávrová.

La película refleja el viaje del último tren que sale de Berlín hacia el campo de concentración de Auschwitz (a las afueras de Cracovia) en 1943. Con la intención de limpiar la capital alemana de cualquier rastro judío, centenares de deportados son obligados a llenar los vagones de un tren para mercancía animal con destino al campo de exterminio. Apenas pueden moverse y dentro solamente cuentan con un cubo de agua para todo el viaje y para las decenas de judíos que hay en cada vagón. La angustia dura seis días y en ese largo y angustioso tiempo el hambre, la sed, el calor, la desesperación y, sobre todo, la lucha por la supervivencia, provocará que algunos pierdan los estribos y se vuelvan agresivos contra sus compañeros, otros perderán el juicio y otros tantos verán que la única vía de escape para evitar Auschwitz es la muerte anticipada. Algunos de ellos, no obstante, probarán suerte intentando escapar del vagón luchando contra el tiempo y contra las armas alemanas.

La película está rodada casi íntegramente en uno de los vagones. Se alternan algunos exteriores, como las estaciones por las que pasa el tren de la muerte o las imágenes iniciales, cuando los alemanes sacan de sus domicilios a los judíos. El flash-back es otra de las técnicas que utilizan los directores para que el espectador descanse de un ambiente tan asfixiante. Los judíos recordarán, varias veces durante la película, escenas de su vida feliz antes de ser llevados a la fuerza al tren. Esas escenas, obviamente, son rodadas en exteriores, mayoritariamente en escenas de naturaleza abierta. Sin duda, un sistema para que el espectador no se sienta ahogado con casi dos horas de metraje rodados en el interior del vagón.

El último tren a Auschwitz ha recibido un Premio Bavaria y el New York Times ha dicho del film: “ha sido increíble… Intenso, conmovedor y extraordinariamente rodado”.


Cuando aparece una de estas películas en cartelera, puede el espectador pensar que el tema ya está muy trillado y que difícilmente algún film va a aportar alguna novedad al tema del Holocausto. Cuando un director inicia el rodaje de una película de temática de campos de concentración, sabe que se enfrenta también a la dura prueba de superar el listón tan alto que han dejado otras películas de este tema como La lista de Schindler (Spielberg) o La vida es bella (Benigni). No obstante, y por fortuna, en los últimos años ha aparecido algún film que ha sabido sacarse de encima esa presión de la eterna comparación. Se me ocurre pensar en el caso de Sin destino, del director húngaro Lajos Koltai, que relata las experiencias del escritor Imre Kertész (el autor es también el guionista de la película): una película que, sin lugar a dudas, vale la pena ver, a pesar de que ha pasado por las pantallas sin pena ni gloria en cuanto a éxito de público.

Y ahora nos llega una historia diferente: el viaje en tren de los últimos 688 judíos de Berlín. Hemos visto en varias películas lo mal que lo pasaron los que viajaron en tren a Auschwitz, pero ninguna se ha centrado únicamente en esta parte del Holocausto. El tema empezaba siendo llamativo y sugerente.

Los primeros minutos mantienen al espectador atento a la pantalla, viendo cómo los alemanes irrumpen en las casas y sacan a los judíos de ellas. Pero a medida que transcurre el viaje en tren, empieza el declive de la película. Lo primero que salta a la vista es que, si bien al principio, los judíos no pueden apenas moverse porque aquello es lo que, vulgarmente, se llamaría una lata de sardinas, en cambio parece que van desapareciendo judíos o el vagón se va ensanchando. Uno intuye que el director mete más extras o los saca, según el nivel de ansiedad que quiera reflejar en cada escena.

La locura. A uno le cuesta creer que algunos personajes acaben desvariando, mientras otros se mantengan en sus plenos cabales. La locura es casi instantánea: tan pronto un personaje está cuerdo, como de repente pasa a ser loco. Hay otros que mantienen la cordura y la salud, insisto, a pesar de ser de naturaleza física más endeble.

Curioso resulta también -soy malpensado, lo sé-, que en una estación unos alemanes se presten a dar unos pocos mendrugos de pan a los judíos y, cuando entra la cámara al vagón, resulta que esos mendrugos se han multiplicado y nadie se queda sin pan.

En cuanto a la interpretación, la verdad es que en la película se mezclan actuaciones lamentables –como ese hombre que no sabe representar un ataque al corazón- y actuaciones impecables –como el judío artista, que es lo mejor de la película-. Al final, incluso uno se da cuenta que incluso el maquillaje podría haberse mejorado muchísimo: esas ojeras parecen hechas con un perfilador de ojos barato.

Remarcar también el abuso del flash back. Ya decíamos antes que es una técnica para dar descanso al espectador, pero el guionista podría haberlo trabajado más. Algunos flash back son un tanto ridículos e innecesarios; valía más la pena eliminar media hora de vagón, que incluir minutos de flash back.

Muchas situaciones –que no desvelaré por no destripar el argumento- son poco creíbles y exageradas. Que los judíos sufrieron lo que no está escrito –y hay mucho escrito- lo sabemos, pero al final va a resultar que eran un grupo de debiluchos que, cuando un alemán daba un toque de palmas, caían diez judíos muertos. Ni tanto ni tan poco. No hay que exagerar todavía más el drama judío –que fue horrible e injustificado-; reflejando la realidad ya es suficiente para que nos demos cuenta de la catástrofe que supuso para la humanidad el Holocausto.

Pero, claro, se entiende que si la película son prácticamente dos horas de rodaje en un vagón y que si el director quería aportar alguna novedad a este tema, debía centrarse en las situaciones dramáticas de cada uno de los personajes, a pesar de que muchas de ellas se notan muy forzadas. En definitiva, una película que promete más de lo que en realidad aporta.

Eso sí, la banda sonora y la fotografía, una maravilla.

Manel Haro.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Entrevista a José Ramón Huidobro

José Ramón Huidobro nació en Madrid en 1966. Su currículo académico y laboral se divide en disciplinas tan diferentes entre sí como su ingreso en una Academia Militar, su matriculación en Ciencias Físicas, su licenciatura en Periodismo, su trabajo en una ONG, su vocación poética, su empleo como jefe de prensa en unos premios de música, su ejercicio como operario de pista en el aeropuerto de Barajas y su afición a la fotografía.

Tener una mente tan inquieta lo llevó a hacer un viaje en tren por la India, donde tomó todas las fotografías que pudo -se trajo unas tres mil imágenes-, y donde escribió sus impresiones en forma de versos. Poesía y fotografía se han juntado en Sleeping train, un libro donde recoge ese reportaje fotográfico y sentimental de una increíble experiencia vivida en ese enigmático país.

José Ramón Huidobro es, además, autor de otras obras como El hombre ausente (Ellago Ediciones) o Africano (Ediciones Vitruvio). Amargord Ediciones es el sello editorial donde acaba de publicar Sleeping train.

Aprovechamos la oportunidad de charlar con él sobre este viaje a la India.

ENTREVISTA
Manel Haro: José Ramón, ¿de verdad tu vida profesional ha dado tantas vueltas: periodista en una ONG, poeta, jefe de prensa de unos premios de música, operario de pista en el aeropuerto en Barajas…?
J.R. Huidobro: Tengo una extraña relación con el mercado laboral. Me gustan los trabajos que empiezan y acaban. Eso ha provocado épocas de escasez en la cuenta corriente y aceptación de cometidos en los que mi formación o experiencia es contraproducente. Nunca he superado una entrevista personal.
Manel Haro: No podemos negar que eres una persona inquieta.
J.R. Huidobro: Más que inquieta soy alguien con tendencia a seguir adelante. No sé qué voy a hacer el próximo mes y cada vez me preocupa menos. Tampoco tengo hipotecas, coche o cargas familiares. Por ahí fallo a la sociedad del guión.
M.H.: Entremos en materia. ¿De quién fue la idea de editar un libro con tus impresiones en este viaje?
J.R.H.: Cuando viajaba pensaba en un libro pero no sabía sobre qué. Las poesías no salían. Estaba muy ocupado en avanzar. No soy un fotógrafo profesional y además no controlaba la cámara recién comprada. A la vuelta pregunté al editor gráfico del libro si veía posibilidad a las fotos que saqué. Ya había escrito el poemario. Ahí empezó la aventura.
M.H.: ¿Y a quién se le ocurrió hacer este formato de libro: un libro con dos portadas; si lo abrimos por una tenemos el poemario y si lo abrimos por la otra, tenemos las fotografías?
J.R.H.: Fue idea del editor gráfico, Jorge Moreiro. Yo aporté no incluir pies de fotos ni titular poemas o dar una descripción del contenido. Quería que el lector fuera libre de hacer con el libro lo que quisiera.
M.H.: ¿Y qué es lo que has querido mostrar con Sleeping train?
J.R.H.: El libro tiene dos viajes. Uno literario y otro fotográfico. Le pedí a Jorge Moreiro que relatara un viaje sin interferencias con lo que había escrito. Después el diseñador del libro, Álvaro Cal, interpretó los poemas con su maquetación sin que yo le diera una pauta. Traté de ver cuál era la lectura de mi viaje por su parte. Con los lectores me sucede lo mismo. Me importa el viaje de los demás. De esa manera comprendo algo.
M.H.: En Sleeping train aúnas poesía y fotografía. ¿Qué dirías si te menciono ese refrán “vale más una imagen que mil palabras”?
J.R.H.: Las palabras son un punto de mira en un detalle invisible de la imagen. La imagen es la garantía del recuerdo que se difuminará en un silencio.
M.H.: Buena reflexión. Una de las frases que más suenan con respecto a un fotógrafo es que éste ve lo que los demás no son capaces de ver. ¿Estás de acuerdo?
J.R.H.: Un fotógrafo tiene una herramienta certera. Sin embargo creo que las mejores fotografías son las que nunca se han hecho, las que se quedan en la impronta del futuro. Todo el mundo ve su mundo diferenciado. Sólo que no siempre pueden trascender.
M.H.: ¿Tuviste dificultades en tomar fotografías o la gente mostraba reticencias a ser retratados?
J.R.H.: Ninguna. Tal vez porque confiaban en mí o porque les encanta ser retratados. Había casos de paciencia infinita en los modelos cuando la cámara fallaba y no pestañeaban hasta que hacía clic.
M.H.: ¿Para hacer una foto, hay que pedir permiso antes o eso rompe la naturalidad de la fotografía?
J.R.H.: Hay que probar la invisibilidad y salir de puntillas de la escena.
M.H.: ¿Cuál es la foto más arriesgada que has hecho?
J.R.H.: En la India es muy arriesgado hacer fotos en crematorios. Puedes meterte en un buen lío porque te chantajean y llegan a ser violentos. Fotografiar sube la adrenalina cuando te dejan mirar donde nunca pensabas que lo harías.
M.H.: De todo lo que has visto en la India, ¿qué es lo que más te llamó la atención?
J.R.H.: En la India los estímulos te ametrallan en cualquier lugar. Me llamó la atención la inmovilidad de los pasajeros del tren en trayectos eternos. Al final aprendes su secreto.
M.H.: He podido comprobar que tanto en los versos como en las fotografías abundan las sonrisas y la alegría. Parece que no hay demasiado lugar para la tristeza.
J.R.H.: En el Primer Mundo asociamos la alegría con el estatus económico. Siempre escucho que los niños estarían mejor con nosotros que en su lugar de origen por las oportunidades que llegarán a tener. No estoy de acuerdo. En la India, como en África, por ejemplo, tienen las miradas limpias y gastan grandes sonrisas. Aquí se va al psicólogo por el mínimo problema.
M.H.: En las fotografías vemos que todos los ciudadanos indios son personas agradables, que se muestran abiertas al turista de occidente. ¿Es algo general o es lo que tú, como fotógrafo, has querido captar?
J.R.H.: En lo que a mí respecta puedo decir que la amabilidad y simpatía era una constante. También descubrí que el indio es un viajero nato. La religión les hace peregrinar y por ello son conocedores de su país. Es el país perfecto para sumergirte. Nunca estás solo. Ni aunque lo pretendas.
M.H.: ¿Y qué sensación te ha dejado la India una vez has salido de este país?
J.R.H.: Me da la sensación que nunca regresé.
M.H.: ¿Hay muchos soñadores en la India?
J.R.H.: Los hay que se dejan llevar desde que pisan el aeropuerto por el misticismo y la magia de ese país. En mi caso sólo fui consciente al regreso. Los occidentales tienen un paraíso en la India.
Es fácil dejarse llevar.
M.H.: Eres una persona a la que no le gusta estar cargado de responsabilidades y que ama la libertad, antes lo hemos visto. Sleeping train plasma perfectamente esas ansias de libertad: recorrer un país con la cámara y un cuaderno para tomar notas, sin más preocupaciones que integrarte en el país.
J.R.H.: Ojalá pudiera caminar con una cámara en todo momento. No precisaría nada más. La única responsabilidad es la de vivir la vida deseada. El olvido de ese objetivo es mi irresponsabilidad.
M.H.: ¿Estás de acuerdo conmigo en que ambos géneros creativos no están tan separados?
J.R.H.: Es un error dividir el arte por géneros. Todo sirve, incluso el silencio o los ojos cerrados.
M.H.: Viajar por la India en tren. ¿Es mejor dejar la primera clase y mezclarse con la auténtica esencia de los ciudadanos indios?
J.R.H.: En el tren indio se viaja tumbado. Apenas se ve el paisaje. Es mejor tener una buena entrada para ver la vida en un vagón.
Con estas impresiones nos quedamos…

La dedicatoria:
Manel Haro.
Entrevista para Anika Entre Libros.
Fotos cedidas por el autor.
Puedes leer una reseña de su libro en este mismo blog.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Entrevista a Rodrigo Muñoz Avia

Rodrigo Muñoz Avia es licenciado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Es hijo del pintor Lucio Muñoz y la pintora Amalia Avia. Ha escrito varias novelas juveniles, pero es conocido, sobre todo, por su primera novela para adultos: Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, que publicó Alfaguara en 2005 y que todavía hoy sigue vendiendo miles de ejemplares.

Acaba de aparecer en librerías su última novela, también publicada en Alfaguara, cuyo título es Vidas terrestres. En ella, el autor intenta reflejar las inquietudes y preocupaciones que tiene el ser humano y hasta qué punto puede afectarles la invasión de extraños objetos extraterrestres. Todo ello con una mezcla de humor, ciencia ficción y, sobretodo, un tono realista.

En el Hotel Calderón de Barcelona, charlamos sobre Vidas terrestres; es su última entrevista en Barcelona antes de coger el avión hacia Madrid y continuar la promoción por Sevilla y Bilbao.

Manel Haro. Barcelona

Después del éxito de Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, ¿cómo te enfrentas a la creación de una nueva novela? ¿Te ha condicionado el éxito de esta primera obra para adultos?

No, la verdad es que no. La presión existe, porque sabes que la otra novela ha ido muy bien, que ha tenido muchos lectores. Sabes que tus lectores están esperando algo determinado, puesto que leyeron una novela con la que se rieron mucho. Pero lo cierto es que cuando publiqué Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, ya había empezado a escribir esta otra novela. No sabía, si quiera, si me iban a publicar la primera, pero ya estaba metido con Vidas terrestres, porque tenía muy claro qué es lo que quería hacer. Había gente que me pedía una novela tan divertida como la primera, pero a mí me apetecía probar cosas distintas.

No podemos negar que en Vidas terrestres hay mucho de humor. Dijiste en referencia a Psiquiatras… que el humor era algo que surgió, pero que nunca fue un objetivo en sí mismo. Fue a medida que escribías la novela, que las situaciones disparatadas empezaban a acontecer. ¿Ha ocurrido lo mismo con esta novela?

En el caso del humor, desde luego. En Psiquiatras… el planteamiento era claramente muy irónico, aunque yo no pensé que iba a tener tanto humor, fue más bien una demanda del propio personaje. Digamos que las situaciones de la novela pedían más humor.

En el caso de Vidas terrestres no pensaba que fueran a aparecer situaciones de humor, pero apareció un personaje que está loco, la locura me parece muy seductora, y ese personaje me ha llevado también a un registro muy de humor. Ese registro es distinto al de Psiquiatras…, pero desde luego ese personaje tiene mucho de humor.

Debo decir que la novela no es de humor, nunca lo diría, pero ese personaje sí, no era planificado, es algo que de repente te sale y en mi caso es evidente que tengo tendencia a ello. Es un personaje con el que me lo he pasado muy bien, que dice lo que le da la gana y nos da la posibilidad de asistir a los procesos de su pensamiento y eso me parece genial. Todo el mundo tendría ganas de estar así de loco alguna vez en su vida para decir lo que le diera la gana y no tener que reprimirse.

Precisamente te iba a preguntar si este personaje que está loco era un guiño a esa primera novela tuya, pero ya veo que no se trata de eso.

No, la novela es una novela en sí misma. Yo soy dado a ese tema de los guiños, para mí cada novela es una obra total y no pretendo que tengan comunicaciones con las anteriores. Aunque luego a la hora de interpretarlas, surgen muchos puntos en común; el lector va a apreciar que hay el mismo escritor detrás, con una misma forma de escribir, seguramente muy natural, visual e irónica.

Cuando publicaste tu primera novela, dijiste que intentabas “responder exclusivamente a tu antojadizo instinto”. ¿Cuáles han sido esos instintos para Vidas terrestres?

No recordaba que lo hubiese dicho también con la primera novela, pero desde luego no me canso de decirlo con ésta (risas). Es verdad que al final no puedes escribir con un molde, simplemente te viene una idea o una imagen y se va configurando una historia que quieres contar. Luego el tono que va adquiriendo va llegando lentamente; de hecho yo, cuando empecé a escribir esta historia, no sabía qué tono iba a tener, si iba a ser muy irónico o menos, pero decidí escribirlo en un tono muy realista.

La historia de ciencia ficción que encierra dentro quería que estuviera contada de una forma muy realista, que yo me pudiera creer. Al final me parece que es lo mejor posible para que la novela transmita verdad, para que sea creíble y natural, lo mejor es que te salga de dentro, que responda a ese instinto, a la intuición. Podría escribir una novela por encargo, pero sería muy forzado, yo prefiero responder a mi intuición.

De hecho, esos elementos de ciencia ficción, de vida extraterresrtre, son una excusa para hablar de las inquietudes humanas con un tono realista.

Exactamente, para mí la novela es un canto a lo humano y de todos los seres que salen en la novela, los que más me interesan a mí, y seguramente al lector, son los humanos: las vidas terrestres. Son vidas muy alteradas y conmocionadas por esa gran noticia, tantas veces esperada por la humanidad, que es la posibilidad de una invasión extraterrestre.

Pero lo que finalmente me interesaba era cómo afectaba eso a los personajes; es decir, llevándolos al límite, qué podría aprender de ellos y qué contábamos nosotros del ser humano, cómo se reacciona ante una noticia como esa.

Por eso la novela tiene un tono muy realista, contrapongo los problemas cotidianos de los personajes a un tono épico y grandilocuente como el de una noticia de esa magnitud. Yo quería creerme esa historia, contarlo en una ciudad que es la mía, Madrid, y rodeado de la gente que vive en mi calle, que son de carne y hueso. Al final son esas vidas humanas las que interesan y ese es el poso que queda en la novela.

Claro, cada vez que ocurre algo anormal, son los medios los que tienden al alarmismo, pero las personas, en realidad, estamos demasiado preocupadas por nuestras cosas como para que nos afecte en algo.

Sí, está claro que esas noticias te afectan, pero si lo que a ti te preocupa es buscar a tu hija, porque no sabes dónde está, pues te dedicas a ello, que es lo que realmente te importa. Es así, al día siguiente tienes que comprar el pan y el periódico y seguir con tu vida (risas).

¿Me equivoco si digo que la novela está llena de metáforas?

De hecho, la idea misma juega un papel metafórico: esa otra vida con la que siempre soñamos. Al final lo que sostengo es que con la que tienes es suficiente, solamente hay que saber valorarla y utilizarla, nuestra propia felicidad depende, básicamente, de nosotros mismos, no de soluciones milagrosas o de llegadas ajenas a nosotros. De hecho, eso lo contaba también en Psiquiatras…, que la solución a nuestros problemas depende de nosotros mismos, no tanto de los psiquiatras, aunque pueden ser de mucha ayuda. En última instancia eres tú quien tienes que construir tu propia vida.

Siguiendo el hilo de las metáforas: en la novela hay un pintor, que está encerrado en una nave industrial y que pinta para sí mismo. Para sobrevivir no duda en trabajar de albañil, porque el arte no le da dinero y además lo estafan. ¿Hay aquí una reflexión sobre el arte actual?

Sí, sobre el arte, la literatura y la cultura en general. La conciliación de la labor del creador con el mercado es muy complicada y te habla un escritor que ha vendido muchos ejemplares de su primera novela y que era una novela que desde el título mismo era muy comercial y ésta también puede serlo por lo atractivo del tema.

Pero yo entiendo que es muy complicado acceder al mercado, no es que lo critique y piense que alguien tiene la culpa, pero hay gente que tiene mucho talento, pero por cómo está organizado el mercado en la cultura, no tiene oportunidad de salir de casa, prácticamente. Ese personaje del que hablo está escupido del sistema, no se adapta a esas normas de mercado.

Tan apartado está de la sociedad, que parece que su alter ego es un perro atado que tiene enfrente de la nave donde vive.

Efectivamente (risas), está tan atado que no se puede liberar de las cadenas imaginarias. Es una metáfora muy clara, que tampoco surge por un planteamiento desde el principio, simplemente surgió la idea y me pareció verosímil, que no sea capaz de rebasar el cerco que tantas veces lo ha atado.

Rodrigo, he tenido curiosidad por observar algunos cuadros de tu padre, el pintor Lucio Muñoz, y yo no sé hasta qué punto estás influenciado por esas pinturas
, pero hay algunas abstracciones que me han remitido a algunas partes de la novela, sobre todo a las que trata los temas de ciencia ficción.

Claro, ya sé a que época hablas de la pintura de mi padre (risas). Hay una etapa de figuras metamórficas, orgánicas… Esto de las influencias creo que nunca se puede hablar, porque uno no es consciente, pero desde luego están ahí. Mi padre, sobre todo en esa época de los años sesenta y setenta, creó una pintura que remitía a unos mundos imaginarios, paisajes fantasmagóricos y oníricos y esta especie de mocos gigantes que caen del espacio, puede que tengan también algo de eso (risas).

Tanto es así, que yo hubiese apostado por poner un cuadro de tu padre como imagen de la portada del libro.

Pues fíjate que lo pensé y lo estuve mirando. La portada de Vidas terrestres es un bocetillo que hice yo; la editorial me pidió ideas para la portada y yo estuve mirando cuadros de mi padre porque era una de las ideas que tenía. Pero luego no me funcionaban, porque también existe el tabú en el mercado editorial de que la pintura abstracta no va bien, crea barreras, porque la gente necesita algo concreto a lo que agarrarse. En el ensayo sí puede haber pinturas abstractas en la portada, pero en una novela es muy raro.

Rodrigo, ¿crees que el lector que se divirtió con Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, también se lo pasará en grande con Vidas terrestres o requiere una lectura diferente?

Estoy seguro de que se lo pasará bien, creo que se engancharán rápidamente con la lectura. Tienen que pensar que Vidas terrestres no es lo mismo que Psiquiatras…, pero que es lo más honesto, no dar más de lo mismo. Como lector mi actitud sería la de ver con qué me sorprende un autor que me gustó mucho en su primera novela. Los que se rieron con Psiquiatras…, se reirán también con ésta y creo que les gustará incluso más. Conozco ya el caso de algunos lectores que esperaban más situaciones de humor, pero que a la larga les ha quedado más poso esta novela. Es evidente que detrás está el mismo autor y yo espero que disfruten mucho con Vidas terrestres.

Yo creo que así será.

Esperemos… (risas).

LA DEDICATORIA


Entrevista y fotos: Manel Haro.
Reservados todos los derechos para Anika Entre Libros.